Fanfiction ☕ Elia la Reina Sith

Fanfiction: Elia la Reina Sith

En la choza el humo hacía llorar los ojos. El hechicero saltaba. Las pequeñas calaveras rellenas con semillas hacían un llamado al sueño de muerte. «Deja el miedo en la lluvia» cantaba arrastrando las guturales. «Olvida, déjalo ir. Recuerda la cosecha. Recuerda el olor de la carne al fuego. Recuerda a tu pueblo que danza la primera noche del largo día sin sol. Tu lugar está aquí con tus hermanos y hermanas. Deja el miedo en la lluvia». Así seguía una y otra vez.

Todos en el clan estaban consternados. Era la tercera vez que se practicaba la ceremonia. Elia seguía tendida en la jaula, con los ojos abiertos, inexistente.

Su danza de muerte comenzó cuando era apenas una mota de pelos que clamaba por leche. Las hermanas de su madre muerta cumplían bien la labor de sustitutas. Su leche no era distinta, eran la misma sangre, el mismo clan. Una sola familia. Pero Elia las rechazaba siempre, hasta que el hambre la vencía.

Mala señal. El hechicero lo sabía. Una cachorra no debería rechazar el pezón que le trae comida. Sólo en los momentos que estaba en brazos de su hermano parecía tranquila.

Mala señal. Una cachorra no debería criarse en los brazos de un macho.

Elia era la única sobreviviente del parto. La madre, Marci, había logrado sólo un cachorro vivo en cada camada. Sagú era el mayor, luego le seguían Parso y Devi. Los tres habían sufrido terribles heridas en sus búsquedas de aventura en el suelo del bosque.

Mala señal. Un macho responsable sólo piensa en el bienestar de su clan y su familia. Un macho responsable aprende de los errores de los demás. De ellos sólo Sagú sobrevivió para convertirse en adulto. Y tras la muerte de Marci tomó la decisión más estúpida, hacerse cargo de la cría.

Había algo malo en sus espíritus. Seguían las reglas del clan. Pero en sus ojos podía verse el descontento, una mirada que pretende ver más allá de las copas de los árboles. El hechicero lo sabía, la respuesta rugía en sus entrañas: estaban malditos.

El clan no los rechazaba. Había una enseñanza ahí. Eran el error que nadie debía cometer. El hechicero tenía razón, se debía hacer todo lo posible por ayudar a Elia. Su espíritu se lo exigía. Era el resultado de su propia semilla y Marci había sido una buena compañera, como muchas otras.

Elia creció a la sombra se Sagú. No era una hembra como las demás y las hermanas de su madre le negaban el consejo. Los cachorros la buscaban para jugar en la choza más alta. Soñaban más de la cuenta al oír sus historias de lugares imposibles y criaturas que ningún ojo ha visto jamás. Las madres del clan vivían preocupadas, Elia no podía saber cosas que nadie le había enseñado. Por eso recurrieron al hechicero. Se exigió la ceremonia destinada a los guerreros dementes que han visto demasiada muerte. No conocían otra manera.

Sagú se negaba. Sólo Daso, el jefe del clan, pudo hacer que entrara en razón. Elia debía olvidar lo que no podía saber. Sólo entonces Sagú puso a la pequeña en las manos del hechicero y ella sonreía como si se tratase de un juego.

Grandes rocas con forma de punta de flecha volaban por el firmamento. Hilos de fuego destruían otras rocas más pequeñas. Criaturas sin pelo viviendo dentro de las rocas voladoras. Depredadores, cazadores y ganado comiendo del mismo plato. De estas cosas habló la pequeña con su lenguaje limitado. El hechicero había oído de su maestro una historia similar, muy antigua, y que nadie más conocía. Una antigua guerra librada no muy lejos de aquí.

Elia debía olvidar.

Luego de la ceremonia pareció cambiar. Elia ya no hablaba de esas cosas. Las madres estaban tranquilas. Sus tías le daban consejo. Ella aprendía las labores naturales de toda hembra. Aunque su actitud era distinta al resto, no parecía haber motivo de preocupación.

Entonces vino el largo día sin sol, el tiempo en que la gran esfera en el cielo eclipsa la fuente de vida y se inicia el invierno. Elia, como todas las hembras nacidas en el ciclo anterior, había criado nuevo pelaje. En su mirada brillaba el conocimiento antiguo de reverencia a lo desconocido.

Esa primera noche bailó. Fue una experiencia aterradora. Sus pies no se movían como los del resto, arriba y abajo. Sacó astillas de la plataforma. Sus brazos hacían gestos graciosos, circulares, dando golpes a sus compañeras de baile. Su rostro era una piedra sin expresión. Los ojos en blanco, la espalda curvada con cada inspiración.

Nadie más bailó. El ritual se había manchado con locura y sangre de sus pies heridos. Los ancianos clamaron por su destierro. Las mujeres lloraron por las crías que nacerían muertas y por los machos que no regresarían a casa. Elia se detuvo, despertó del trance, oyó todo esto y cayó al suelo llorando desconsolada.

«No me maten» repetía mientras quitaba las astillas y limpiaba la sangre en sus pies. El clan se apiadó. Aquello que merecía entregar su cuerpo torturado a los depredadores fue perdonado. Y el hechicero inició la ceremonia allí mismo. Saltó entre los puentes colgantes y rodeó el cuerpo de Elia con lianas.

Apenas su canto se apagó al fin, ocurrió el milagro. El sol destelló una vez más en el cielo, sólo un segundo. El mal estaba deshecho y el ritual se reinició con ardor en el canto de las mujeres. El clan había sido perdonado.

Sagú no dijo nada. Observó todo desde una choza más alta con el corazón dando golpes fuertes en su pecho. Y el ritual al fin acabó. Todo el clan regresó a sus chozas. Sólo se oía el canto de las aves nocturnas y el lejano aullido de los depredadores de cacería. Entonces Sagú bajó a desatar a su hermana pequeña y se quedó allí vigilando su sueño intranquilo.

Elia soñó con ellos por primera vez. Dos criaturas altas y sin pelo en el rostro, vestidas con largas túnicas pálidas como flores. Tenían manos de cinco dedos blancos. Sus voces suaves la invitaban a seguir con el sueño. Y en su espíritu podía entender lo que decían, aunque el significado de las palabras estaba cargado de misterio.

Desde entonces Sagú no la perdió de vista. Donde quiera que él fuera, ella tenía que acompañarlo. Sólo así evitaba que las mujeres la tironearan hasta arrancarle el pelo. O que los de su edad la mordieran en los tobillos. No había mayor deshonra que ser un paria sin exilio.

Elia soñaba todas las noches. Soñaba con ellos. Soñaba con un ser oscuro que luchaba en singular combate. A veces podía sentir su dolor constante, agudizado con cada movimiento.

Otras veces soñaba con las extrañas rocas voladoras de su infancia. Ahora las veía con mayor nitidez. No eran rocas. Eran de metal como los cuchillos. Grandes construcciones que ni un millar de herreros podrían concebir. Capaces de surcar la noche eterna y llevar vida a mundos imposibles.

Y una noche vio a Sagú. Lo vio allí, al pie de los árboles que eran su hogar, blandiendo la lanza contra un enemigo que no podía ver. Luego vio sangre, oyó gritos, y Sagú ya no estaba. No lo volvería a ver. Su hermano iba a morir.

Despertó en llanto. Era sólo una pesadilla. Llamó a Sagú pero no oyó su gruñido tranquilizador. Miró en todas direcciones, afuera de su choza amanecía y Sagú no estaba.

La desesperación llenó de angustia su espíritu. Corrió fuera dando gritos por su hermano, las mujeres le arrojaron restos de comida. Los hombres mostraron sus dientes. Y Sagú no aparecía. Miró hacia abajo, al pie de los árboles, y revivió su pesadilla. Podía oler la sangre.

Se colgó de una liana y bajó rodeando el tronco. Los guerreros allí presentes aguantaron la respiración. Jamás habían presenciado tal destreza.

En el momento que sus pies tocaron el suelo por primera vez sintió algo nuevo. Una llamada. Un deseo incontrolable de correr en la dirección donde el sol se oculta cada noche. Sagú dejó sus pensamientos. Allí no había sangre, se había dejado llevar por su pesadilla. Ahora había un nuevo motivo para que la odiaran.

Oyó un crujido. Algo se acercaba desde la dirección de su deseo. Venía hacia ella. Traía algo consigo. Era la respuesta a su pregunta no formulada. Otro crujido. Matorrales en movimiento. Una voz conocida llamaba a los vigías para que le tendieran una liana. Y entonces lo vio.

El hechicero.

Al verse ambos se quedaron quietos. Elia necesitaba saber qué era lo que el hechicero ocultaba en su saco. Era la respuesta, y a la vez era la pregunta. Dio un paso hacia él en el momento que resonaron los cuernos.

Elia sintió el peligro. No había sentido algo así jamás en su vida. Un peligro se acercaba siguiendo el rastro dejado por el hechicero. El ruido de las lianas al golpear el suelo y los gritos de la multitud aterrada la sacaron de su trance. Un guerrero descendió para ayudarla a subir mientras otros dos tironeaban al hechicero.

Elia estaba a mitad de camino de la terraza más cercana. Entonces se percató que el guerrero que la había ayudado seguía en el suelo. Y sintió como si una mano invisible le apretara las entrañas. Era Sagú blandiendo su lanza. Incapaz de subir a la liana por un pie herido luego de caer con todo su peso sobre una piedra filosa.

Entonces llegaron los depredadores. No eran los típicos lagartos que rondan el bosque en busca de carroña. Estos eran más altos que un guerrero. Traían trofeos colgados de sus cuellos, largas hileras de calaveras, algunas todavía con piel y carne pegada al hueso.

Vieron a Sagú. Olieron su sangre. Saltaron sobre su cuerpo y acabaron con su vida entre risotadas frenéticas.

Elia estaba petrificada. Lo había visto en su pesadilla y lo había propiciado. Era su culpa.

Los depredadores rondaron los árboles desde entonces. No se los podía ver. Pero el clan sabía que permanecerían cerca hasta que el hambre los empujara a seguir su camino.

Elia fue rescatada por un grupo de guerreros furiosos. La pellizcaron, la mordieron, la escupieron, manosearon sus genitales mientras gruñían amenazas. Pero Elia ya no estaba en su cuerpo. Flotaba boca abajo en el mar de su culpa. Arriba en la terraza el hechicero le palmeó el rostro con tal fuerza que de su boca cayó un diente. La sangre manchó su pecho. Las mujeres clamaban por su sacrificio. Elia era una fuente de desgracia.

Entonces Daso rugió, «no habrá más sangre» y no hubo necesidad de explicar la razón. A lo lejos aún se oían las carcajadas siniestras de los depredadores.

Las mujeres corrieron a lavar el cuerpo de Elia y ungirlo con aceites. El hechicero revisó su boca y extrajo otro diente suelto. Entonces se dio cuenta, el olor manaba de ella y era una señal inequívoca. Elia entraría en calor en poco tiempo, antes incluso que otras hembras mayores que ella. Una razón más para aislarla.

El cuerpo lacio fue arrastrado hasta la choza del hechicero. Allí estaba la única jaula del clan. Nadie, ni siquiera el hechicero, tenía recuerdos de la última vez que se encerró a alguien en ella. Nadie cometía delito alguno en contra de su propio clan.

Elia fue encerrada allí sin ceremonia. El hechicero encendió su brasero, extrajo algo de su saco y lo arrojó a las brasas. Una nube de humo plateado se desplegó ante él y el sueño de muerte inundó la habitación haciendo picar los ojos.

El hechicero la miró. Sentía remordimiento. Era una dura prueba para todos y la solución no podía ser fácil. El humo ya había penetrado en sus pulmones y sus sentidos se agudizaban con cada respiro.

Se vio a sí mismo haciendo la ceremonia una última vez, y así fue. Elia no reaccionó. Entonces se vio fornicando con ella, la tomó sin consentimiento y ella tampoco reaccionó. Su mente daba vueltas. Vio a Elia que caminaba en un claro del bosque entre plantas rojas como la sangre… y supo que no había más remedio.

Abrió su saco. Con una pinza extrajo un manojo de hojas frescas, venenosas, rojas como la sangre, y las molió en el mortero. La pasta roja parecía brillar en la oscuridad de la choza. Sus lágrimas se mezclaron con el preparado mientras abría la jaula. Se sentaba junto a Elia, y recitaba el canto de los muertos.

«Llegarás al lugar donde todos iremos. Te reunirás con los ancestros. Cruzarás el cielo hacia la gran esfera desde donde todos venimos».

Elia tragó la sustancia amarga por simple reflejo. Su boca se adormeció, luego su garganta, su pecho y sus entrañas. Fue como quedarse dormida. Y sintió paz. Sintió que podía volver a vivir su vida otra vez, deshaciendo los errores.

El mundo se apagó a su alrededor. Y en la oscuridad vio una flama que pronto se transformó en una fogata. El guerrero oscuro yacía muerto, tendido en una pira fúnebre. Su cuerpo ardió y de él y los que recorrieron estas tierras sólo quedó un recuerdo que pronto fue olvidado.

Elia abrió los ojos. Había visto la verdad. Tenía la pregunta y la respuesta. Podía sentir cómo el veneno de la planta actuaba en cada célula de su cuerpo. Y a diferencia de otros que murieron tras el simple roce de sus espinas, Elia lo controlaba y lo hacía suyo. Ya no tenía nada que temer.

La puerta de su jaula estaba abierta. El hechicero yacía junto al brasero. Convulsionaba y escupía espuma. Afuera aún era de día. Los niños cantaban no muy lejos de allí. Las mujeres reían mientras realizaban sus labores domésticas. Los guerreros compartían sus raciones de carne seca. El jefe del clan dormía la siesta en su choza privilegiada. Era un día normal, tranquilo, feliz.

Un día sin Elia.

Y sintió el odio por primera vez. Sagú había muerto apenas esa mañana. Aún podía ver su carne desgarrada, oler su sangre, sentir su tragedia.

Tomó una daga de entre los amuletos del hechicero y le abrió el cuello con un solo corte. Bebió la sangre que manaba a borbotones y salió de la choza cubierta con el color de la desgracia.

Alguien la vio. Oyó gritos de horror y guerra. Oyó a Daso que gritaba «¡matadla!».

«¿Morir?» Puso la daga entre sus dientes y notó que le faltaban dos incisivos. En sus genitales aún ardía la violación del hechicero. En sus manos y piernas podían verse las marcas de la tortura. ¿El clan había hecho con ella todo lo que estaba en su lista de cosas prohibidas y era ella la que debía morir?

Saltó de esa terraza maldita. Tomó una liana. Rodeó un tronco. Saltó a un puente. Se dejó caer entre las ramas del árbol madre. Sujetó otra liana y tocó el suelo del bosque con gracia. Echó a correr hacia donde el sol se oculta cada noche. Esquivó rocas y ramas por pasajes jamás transitados. Escaló árboles y balanceándose entre lianas.

Nadie la siguió. Y llegado el momento en que el sol enviaba los últimos destellos del día, llegó a ese claro de su sueño, rojo como la sangre.

Las plantas parecieron cobrar vida, movidas por un viento inexistente, y le daban la bienvenida. Elia avanzó, se sumergió en el dolor de sus espinas que pronto se transformó en una caricia. Comió sus hojas y pudo ver. Vio todo. Sintió todo. La vida en este planeta y en los mundos cercanos. Luego los lejanos. Hasta que ya no hubo vida que fuera desconocida a su visión.

Entonces los volvió a ver. Y esta vez ellos la vieron también. Había sorpresa en sus miradas. Eran un macho y una hembra, hermanos. Y en su interior palpitaba un poder que ni Elia había podido imaginar. Un poder que pronto superaría con creces.

«¿Qué eres?» preguntaron en un idioma de sonidos extraños. Elia no respondió, entendía perfectamente a qué se referían. No les interesaba saber su raza, el origen de su clan ni el nombre de la estrella donde orbitaba su mundo. En su pregunta estaba implícita la respuesta, «eres aquello a lo que más tememos».

Elia lo sabía. Sabía lo que era, lo que podía llegar a ser. Y ellos no sabían nada de ella, dónde estaba ni por qué no la habían sentido hasta ahora.

«Soy Elia» dijo y cerró su espíritu a la visión de ellos. Jamás la volverían a sentir. No podrían encontrarla por más que buscaran en todo el universo conocido. Estaría oculta hasta que llegara el momento.

Y fue entonces que sintió el objeto. Estaba de pie en el lugar indicado, en el centro de este paraje bañado por la luz de las estrellas. Bajo sus pies, entre las cenizas del guerrero oscuro de sus sueños, estaba el objeto que la haría el ser más temible de este extremo de la galaxia. No hubo necesidad de escarbar. El objeto vendría hasta su mano sin esfuerzo.

La sensación de peligro se apoderó de su pecho, algo se acercaba. Concentró sus ideas, llamó al objeto y éste salió despedido de debajo de la tierra. Elia lo atrajo hacia su mano y apenas llegó a ella, se activó.

Su grito silenció el bosque entero. Un haz de luz rojo proveniente de uno de los extremos del objeto le quemó el rostro sobre su ojo izquierdo. No había tiempo para lamentarse, el peligro estaba sobre ella. Tomó el objeto con sus dos manos y lo blandió con increíble destreza. Danzó entre las plantas y los depredadores que se deleitaron con la carne de su hermano caían partidos en dos.

En apenas una decena de latidos volvió a estar sola. Observó el objeto con detenimiento, estaba claro su propósito. Movió un trozo de metal en la base del arma y el haz de luz se extinguió. Lo volvió a encender y apagar una y otra vez, un deleite para su vista, rodeada de rojo y sangre.

El odio que hervía en su espíritu cobró nueva fuerza. La quemadura en su rostro ardía y aumentaba su furia y frustración. Comió más hojas hasta que su estómago ya no pudo más. Y echó a correr de regreso a los árboles del clan que la había visto nacer, con el arma en su mano. Deseando la muerte para todos.

Cuento de terror 👻 espantos cotidianos

El Hogar de Chichi en Espantos Cotidianos

“Bruja” tiene un don, que se convierte en maldición cuando se acerca demasiado a las zonas más antiguas de la ciudad: los ecos de otras vidas, sus alegrías pero sobre todo sus horrores, se manifiestan ante ella como pesadillas.

Es el primer evento público de mi única sobrina y no pude decir que no. Ahora viajamos hacia el centro por avenida Vicuña Mackenna, protegidas del invierno y con la discografía completa de Bon Jovi a medio volumen.

—¡Pero si tiene apenas un año! —digo, tratando de no sonar desesperada—. ¿Qué tanto puede hacer la Lily en el escenario si apenas sabe gatear?

—Tranquila Bruja —dice mi hermana—. No tienes que inventar excusas conmigo. Mientras sigas tomando tus pastillas, todo va salir bien. La enana nos espera en la sala cuna, tú sabes, lleva meses practicando.

No le voy a decir que también llevo meses practicando, sin tomar ningún medicamento, porque al fin conozco la naturaleza de mi padecimiento. Solo acepto su imposición porque adoro a su Lily y aquí estoy, en el Nissan Pathfinder full equipo con olor a nuevo de mi hermana, tibia y cómoda mientras el frío muerde los rostros de los transeúntes, afuera de esta burbuja de bienestar.

—Y te saliste con la tuya —digo, apreciando el tejido suave del asiento con la punta de mis dedos.

—Es lo que merezco —dice Carolina, que nunca ha sido modesta a pesar que venimos de una familia de clase media—. Marco se convenció cuando le mostré las especificaciones de seguridad para el transporte de bebés. Daría cualquier cosa por su hija.

Incluso comprar un vehículo que cuesta la mitad de lo que vale la casa donde viven, pienso. Los despilfarros y la incapacidad de ahorro de mi hermana siempre me sacan de las casillas.

Me muerdo la lengua para no decir lo que pienso, es la primera señal de que algo no anda bien en mi cabeza y Carolina es experta en orates. Fue ella la que convenció a nuestros padres para que me internaran, cinco años atrás
—¿Cuánto falta? —digo para cambiar de tema. Estamos a pocas cuadras de Plaza Italia en el centro de Santiago y si hay un lugar en el mundo al que no quiero acercarme nunca más en mi vida, es éste.

Carolina solo hace un gesto con los labios extendidos, enciende la luz intermitente para virar y entramos a un pasaje de adoquines y casas antiguas, realmente antiguas, de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. Justo pillamos un hueco para estacionar en la vereda derecha y mi hermana logra ubicar este tanque en precarios treinta y nueve movimientos.

Una seguidilla de escalofríos y espasmos recorren mi espalda mientras Carolina lucha contra el volante y las leyes de la física para estacionar bien su mastodonte. Me miro las manos y evito hacer contacto visual con los rostros que me observan desde las ventanas.

En cada rincón de esta ciudad torturada hay pesadillas y recuerdos horribles, almacenados en los revestimientos y pisos de parqué, latentes, algunos activos, la mayoría en un estado de vigilancia pasiva. Casi todos los edificios del casco antiguo de la ciudad reverberan con los gritos de los torturados, los despellejados y los devorados. Y aquí estoy, fingiendo frío cuando en realidad me siento aterrada y estoy a punto de salir corriendo, como si eso sirviera para algo.

—Aquí estamos —dice Carolina bajando del auto. Un chorro de aire frío me abofetea el rostro y las manos descubiertas. Puedo oír los gritos a bajo volumen rebotando entre los muros de hormigón y el suelo de piedra. Por lo general no se entiende lo que dicen, pero estos tienen una voz muy clara y su mensaje me aprieta el corazón. Tanto dolor, tanta desesperación, tanto odio…

Mi puerta se abre de improviso y doy un salto. Es Carolina que a esta altura del día ya no tiene paciencia. Se supone que estamos bien en la hora pero a ella no le gusta llegar atrasada.

—¡Voy! —digo e intento sonreír—. Hace tanto frío…

Carolina no dice nada, solo me sonríe de vuelta y espera a que baje de su auto familiar de lujo. Estudio su rostro, sus gestos, su manera de moverse. Nada de lo que hace demuestra alguna sospecha. Tal vez está nerviosa, porque su hija tendrá su primera presentación en público. O tal vez tiene más preocupaciones de las que parecen evidentes, como las cuotas del dividendo y las cuotas del auto y las cuotas de sus tarjetas de casas comerciales y quién sabe qué otra deuda.

Me cuelgo de su brazo y su mirada sorprendida tiene ese brillo de alegría que traen los buenos recuerdos, de cuando éramos cómplices en contra del reinado de los niños del barrio y organizábamos estrategias de largo plazo para acabar con los privilegios de los que podían hacer pipí de pie. Su sonrisa irradia una energía hermosa y doy gracias porque todavía me ame, a pesar de todo lo que hice en el pasado.

Avanzamos por un pasaje estrecho que se adentra entre dos edificios muy viejos y altos y aguanto la respiración cuando una cara muy pálida imprime su dolor contra el vidrio de la ventana justo cuando paso debajo de ella.

La mayoría de la gente ni se entera de estas cosas. Un pequeño grupo de privilegiados puede intuir, atisbar estos infiernos y solo una minoría, uno de cada cien millones, es capaz de ver y sentir los horrores residuales y acumulativos de la ciudad y sus habitantes, en toda su magnitud. Yo soy esa maldita entre cien millones. Aunque debo decir que no todo son espantos y pesadillas. Hay luces también, pocas, tenues, y el privilegio de poder presenciar esa pequeña llama virtuosa hace que esta maldición se transforme en un don.

Eso no significa que se acabe el miedo y los sobresaltos. Hay más ventanas en el pasadizo y cada una alberga una cara distinta, gesticulando sus pesadillas con la palidez de sus rostros de danzarines butoh. Apuro el paso y arrastro a Carolina, que trae esos tacos absurdos y es incapaz de apurarse, aunque le fuera en ello la vida.

Al final del pasaje está la sala cuna, en el segundo piso de una casona que parece cubierta con una bruma oscura. Entro en pánico, pero no es por mí. Mi sobrina está ahí dentro, al igual que otras niñas y niños de menos de dos años. Encerrados en un aura negativa, un escudo miasmático que me hace sentir nauseas.

Carolina toca el timbre y el cerrojo se abre con un chasquido eléctrico. Ella sube primero y la sigo de cerca, sin tocar los muros ni el posa manos, mirando a mi alrededor a la espera de cualquier cosa que me vaya a saltar encima. ¿Y qué voy a hacer si algo ocurre? ¿Gritar? Ya sé lo que va a pasar después, mi hermana se hará cargo de la situación, nadie me va a creer ni una sola palabra, regresaré al sanatorio y al dopaje y al electro shock estupidizante, y Carolina no volverá a dirigirme la palabra en cinco años, igual que la última vez.

Llego arriba y lo que veo me deja en shock. Padres y madres conversan, sonríen, nos saludan, con vasos de bebida en las manos y canapés entrando en sus bocas. Las parvularias encargadas de la sala cuna, las jóvenes y las mayores, caminan con paso apurado de un rincón a otro vestidas con traje típico de campesinas, con trenzas y zapatitos negros lustrados. No hay nada extraño, nada siniestro, nada que se mueva con su incorporeidad vaporosa entre las personas.

Hay niños también, algunos pequeños y otros mayores, corriendo por el salón. Marco está al fondo con su cara de aburrido habitual, y cuando ve a su esposa su amor irradia calor a varios metros. Entonces me ve y esa sensación desaparece, dejando un muro de frío que es casi palpable. Marco me odia, por supuesto.

Miro a mi alrededor, el sonido quejoso de las almas en pena no se escucha, no lo siento, es como si no existiera. Tal vez esta casa dedicada al cuidado de bebés tiene un hechizo protector. Quizás el amor y la inocencia repelen al dolor que habita en el exterior. O tal vez este lugar me ha curado, y por escasos segundos vuelvo a sentirme igual que cuando era niña y los mecanismos hormonales de la adultez aún no desataban la maquinaria perceptiva de lo paranormal.

Solo oigo risas de niños, risas de verdad, no ecos acumulados en paredes y techumbres. Las oigo y mis ojos se llenan de lágrimas, no lo puedo evitar.

Carolina me sorprende y toma mi mano, preocupada. Le devuelvo el apretón con una sonrisa tan grande que me duele la cara.

—Todo está bien —digo y seco mis lágrimas—. Todo está perfecto.

Le doy unas palmadas en la mejilla y la empujo de vuelta con su marido. Respiro profundo, me acerco a la ventana para mirar hacia afuera y no, claro que no estoy curada. Los rostros en las ventanas siguen allí. Y hay cosas que se mueven por las paredes, medio sumergidas en el concreto, reptando y sumergiéndose hasta que las veo aparecer justo a mi lado.

No voy a gritar. Quiero, pero no lo haré. Esa cosa vaporosa de pie a mi lado intenta avanzar, pero algo la empuja, un viento que la diluye y la repele de regreso al exterior. Oigo su grito furioso, un crujido de piedras bajo el agua, y desaparece. Ya no está. Miro hacia afuera y veo una mancha pálida en el aire que desciende como una mota de semillas de diente de león, hasta desaparecer a poca distancia.

Nadie más vio lo que acabo de presenciar. Tengo unas ganas tremendas de saltar de alegría, porque acabo de descubrir un lugar seguro, un lugar donde yo misma podría hacer mi vida normal sin temor. Muero de ganas de hablar con Carolina y contarle lo que acabo de descubrir… contándolo de tal manera que piense que efectivamente descubrí lo que quiero hacer con mi vida.

—Bruja —dice Carolina de pie a mi lado—, ya va comenzar.

La miro y veo la sospecha, ahora sí. Pero estoy tan feliz que no me importa. Me cuelgo otra vez de su brazo y caminamos hasta el fondo del salón, donde hay un pequeño escenario con moais de cartón y palmeras dibujadas con témpera. Los padres y madres se apretujan y casi no puedo ver el escenario, pero no importa. Las tías del jardín traen a los niños en brazos y son una delicia, con sus trajes de Rapa nui sobre pantis y camiseta blanca.

Ahora sí que estoy llorando. Carolina no me quita los ojos de encima, ni siquiera cuando entra Lily con su vestido de plumas y un tocado adornado con conchitas de mar.

—Es preciosa —digo—. Gracias por traerme.

Marco, contra todo pronóstico, me ofrece un pañuelo desechable. Por Dios que lo necesito.

—Estaba pensando —digo, mientras las tías terminan los preparativos para el evento—, que me gustaría retomar los estudios, volver a la universidad. Tal vez…

Detengo mi discurso en seco. Algo se mueve junto al escenario, algo con una energía enorme, denso y oscuro, como una nube de tormenta. Es una figura humanoide, con brazos largos, dedos puntiagudos, espalda encorvada y lo que parece ser un sombrero de copa sobre una cabeza esférica.

—Ya va a comenzar —dice Carolina y desvía su atención al escenario. Lily y otros siete niños están sentados en el suelo, pequeños y de pancitas redondas, observando a sus padres con más curiosidad que anhelo. La música inicia, una pieza Rapa nui que conozco, Uru te hami, y de inmediato los bebés golpean el suelo al ritmo de los cánticos.

Mientras todos babean al ver a sus hijos ponerse de pie apenas cambia el ritmo de la canción, a través del lente de alguna cámara o teléfono inteligente, y los ven bailar dando saltitos en el escenario, yo observo a la criatura que se mueve y baila con los niños, imitando sus movimientos. Si no supiera lo que es, podría jurar que está disfrutando del espectáculo al igual que el resto de los presentes.

El horror en mi pecho no se diluye, en cambio aumenta cuando le veo girar su cuerpo repentinamente y se queda mirándome con ojos pequeños, dos luces tenues en el centro de esa esfera negra que es su cabeza. Doy media vuelta para salir corriendo, pero me detengo en seco cuando veo a otra entidad que trata de ingresar al santuario infructuosamente. Es repelido igual que el anterior.

El baile de los pequeños termina y los padres y madres corren a abrazar a sus hijos. Mientras todos celebran de gozo, la cosa oscura da vítores y aplausos silentes, saltando en su lugar y realizando un curioso paso de baile. No muy lejos de él Carolina y Marco parecen bobos haciendo fiesta a la niña y yo no les puedo reprochar nada, porque hay amor genuino aquí.

—¿Eso era todo? —digo cuando Carolina regresa con su princesa Rapa nui en brazos. A pesar del espanto que siento y que probablemente nunca más me abandonará, no creo que la criatura sea un peligro para los bebés, sino al contrario.

—Sí, para eso recorrimos medio Santiago en pleno invierno —dice Carolina—, para presenciar el nacimiento de una estrella.

En el fondo sé que su orgullo es real y que no está exagerando. Me muerdo la lengua para no burlarme de su instinto maternal y le hago un pequeño cariño a Lily. Prácticamente no me conoce, la he visto por fotos y vídeos en Facebook, me mantengo al tanto de todos sus resfríos y vacunas, que no se diga que soy una tía despreocupada. Pero eso no significa nada para ella.

Carolina la extiende hacia mí y recibo un rechazo inmediato y categórico. Me río de lo obvio, porque merezco su desprecio.

De reojo veo a la criatura, que va de niño en niño y aplaude, se mueve como haría un clown feliz, y se despide con lo que parece un beso en la frente de los bebés. Me recorren los escalofríos pero no me muevo cuando llega a nosotros. Carolina está hablando de la confección del traje y yo no entiendo nada de lo que dice. Tener a la criatura a menos de un metro de mí es aterrador, es espeluznante. Mis reacciones fisiológicas ante la presencia de criaturas incorpóreas no mienten y en este caso, se trata de un ser de pesadilla.

Un ser de pesadilla que protege a los bebés de una sala cuna. No sé qué pensar.

—Chichi —dice Lily con su voz de pajarito y extiende los bracitos hacia el ser oscuro. Éste aplaude y salta y por un segundo, solo un segundo, veo algo que se ilumina en su interior, una fuerza aún más poderosa que toda su oscuridad.

—Chichi —digo y la criatura me mira de sopetón. Estoy aterrada y al mismo tiempo creo que no tengo nada que temer, como si la conociera de antes, una vieja amiga que regresa de un largo viaje.

Miro a Carolina y la veo tensa, con los ojos abiertos al máximo mientras observa a su hija saludar a algo que no está allí. Mientras tanto la criatura se ilumina nuevamente con esa calidez interior y extiende una mano para tocarme, pero se detiene a medio camino. Retrocede un paso y me lanza un beso figurado con su mano negra, retrocede otro paso, da media vuelta y se hunde en el muro detrás del escenario, dejando una leve estela de vapor negro que demora en disiparse.

—Chichi —repite Lily con sus brazos pequeños extendidos hacia donde estaba la criatura. Miro a mi hermana y está pálida.

—¡Vámonos! —dice Carolina y sale del salón casi corriendo escaleras abajo, en tacos.

—Eh… —dice Marco que no entiende lo que acaba de ocurrir—. Voy a buscar las cosas de la Lily, nos vemos en el auto.

La potencia sombría no se ve por ninguna parte. Sigo los pasos de mi hermana y la encuentro de pie a un lado del Nissan, llorando con la bebé en brazos.

—¿Qué pasó? —pregunto y ella no me mira, solo solloza—. ¡Háblame!

—Chichi —dice ella y su rostro se contrae, pero no irrumpe en llanto—. Dijo Chichi…

—Y eso qué…

—¿Cuándo dejaste de tomar tus pastillas? —pregunta y siento que el frío a nuestro alrededor se instala en todos mis huesos—. Parpadeas como alguien que no está medicada.

—Llevo tres meses limpia —digo—. Yo sé que te prometí…

—Cuando eras pequeña —dice Carolina—, una brujita igual de enana que mi Lily, la Mamá te traía a esta misma sala cuna. Por eso traigo acá a la Lily, la mejor sala cuna de Santiago.

»Tú no te acuerdas, porque alcanzaste a estar apenas tres meses. A la Mamá la echaron de su trabajo y consiguió otro cerca de la casa. Yo estudiaba en el Liceo Uno y me venía caminando todas las tardes a buscarte y después partíamos en micro a Puente Alto.

Carolina sufre un ataque de llanto y Lily solo la mira muy seria, sin entender qué ocurre.

—Siempre que venía a buscarte —continúa Carolina—, tú le extendías los bracitos a la tía y decías Chichi. Siempre. Pero a veces la tía ya había cerrado la puerta y yo me quedaba en las escaleras abrochándote un chaleco o los cordones, y tú le decías Chichi a la nada. Chichi, Chichi. Cuando le pregunté a las tías, ellas decían que no tenían ni idea, que lo hacías todo el tiempo y no era con ninguna de ellas.

Lily comienza a llorar y Carolina se da cuenta que hace frío y su hija trae puesto un disfraz y ningún abrigo. Se apresura en abrir el vehículo y coloca a la niña en su asiento. Me subo atrás y me siento junto a Lily, para que Marco viaje al lado de su mujer. Carolina se sienta en el copiloto.

—Lo viste, ¿cierto? —dice Carolina cuando cierra su puerta—. Viste a Chichi. Lo estabas mirando igual que Lily. Ella también ve cosas, ¿Cierto? Y ven las mismas cosas, las mismas…

No digo que sí. No digo nada. Solo la miro a los ojos, sin miedo a que piense que estoy loca. Y sé que no importa lo que ocurra de ahora en adelante, mi hermana al fin comprende.

—¿Cómo es esta Chichi? —pregunta Carolina.

—No quieres saberlo —digo, con el recuerdo de esa presencia patente ante mis ojos—. Es quien protege a los niños de otras criaturas malignas. Debes estar tranquila.

Un escalofrío me saca espasmos de epilepsia y Carolina reacciona de la misma manera, como la mención de cucarachas sobre la piel. Nos reímos con esa risa secreta que es necesario ocultar con una mano, justo cuando sube Marco tras el volante. Él nos observa, echa a andar el vehículo y comienza a relatar su fabuloso día de trabajo mientras marchamos de regreso a Puente Alto, escuchando un discurso de nunca acabar acerca de los pedidos atrasados, el contratista que no hace lo que debe, aduana que insiste en cobrar una tasa especial por qué sé yo qué burrada con franquicia…

Carolina me mira a ratos por el espejo del copiloto y yo me hago la interesante, cuchicheo en idioma de bebé con Lily o me hago la dormida. Ya tendremos tiempo para hablar con calma. Vendrán días difíciles, lo lamento por Lily porque no será fácil, pero tiene a su tía loca para guiarla.

Vamos a estar bien.

Cuento de terror 👻 gusano de Londres

Este cuento forma parte de la colección En la Sangre.

Ilustración: Estefani Bravo.

El parásito que habita en mi boca se remueve intranquilo, restregando su cuerpo de babosa contra mi paladar seco. Mordisqueo sus tentáculos con las muelas para obligarlo a que se quede quieto.

Soy el que atiende la séptima caja de diez. La fila de clientes es larga, cada persona atesora un envase con frutas o verduras o fideos o ravioles, comida preparada y lista para calentar o servir, jugos, smoothies y frutos secos o deshidratados. Todos miran al reloj del muro cada diez segundos, también yo; o al reloj en sus teléfonos. O al universo de posibilidades que se esconden en la nuca de la persona que tienen en frente. Avanzan arrastrando pasos cortos de presidiario encadenado y no esperan más de cinco eternidades para llegar a alguna de las cajas.

El reloj del muro muestra que ya son las 3 PM. Es mi hora de salida. Llamo al último cliente antes de cerrar mi turno y tengo un sobresalto cuando la veo, es Claire con el cabello rubio casi albino cortado en flecos, sus ojos azules enormes mirándome inmisericordes, vestida con minifalda de mezclilla y blusa rosada llena de flecos, zapatillas con plataforma, alta y delgada y fabulosa con varios piercing estratégicosem el rostro, y los dientes tan blancos que me encandilan cuando dice “goodevening”.

Claire deposita sobre el mostrador un pastry de carne con papas y zanahoria, y un smoothie de arándanos con plátano. Demoro unos segundos en salir de mi estupor. No es Claire, pero se parece mucho, demasiado.

Cada día la veo en una u otra chiquilla, en el tren subterráneo, en el bus, en las veredas de Londres bajo un paraguas transparente o con una anaconda de lana enrollada en su cuello de porcelana, a veces trae puestos los anteojos hípster que usaba cuando la conocí, otras veces calza unas panty medias de fosforescente naranja o verde manzana.

La chica que no es Claire paga con las libras justas y se va sin mirarme siquiera. Es lo que no me gusta de esta ciudad, todas se parecen a Claire y ninguna se mete conmigo. Porque soy invisible, siempre lo fui. Cada día que pasa, cada día silencioso y solitario, me convenzo que ella fue un delirio o un invento del parásito. Claire sonriéndome en la caja, los anteojos de marco grueso enmarcando su rostro impecable, preguntándome a qué hora termino mi turno. Ella, hermosa e imposible invitándome a una cerveza. Ella cabalgándome como una desaforada esa misma tarde. No puede ser que me lo inventara.

Son las 3:04 PM y el lenguado baboso llama mi atención una vez más, ahora tironea los lazos simbióticos que descienden por mi garganta hacia el esófago. Entiendo el mensaje, además que aquí no pagan horas extra. Cuento rápidamente el dinero en la caja, ingreso mi código en el equipo y el software da visto bueno a la cuadratura. El encargado de cambio de turnos confirma mis ventas y que no falta dinero. Estoy listo para partir.

Me retiro de mi puesto y una persona del turno de la tarde ocupa mi lugar, un somalí enorme que no me mira, no me saluda, nada. Llevo trabajando aquí siete meses todos los días de lunes a viernes, y al menos dos de cada tres cambios de turno es él quien toma mi lugar en la caja. Pero jamás me mira. Dudo que hable otro idioma aparte del suyo. En este trabajo lo único que hay que saber son números, contar bien el dinero que te pagan y dar el cambio correcto. Nada más.

En la habitación detrás del minimercado, en la caseta de seguridad junto a la puerta de salida, una mujer de cuarenta y tantos hace el trámite de ingreso igual que todos los días. La conozco, aunque no recuerdo su nombre ahora. Renata, o Camile. Trae gotitas de rocío en el cabello desgreñado y parece que estuvo llorando. En realidad siempre se ve triste, y hoy está particularmente espantosa.

La recién llegada firma en el libro de entradas y coloca todo lo que trae en los bolsillos dentro de un cofre de metal. Detrás de la ventanilla angosta una mujer india de ojos grandes y expresión hastiada pone llave al cofre sin siquiera mirar el contenido y se la lleva, entregando a cambio una ficha con un número pintado en ella.

Hi —dice la recién llegada cuando me ve—. ¿How are you? It’s a cold day, isn’t it.

Hago un gesto de tener frío y le sonrío sin separar los labios. La poca gente con la que comparto algo, y de verdad es muy poca gente, cree que soy un mudo de Sudamérica que entiende algo de inglés. Y ella como otros, me saluda por simple cortesía, aunque a veces imagino que desea algo más de mí. Como Claire.

Take care —dice ella enfilando hacia las cajas y nuevamente le sonrío con la boca cerrada. Creo que se llama Sophie.

Saco mi ficha de un bolsillo y la pongo sobre el mostrador. La mujer india me mira de frente y evito su mirada, no porque me preocupe o me dé miedo, sino porque tiene bigotes. Siempre que la miro mis ojos se van directamente a su bigote de abuela y ella no debe tener más de treinta años. Además que es hermosa, ese tipo de belleza exótica de iris claros e intensos sobre piel morena que quita el aliento, la bailarina principal en una de esas películas absurdas de Bollywood. Pero tiene bigotes y es viuda desde los catorce años, llegó a vivir con sus primos de Inglaterra para escapar de la vergüenza.

Me quito los zapatos y hago gesto de vaciarlos sobre el mostrador, nada cae de ellos. También doy vuelta los bolsillos de mi pantalón. Es solo precaución, nada más, así hago más fácil el trabajo de la bigotona.

El lenguado tironea una vez más de mi garganta y en esta oportunidad duele. Evito hacer un gesto, ni siquiera muevo los labios, y sé que los ojos se me llenan de lágrimas. Si la mujer bigotes me pide abrir la boca, todo se va a la mierda.

Ella me da la espalda y recoge el cofre de metal con mis cosas. Muerdo los tentáculos del parásito con fuerza y siento su sangre que me llena la boca. Mi sangre. El lenguado se remueve otro poco y deja de insistir, temblando de ira o dolor o las dos cosas. El cofre se abre sobre el mostrador y recupero mi billetera y el monedero. Firmo mi salida en el libro y eso es todo. No es día de pago así que simplemente me encamino a la salida.

La puerta se abre con un clank electrónico. Salgo a un pasillo mal iluminado que da al patio de comidas del Mall en la estación de Euston. Rodeo las mesas, hay poca gente en la estación a esta hora, y vuelvo a entrar al mini mercado donde trabajo, ahora como cliente. Elijo una ensalada de frutas y un pastry similar al que compró la clon de Claire. Se me antojó de pura hambre, o bien podría haberme llenado la panza con cualquier cosa, aserrín o caca de gato.

Los sabores son un recuerdo raro, de esos que parecen reales cuando se los recuerda pero la sensación dura apenas un pellizco y se diluyen en una ilusión. Creo que me acuerdo del sabor del pan recién horneado, el pan amasado que hacía mi vieja, es un recuerdo potente y soy incapaz de revivirlo con toda su complejidad, el sabor de la mantequilla que se derrite y pasea por mi paladar… no logro retenerlo por mucho más que un suspiro.

Todos mis órganos para sentir sabores y olores se perdieron para siempre, junto con mi lengua. Me contengo de morder al lenguado maricón porque a este paso voy a acabar con anemia.

Pago en la caja siete y el somalí me atiende sin hacer contacto visual. No le interesa reconocerme. Solo quiere hacer su trabajo y recibir su paga cada viernes. igual que todos los que atienden el minimercado, todos inmigrantes, como yo.

Salgo a la calle y una sensación de horror me inunda, un frío intenso en la columna. Sé lo que significa, mierda, nunca habían llegado hasta acá, nunca se alejan tanto de su zona segura. Esto significa que saben que existo, saben dónde estoy, me están buscando.

El parásito en mi boca se mantiene quieto. Sabía que algún día me iba traicionar. Me escabullo entre los pasajes del centro comercial, pero esta sensación de frío es cada vez más intensa. Doy vuelta en una esquina y salgo a la calle, un grupo de perros olisquean la basura en un callejón y se ponen en alerta cuando me ven aparecer. Los rodeo ignorando sus gruñidos, me lanzo a correr y ahora soy yo el que asusto a los transeúntes, que se apartan con verdadero horror en sus ojos. Una niña grita espantada y recién me doy cuenta que estoy jadeando.

Tengo la boca abierta y el lenguado está asomado, con tentáculos y todo, respirando conmigo.

Lo muerdo fuerte, lo mastico hasta que se contrae derrotado de regreso a donde antes habitaba mi lengua. Sigo corriendo ahora más lento, la gente que me ve pasar solo ve a un hombre apurado, como muchos en la estación. Ya me imagino la cara de pánico que tenía antes y me avergüenzo de mi reacción.

La sensación de frío se mantiene en forma de una pulsación constante que me baja desde la nuca hasta el culo. Me siento en una banca como un saco de papas que se desparrama, mirando a la estación de trenes de Euston. La gente va y viene, cientos de seres humanos que no tienen ni idea de las criaturas que habitan en los cuerpos de otros a su alrededor. Hace frío. Tengo hambre y quiero llorar porque no podría comer lo que compré, lo que tengo en esta bolsa, no frente a esta gente, nunca en público.

Es mi culpa. Yo causé esto, podría estar muerto pero no, sigo con vida y fingiendo que nada ocurrió. Cómo puedo ser tan hueón, es mi culpa, es mi culpa…

***

Volaba con Claire por London road hacia Hastings, para ver el festival de Jack in the Green y el carnaval de bailes y cantos medievales en el castillo de ese pueblo junto al mar. Según ella, era lo más parecido al carnaval de Río que tenían en Inglaterra, y su comparación me pareció linda e infantil. Su único referente del carnaval de Río era algún reportaje de la BBC.

Claire tenía diecisiete años, unos ojos azules impactantes y piel de porcelana, con la sonrisa más exquisita del universo. En Londres está lleno de chicas como ella, hermosas, con peinados extraños de mechones naranja o azul y minifalda incluso en las noches más heladas del invierno, cuando salen a beber cerveza con sus amigos o a ligar con algún chico guapo. Ni idea qué fue lo que vio en mí, yo era un simple cajero inmigrante en el mall de la estación Euston. Su sonrisa me cautivó desde el primer día, y su cuerpo de súper modelo adolescente. Su cuerpo desnudo, sus pechos de pezones rosados balanceándose cuando me cabalgaba, me excitan aún ahora.

El London road estaba desocupado a esa hora de la mañana y yo manejaba a 80 millas por hora en la camioneta de Claire, o de su padre, ni idea. Manejar en contra del tránsito era la norma y no me costó acostumbrarme, pero tampoco tenía licencia de conducir. Supongo que a ella le gustaba tener un esclavo sexual exótico y arriesgado que no oliera a curry. O tal vez me amaba con esa ternura de caricias adolescentes y excitación permanente, y yo era un hueón afortunado. Llevábamos un mes viéndonos en mi cuchitril de Camden Town, teniendo sexo todos los días y conversando de libros y películas. Y ese 2 de mayo íbamos a Hastings a ver un carnaval en un castillo medieval, nuestra primera salida en público.

80 millas por hora son 129 kilómetros ídem. Volábamos por la avenida vacía, mirando la campiña y contando las vacas en ese día espectacular y soleado. Claire se reía de mis chistes absurdos, y yo solo quería detenerme y cogerla una vez más, ahí a un lado de la carretera. Se veía exquisita, igual que todos los días, y sus ojos me fulminaban con esa capacidad de lograr todo lo que se le antojaba. Metí mi mano en su minifalda y ella le dio la bienvenida entre sus labios húmedos y cálidos. Su mirada con gesto placentero me tenían hipnotizado, y ni me enteré cuando chocamos de frente con otro automóvil.

Abrí los ojos en ese escenario de espanto y agonía. Fierros retorcidos daban una forma nueva a mi cuerpo y lo primero que vi fue un globo ocular de iris azul intenso colgando de un amasijo de pellejos y cabello, mirándome. Claire llevaba un buen rato muerta.

Fuera del vehículo era de noche, lo que significaba que nadie sabía que estábamos allí. La mixtura de fierros y carne estaba sumergida en una zanja húmeda a un lado del camino, fuera de la vista. Para quienes pasaron por allí después del accidente, solo quedaba la evidencia de un choque, algunos vidrios y piezas de auto junto al camino, pero ningún vehículo.

No podía gritar, mis pulmones apenas tenían fuerzas para hacer llegar algo de oxígeno al montón de carne que era mi cuerpo molido. El frío era intenso y después supe que eso me mantuvo con vida tanto tiempo. Aunque en verdad hubiera preferido morir.

Desperté al amanecer del día siguiente mirando una nueva categoría de horror. De entre los fierros retorcidos del otro vehículo, un sedán negro que se fundía con la camioneta de Claire, el cuerpo del conductor se retorcía con espasmos recurrentes. Estaba vivo, el pobre hijo de puta, con el cráneo abierto y vacío y las caderas a dos metros de su torso, vivo y luchando contra algo que emergía de su garganta, con tentáculos negros y patas de bicho. Era el parásito que ahora habita en mí, tan mal herido como su hospedero.

No pude gritar, no podía escapar. La cosa se desprendió al fin del otro cuerpo y se arrastró hacia mí con pequeños movimientos de cuncuna. Los tentáculos no le servían para nada, tal vez porque ya no le quedaban fuerzas. El cuerpo del hospedero le era inservible y necesitaba uno nuevo. Y yo estaba allí, disponible.

Veía su masa frontal acercándose, con dientes que se movían en círculos, trepando los fierros, lamiendo mi sangre seca y la de Claire en su camino. Hasta que llegó a mí, a mi boca fracturada que estaba entreabierta, y se comió mi lengua para hacerse espacio.

Durante las horas que siguieron, mi cuerpo se recuperó milagrosamente, los huesos se soldaron, las vértebras se reunieron y los nervios se reconectaron. El dolor desapareció. Tuve fuerza suficiente para mover un brazo y hacer palanca con el fierro que tenía insertado en el pulmón derecho, hasta sacarlo. Lo mismo con mi pierna izquierda que parecía tener ocho rodillas flectadas. Logré moverla y en el proceso mi cadera volvió a encajarse en su lugar. Perdí un testículo, pero el otro seguía conectado y regresó dócilmente al escroto. Gracias a Dios lo demás seguía intacto.

Cuando al fin salí de mi tumba entre los fierros, estaba tan agradecido por seguir con vida que no me importó tener un parásito ocupando mi boca. Se sentía igual que si fuera mi lengua, aunque se movía por voluntad propia. Y creo que algo no iba bien con él. Extraños flash llenaban mis pensamientos, mensajes incompletos en forma de ideas y ocurrencias. Era su intento por controlarme, como controlaba al difunto atrapado en el sedán.

Su anterior hospedero tenía partes del lenguado aún moviéndose en su tráquea. La criatura anidada en mi garganta estaba incompleta. Sentí pánico, traté de vomitar pero el parásito obstruía mi esófago. Lo atrapé con los dedos, me mordió, peleó, y cuando al fin lo agarré el dolor que me atacó por tratar de quitarlo me hizo perder el conocimiento. Estábamos unidos.

Me quedé allí hasta que anocheció. La lluvia lavó el lodo y la sangre y las pestilencias que cubrían mis ropas. Me arreglé como pude, empapado y sucio, y prendí fuego a los vehículos usando una batería para hacer chispas. El fuego era débil y se apagó pronto.

No tenía caso que siguiera allí esperando a que ocurriera algo. Estaba vivo. Me marché caminando por la London road de regreso a Londres, haciendo dedo por tramos cortos hasta que llegué a mi habitación en Camden Town. Nadie me preguntó dónde estuve.

Al día siguiente fui a trabajar y nadie preguntó por qué me ausenté. Por supuesto no me pagaron los días que falté. Pasó el tiempo, las semanas y los meses. Nadie vino a mi puerta a preguntar por Claire. La miré en Google y en Facebook, tal vez alguien la estuviera buscando. Pero no. Solo encontré su perfil desactualizado, sus fotos, su bella sonrisa acompañada de familiares y amigos y nada más. Yo no aparecía por ninguna parte, ningún comentario ni alusión.

Yo no existía en su vida.

Yo no existo en la vida de nadie y nunca podré hacerlo, no con esto que traigo en la boca.

***

Pasan los minutos y ninguno de Ellos aparece para encararme. Fue una falsa alarma o una estrategia del lenguado para hacerse notar. No me quedo para averiguarlo.

Me marcho a Camden Town, caminando bajo una garúa tenue y con un viento frío que atraviesa las costuras de mi chaqueta. Demoro dos horas, tengo hambre y frío y a ratos regresa la sensación de horror en mi columna vertebral. Al principio me entra el pánico, la angustia, la paranoia.

Miro a mi alrededor en busca de alguno de Ellos y no los veo. Creo que no sería capaz de reconocerlos aunque los tuviera a mi lado, seres de otro mundo que habitan en cuerpos sin voluntad. Lo sé, lo intuyo, sé que es así. Habitan en zonas seguras, cerca de hospitales donde pueden encontrar cuerpos de calidad. Fingen un accidente y cambian de cuerpo, así de simple. Lo vienen haciendo desde hace siglos, eligiendo a las personas adecuadas. Se anidan en el esófago y nadie jamás los descubre.

Yo estoy vivo y mi parásito está incompleto.

Recorro los pasajes intrincados junto al Regent’s Canal, repletos de turistas y londinenses hípster que se mueven en una marea feliz e impresionable. Entro a un edificio húmedo y frío que parece a punto de caer sobre el canal, de interior oscuro y tétrico. Me gusta. Acá no llegan ni los desesperados. Tampoco llegan los parasitados, que prefieren habitar en zonas secas y menos concurridas.

En el tercer piso abro la puerta con la llave que guardo en el monedero. Adentro hay un sillón cama y un televisor, y en la pequeña cocina tengo mi único electrodoméstico, una minipimer.

Muero de hambre. El parásito se remueve inquieto como una babosa que acaba de caer al mar y sé que también está hambriento. Meto el pastry y la ensalada de frutas en el vaso regulado, vierto un poco de agua directamente de la llave y licúo todo hasta convertirlo en una pasta homogénea. Ni idea si tiene olor o sabor a algo. Le pongo una pajilla y abro la boca.

Ahí sale el lenguado a comer, succionando con lentitud paciente hasta que se acaba todo el contenido del vaso.
A Claire le gustaba venir acá, tenderse desnuda en mi sillón y hacer poses para que yo la admirara. Me tenía hipnotizado. Igual que en un sueño. Como en el delirio de un hombre que lleva horas muriendo a un lado de la carretera. Quiero convencerme que no existen los parásitos, que no tengo a este bicho. Si me concentro con fuerza, puedo imaginar que tengo una enfermedad rara, elefantiasis lingual o verrugas de las encías. Mañana me van a operar y me quedaré sin lengua, y seré libre al fin.

Siento el cuello apretado, como si me hubiera tragado una pelota de tenis. Seguirá así algunos minutos, mientras el parásito hace su digestión. Y dado que no tengo nada más que hacer hasta mañana, extiendo el sillón cama y me cubro con una manta de pólar. El sueño me atrapa de inmediato.

Claire desnuda junto a la camioneta destruida. Claire desnuda junto a mis padres muertos. Claire desnuda haciéndome el amor. Claire descuartizada y su ojo mirándome. Claire abriendo su boca y mostrando un lenguado sexy. Claire viéndome por primera vez, en la caja número siete del minimarket y preguntándome a qué hora salgo. Claire desnuda, arrastrándose igual que una cuncuna por el barro….

Despierto con el frío de la madrugada, imaginando que ella está en el baño y que pronto vendrá a despertarme para hacer el amor antes de desayunar. Una silueta se perfila contra la ventana que da al canal y pienso que es ella, de verdad lo creo y mi corazón se paraliza por un segundo, aunque la silueta es muy pequeña. Da un salto y se mueve hasta quedar a un palmo de mi rostro.

Es un perro negro, grande como un rottweiler y en su hocico se asoma un parásito idéntico al mío, aunque se nota que está en mejor estado de salud.

Entonces comprendo el plan de mi bicho. En Londres no hay perros vagos.

Ahora caigo en la cuenta que estoy aterrado, y no tengo miedo, no estoy preocupado y al mismo tiempo quiero salir corriendo. Es más, me siento aliviado, liberado del peso de una culpa enorme. O debe ser mi lenguado el que siente eso, porque mi culpa no tiene remedio. Soy culpable, Claire está muerta. Yo iba al volante…

Abro mi boca y dejo que los lenguados se toquen. El mío parece de lo más entusiasmado, pero el otro tiembla y extiende su dentadura a ratos. Aún en el mundo de los usurpadores de cuerpos hay orden y estructura. Un lenguado adicto a la aventura escapó en un sedán negro robado, alejándose de toda convención y regla inquebrantable. Chocó el 2 de mayo pasado contra una camioneta. No había rastro del lenguado ni de su nuevo hospedero. Dos mil años de anonimato podían desmoronarse por un error absurdo.

La conversación se extiende por extensos minutos. Atisbo algunas ideas y la mayoría son demasiado extrañas para encontrar algún asidero en mi cerebro humano.

El perro está sentado delante de mí, es un chico obediente y el parásito en su hocico al fin llega a un veredicto. Mi lenguado será reubicado en un animal del zoológico por el equivalente a veinte años terrestres, y el humano vivo será reutilizado. Un rayo de sol entra por la ventana y me encandila tímidamente, igual a la sonrisa de Claire, y decido que se pueden ir todos a la mierda. Este humano se manda solo.

Aprieto el hocico del perro con ambas manos y me pongo en pie, forcejeando contra la fuerza del animal que se orina y defeca en el acto. Es una criatura poderosa, en su mandíbula tiene suficiente fuerza para desgarrarme un brazo si logra morderme. No se lo permito. El parásito que le controla pierde gran parte de ese control mientras los dientes del animal cercenan su carne negra.

Mi lenguado, prófugo de la justicia de los ladrones de cadáveres, hace algo que me produce arcadas, pero no puedo vomitar. Se extiende fuera de mi boca y en varias dentelladas se come al otro.

El perro ya no pelea, solo sufre espasmos esporádicos. Lo dejo caer. Y el parásito en mi boca tiene la idea más descabellada de todas. Pienso que no, que no quiero hacerlo. Mis manos suben lentamente hacia mi cara. Peleo con ellas, es mi voluntad la que se impone, soy el único amo y señor de este cuerpo. Y ahora no puedo detener el poder recuperado de mi parásito. Aprieto al lenguado que se asoma desde mi boca con ambas manos y lo extirpo de un tirón.

Caigo. Estoy muerto. Sueño que me torturan, que me hacen comer ají, que me conectan a la corriente y soy un fusible que no se quema jamás. Claire no aparece ni por si acaso, juro que prefiero los sueños culposos, verla muerta una y mil veces, a esta agonía interminable.

Y despierto, tendido en el piso junto a un perro que me observa con atención. No sé cuánto tiempo ha pasado, el hambre es espantosa. Y el frío. Tengo la ropa sucia porque caí sobre la porquería del perro, y parece que también aporté algo a la mezcla.

Intento ponerme en pie, pero no puedo. Mil formas distintas de dolor caminan entre mis costillas. Veo mis manos y la piel está adherida a los huesos. ¿Cuánto tiempo llevo aquí, consumiéndome?

El parásito en el hocico del perro emerge, majestuoso. No es como el otro, ni siquiera se parece al baboso que vivía en mí y aún así sé que es él, mi viejo amigo. Sus dientes circulares giran y chasquean en reconocimiento.

Nuevos dolores en mis entrañas. Algo se rompe dentro de mí. El parásito tiembla de excitación, lo veo y por un segundo lo entiendo. Éste era su plan desde el principio. Baboso maricón.

Sus hijos salen por mi boca y nariz, pequeños lenguados tentaculares bañados en sangre que avanzan igual que las cuncunas, pequeñas y espantosas. Suben por las patas del perro y se esconden dentro de sus orejas.

Los dolores aumentan ahora, una nueva camada de criaturas emerge por cada orificio y sé que quedan muchas más por nacer.

Me concentro en Claire, en su cuerpo perfecto sobre el mío. En su cuerpo molido después del choque. En su sonrisa que me encandilaba siempre y el sabor exquisito de sus besos. Le hago el amor mientras la luz se apaga. Quiero sentirla entre mis brazos una última vez…

Cuento de zombies 💀 “La primera muerte”

Forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: niphree.

Estábamos hambrientos. Por entre las ventanas tapiadas del segundo piso mirábamos a los zombis deambulando, depredadores lentos y raquíticos en la última etapa de la infección, capaces de mutilarse a sí mismos con tal de tener algo que masticar. Los veíamos persiguiendo perros famélicos. Tuvimos un zombi vestido con terno sentado en nuestro antejardín toda una noche, meciéndose y canturreando una canción de moda de cuando yo tenía diez años. Eran personas como nosotros, incluso en ese estado patológico eran capaces de conectarse con alguna parte sobreviviente de sus recuerdos.

Hablábamos en susurros mientras planeábamos un asalto al supermercado. Papá no podía moverse con una pierna enyesada. Mamá era una inútil al borde de la catatonia. Las gemelas estaban fuera de la ecuación. Sólo quedaba yo, joven, sano y apetecible, el único capacitado para hacer la tarea.

Trazamos muchos planes y nos decidimos por el más simple. A primera hora de la mañana me preparé para salir, con mi traje de ciclista reforzado para evitar fracturas y mascadas, guantes y botas de milico que compré en la ropa usada, más el casco de motociclista que mi padre guardaba como único tesoro de su juventud, porque el mío se quebró la última vez que bajé de cabeza por unas escaleras cuando intentaba lucirme frente a unas minas del colegio. Me armé con un fierro pesado, la mochila a la espalda y desclavamos las tablas de la puerta de atrás. Mi bicicleta seguía tirada allí donde la dejé bajo el sol de la primavera el día que nos acuartelamos.

Me moví por un costado de la casa y eché a correr por la calle en mi bicicleta, esquivando vehículos atravesados y cuerpos mordisqueados. El olor a cadáver era nauseabundo y el sol arrojaba un primer rayo tímido por sobre la cordillera entre las nubes de moscas.

Encontré decenas de zombis moribundos en el camino, la mayoría apenas podían moverse, los dientes expuestos luego de comerse sus propios labios, rugiendo un alarido que les moría en la garganta seca cuando me veían y no podían alcanzar su desayuno. La enfermedad estaba matando sus cerebros lentamente y en el corto plazo se quedarían quietos, comatosos, y dejarían de respirar.

Pero también había zombis nuevos, incautos que durante la última semana salieron a buscar comida o que se dejaron engañar por un infectado que pedía auxilio. Esos recién zombificados todavía podían razonar, pero lentamente se dejaban llevar por el hambre. Algunos simplemente dejaban de luchar contra el deseo, sabiéndose muertos. Y esos eran los peores, rápidos, fuertes, despiadados. Aguardaban como animales de caza y salían de algún escondite para atraparme, corriendo detrás de mi bicicleta y rugiendo su frustración. Yo me perdía detrás de alguna curva, mirándolos sobre mi hombro mientras sus ojos desorbitados me rogaban por un trozo de carne fresca.

En diez minutos llegué a un supermercado grande que no alcanzó a ser totalmente saqueado, tal vez por la presencia de un zombi en su interior durante los primeros días de pánico. Las puertas estaban abiertas y había mercaderías esparcidas por todas partes. En algún rincón del local en penumbras sonaba una radio a pilas a toda potencia, sintonizada en una de las tantas radioemisoras que se conectaban en cadena para mantenernos informados. Todas emitían la misma grabación desde hace ocho días: los países en Europa y Asia estaban desolados, tal vez quedaran personas en localidades aisladas. El eco de esas noticias resonaba en mi cabeza como una pesadilla, en la casa dejamos de escucharla hace días.

Recorrí en bicicleta los pasillos desordenados, sabía dónde tenía que ir pero la mayoría de los pasadizos estaban obstruidos con estanterías o mercadería apilada o algún zombi caminando por la zona, incluso vi una anciana que empujaba un carro lleno de detergentes. Demasiado lentos para reaccionar ante mi presencia. Quizá el casco les impidiera reconocerme como comida. Llegué a la zona de las conservas que era un desastre, tal vez no lograra pasar en bicicleta entre las montañas de latas desperdigadas y un zombi que intentaba salir de debajo de ellas sin mucho entusiasmo.

Armado con el fierro me lancé y recogí tantas latas de atún como pude, mirando sobre mi hombro en todas direcciones cada cinco latidos de mi corazón desbocado. No me importó la marca ni el precio, aunque mamá esbozó que prefería las de Robinson Crusoe. Incluí algunas conservas de piña y frutillas para las gemelas, palmitos y varias latas con ravioles listos para mi cumpleaños, que sería la semana siguiente. No cabía nada más en la mochila y aunque hubiese podido meter más, mi cuerpo no habría aguantado el peso.

No había ningún zombi persiguiéndome, así que respiré tranquilo por un rato y recorrí con calma el resto del supermercado, no sé qué buscaba y hubiese querido llevarme todo para no tener que salir nunca más a buscar comida. Encontré un cartón de cigarrillos, mamá estaría muy contenta. Recogí dos muñecas nuevas para las gemelas y me alisté para partir, cuando lo oí.

Debajo del eco de la radio y su mensaje en loop, más bajo que los balbuceos de algunos zombis terminales, noté el llanto de un bebé. Fue un pequeño berreo, habría pasado inadvertido si no fuera por mi experiencia cuidando a las repetidas. La radio a todo volumen podía ser un distractor, los zombis llegarían hasta ella y se irían al no encontrar comida parlante. O podía ser una trampa. El bebé debía estar en otra parte. Seguí recorriendo el supermercado, ahí lo escuché otra vez y reconocí la dirección, hacia la panadería del local. Me acerqué sigiloso, el fierro en alto, y traté de abrir la puerta, pero estaba trancada.

—¿Alguien en casa? —pregunté en un susurro, lo suficiente fuerte para que me oyeran del otro lado. Oí al bebé que estaba allí dentro, gruñendo su descontento. Un bebé vivo y seguramente uno o más adultos con él. Papá me daría una paliza por lo que iba a decir, ay Dios—… Si no están infectados, tengo un refugio seguro y comida…

Oí movimiento. Me alejé de la puerta y esperé, mientras un zombi lento me miraba desde el final del pasillo de los cereales. La puerta se abrió y del otro lado se asomó una mujer sin labios y ojos desorbitados, cargando a un bebé pequeño de bracitos rosados, bien arropado y para nada desnutrido. Me puse en guardia, pero la mujer no hizo nada para atacarme. Dejó al bebé en el suelo y lo observó una vez más, acarició su carita con manos enguantadas en goma, me miró con los ojos que parecían furiosos y regresó a su escondite en la panadería, sin despegar la mirada del bebé.

El zombi de los cereales avanzaba por el pasillo mirando el tentempié en el suelo. Recogí al bebé y me alejé pedaleando, oyendo los sollozos ahogados de la mujer y la protesta del zombi. Podía viajar en la bicicleta con el pequeño en un brazo y sostener el manubrio y el fierro protector en la otra, sería lento pero no imposible. Recogí un gran puñado de bolsas y las metí en otra bolsa grande junto con un tarro de leche en polvo. Ya no podía perder más el tiempo.

El camino de regreso fue terrible. Seguí la misma ruta por la que venía y eso fue un tremendo error. Los zombis depredadores me esperaban, uno alcanzó la rueda trasera con su pierna y me botó de la bicicleta. Caí de espaldas sobre la mochila, el bebé comenzó a llorar y eso llamó la atención del zombi más que cualquier otra cosa. Se lanzó sobre mí y lo recibí con las piernas flectadas, mordió mi pantorrilla por un lado de la canillera y lo empujé a un costado. Con el fierro en mi mano libre le di en el cuello antes que se levantara, su cuerpo saltaba del suelo con espasmos de epiléptico, pero ya no intentó atacarme. A lo lejos vi otros depredadores que corrían a todo pulmón.

La pantorrilla me dolía demasiado, pero no podía quedarme allí. Subí a mi bicicleta y terminé la ruta llorando por el dolor muscular. No había zombis cerca de mi casa, sino vecinos que intentaban robarme lo que traía en la mochila. Los reconocí, alguna vez tomé onces en sus casas, jugué con sus hijos, pololié con sus hijas, asistí a fiestas y cumpleaños. Pero en una situación como ésta no había espacio para la caridad, que Dios me perdone.

Dejé la bicicleta en el antejardín y entré a mi casa, perseguido por una horda de personas hambrientas. Papá trancó la puerta y a pesar de su fractura, se las ingenió para clavarla rápidamente antes que los vecinos lograran entrar. Hasta los amenazó con pincharles los ojos con el mismo cuchillo que pinchaba a los zombis.

Saber que personas sanas podían hacer más daño que un zombi me tenía con pesadillas desde el principio, lo vimos cuando mi padre regreso fracturado. Ahora los vecinos gritaban que les ayudáramos, pero en sus miradas veíamos el instinto criminal de alguien que no quiere morir. Al poco rato se dieron por vencidos, cuando varios zombis depredadores aparecieron por la calle alertados con el alboroto.

Mamá estaba boquiabierta por la sorpresa que traía en mis brazos.

—¿No que querías un nieto? —pregunté. Las gemelas estaban fascinadas, ni les importó que les trajera muñecas nuevas o piñas en conserva. Papá gruñía con el ceño fruncido, tal vez pensando en la boca extra que alimentar, pero no parecía del todo descontento. Un bebé en el hogar, un sobreviviente. Un niño varón de sexo masculino. Conté la historia con lujo de detalles, de la madre zombi que no se comió a su hijo, y dejé para el final lo peor.

—Tengo una mordida.

La alharaca que hicieron… Sabíamos que de estar infectado, no se manifestaría de inmediato. Aún así la noticia era un golpe para la familia y mamá rápidamente se llevó a las niñas al segundo piso. Revisamos mi herida, la marca de los dientes era impresionante, amoratada, pero no había sangre. En teoría no estaba infectado, pero eso no se podía saber todavía. Así que establecimos una cuarentena para mí, preparándonos para lo peor. Papá no quería, mamá casi ni me miraba, las gemelas tenían los ojos llorosos y se escabullían para abrazarme pero yo no las dejaba.

Nos dimos un banquete, ravioles con atún. Mamá sazonó el de las niñas con pan rallado. En silencio me dije que era mi fiesta de cumpleaños adelantada y me aguanté de llorar. Quería decir algún chiste, una típica broma de zombis en la mesa, pero no se me ocurrió ninguno. Mamá intentaba no mirarme con sospecha, pero cada vez que me movía ella saltaba espantada. Era mi funeral. Y sentía la boca rara, en pocas horas ya tenía la saliva espesa y sabor metálico en la lengua. Era indiscutible, estaba infectado.

Pensé en salir de la casa y esperar mi suerte en la calle. Sería lo mejor para la familia y para mí. Pero Papá intuyó mis intenciones y me lo prohibió blandiendo un cuchillo, como si sirviera de algo. No estaba dispuesto a perder otro miembro de la familia, me recordó a mis tíos que vivían a diez cuadras, cuando los vimos pasar por fuera con las dentaduras expuestas y los antebrazos masticados. No teníamos más noticia de otros parientes y bien podían estar todos muertos. Si tenía que amarrarme a la cama, lo haría. Accidentado como estaba seguía siendo más grande y más fuerte que yo.

Le hice caso, pero sin ninguna esperanza. Él insistía en que en alguna parte alguien estaba trabajando en una cura. Yo intuía lo contrario.

Esa noche la pasé en mi habitación sin dormir. En algún momento de la madrugada tuve que orinar por una rendija de la ventana, porque la puerta permanecía trancada. Tomé un cuaderno y mi linterna con dínamo y escribí la experiencia, con la esperanza que las gemelas me recordaran como el hermano que las amó y no como el monstruo que quizá se las habría comido si pudiera. La expresión de la madre del bebé rescatado me decía que sí era posible luchar contra la enfermedad, por lo menos en las primeras etapas.

El día que siguió fue soleado y fresco, pero nadie podía sacarse la cara de culo. Ni siquiera la risa del bebé nos quitaba de la cabeza que había un muerto caminando dentro de la casa, una bomba de tiempo. Hicimos los preparativos, la logia era un lugar bastante seguro, con muros sólidos y puerta de metal. Con el colchón inflable del camping ocupando todo el espacio disponible. Papá podía pasarme agua y comida por una ventana pequeña que daba a la cocina. Yo hacía mis necesidades líquidas en un lavamanos y depositaba la caca en bolsas de supermercado.

Me llevé todos los libros de la casa, las lecturas infantiles de las niñas y los tratados sociológicos sesudos de mi madre. Papá no tenía libros, con suerte leía los textos en la pantalla del televisor. Según yo éstas serían unas típicas vacaciones de adinerado que dice que va a mochilear a Europa pero en realidad se interna en una clínica para adictos e intoxicados. Y los libros serían mi conexión con el mundo real. Cuando ya no pudiera razonar con las páginas, sería momento de usar el cuchillo que escondí debajo de la secadora de ropa.

Intenté relajarme. Las gemelas se sentaban a jugar junto a la puerta y me hacían preguntas, yo no les contestaba o les gruñía que me dejaran tranquilo, no quería que sufrieran, pero ellas me ignoraban y seguían hablando cosas de niñas, mezclando realidad con ficción en la aventuras de sus nuevas muñecas, Barbie Zombi Buena y Barbie Angelical sin Aureola.

El primer día fue aburrido. Por más que intenté leer, no lograba atender a lo que leía. Durante un periodo muy corto imaginé que en realidad tenía una gripe mal cuidada, pero luego imaginaba que estaba a punto de convertirme en antropófago y que faltaba poco para que me comiera mis propios labios. No tenía hambre, sólo sequedad extrema y picazón en las palmas de las manos. Mi piel palideció y para la hora de la cena, tenía las uñas moradas y los ojos hundidos.

Esa noche tuve pesadillas. La comida se revolvía en mi estómago, vomité cada bocado, un vómito espeso y sanguinolento. Dormí a saltos, despertaba ansioso, tenía unas ganas tremendas de salir, de gritar, pero me contuve dando de cabezazos contra el suelo.

A la mañana siguiente comenzó la ansiedad extrema. Mis pupilas se dilataron al máximo, los colores se veían irreales, como teñidos por un arcoiris constante. Papá venía a hablarme, a contar sus historias de milico con fusil y corvo, o a relatar otra vez el día que nací. Quería que se callara pero no podía hacerle eso, no a él. Así que lo dejé que recapitulara toda su vida, hasta que llegó la hora de los zombis.

La primera noticia del inicio de la epidemia fue una nota en un periódico sensacionalista. “Los zombis atacan”, decía el pequeño titular acerca de una anciana que se alimentaba de murciélagos en la selva amazónica y que mordió a un turista que luego tuvo un extraño caso de rabia. Una semana después el mundo entero estaba en cuarentena, en un estado de conmoción que sólo crecía. Nadie podía salir de sus hogares, si tenía hambre o sed y no quedaban alimentos ni agua potable, tenía que salir a saquear un supermercado o la casa del vecino. Oíamos disparos en todo momento.

Los zombis merodeaban en cada rincón de la ciudad, millones de ellos deambulando por las zonas pobladas, los patios y las habitaciones de las casas abandonadas, buscando algún hueso que roer. Tragaban todo lo que podían sin saciar jamás su hambre, la mayoría morían intoxicados o con un hueso atravesado en la garganta. Los zombis representaban eran un peligro para sí mismos, pero a nadie le importaba.

Mi padre con su entrenamiento del servicio militar durante los años en que estuvimos a punto de ir a guerra con Argentina, y su panza de camionero bueno para la parrillada que según él era una reserva para tiempos como éste, se fracturó la pierna derecha durante los saqueos al supermercado del barrio antes que lo incendiaran sus propios dueños. Alcanzó a que lo atendieran en una ambulancia precaria antes que se decretara el estado de sitio. Desde entonces traía un yeso lleno de dibujos e historias de princesas y descansaba su robustez en el sillón del living, con varios cuchillos a mano y algunos palos y fierros en caso que algún zombi intentara colarse.

Mamá parecía un cadáver ambulante y si alguien la hubiera visto por la calle habrían escapado en el acto o le habrían dado un tiro en la cabeza. No le quedaban fuerzas para gritar y tenía ojeras hinchadas y la piel pálida. Teníamos que obligarla a comer, mis hermanas hacían el juego del avión y a veces funcionaba, otras veces rompía en llanto o simplemente nos gritaba sin decir nada.

Mis hermanas eran unas princesas gemelas de cabellera larga castaña y ojos inquisidores, que se peinaban y maquillaban frente a un trozo de espejo y jugaban a que sus muñecas eran heroínas aniquiladoras de muertos vivientes, ahora Barbie Slayer y Barbie Motosierra.

Yo me la pasaba mirando el techo de mi habitación, o recordando canciones y escribiéndolas en mis cuadernos del colegio, o jugando con las gemelas, o ayudando a Mamá en lo que pidiera, que no era mucho, o encargándome de la mierda que dejábamos el bolsas de supermercado que ya comenzaban a acabarse.

En la casa sólo quedaba arroz. Las latas de atún y jurel se acabaron. Nos tomamos el aceite a sorbos. Mamá encontró una bolsa sellada con pan rallado, para las niñas cuando ya no quedara nada. Y el arroz se terminó a la tercera semana de acuartelamiento. Las gemelas ya no preguntaban qué había para comer, porque conocían la respuesta. Sin luz ni agua potable, estábamos perdidos. Así se nos ocurrió que alguien tenía que salir a asaltar un supermercado. Encontré una guagua y me mordió un zombi. Y aquí estoy, encerrado, escuchando historias añejas de combates que no fueron tan fascinantes como las relatan.

Al caer la noche me sentía espeso. No sé cómo describirlo, era similar a la sensación que queda después de haber pasado todo el día en la piscina, pero sin frío. Lentamente perdí la sensación de tacto en las manos y luego en casi todo el cuerpo, era como estar anestesiado, algo se siente pero no está claro qué.

No podía cerrar los ojos por más de cinco segundos. Ni hablar de dormir. Mi cabeza corría a mil kilómetros por hora, no podía concentrarme en nada pero sí podía pensar varios temas al mismo tiempo, las ecuaciones en los libros de matemática se resolvían solas, los recuerdos de mi vida entera tenían calidad de DVD. Creo que eso fue lo único positivo, la sensación cierta de ser más inteligente, aunque durara apenas un día. No servía de nada ser inteligente si en poco tiempo sería un troll.

Ya no escuchaba a Papá ni a las chicas. Me dediqué a gemir. Creo que me sentía mal, pero no sentía nada, no lo recuerdo. Todo se volvió difuso. Ya no recibía la comida que me ofrecían por la ventana, no tenía ningún interés, no sentía olores ni sabores. No sabía si era de día o de noche.

Comencé a mordisquearme los labios, levemente al principio, como en la época de exámenes cuando terminaba con heridas nerviosas. Y en cosa de pocas horas me los estaba mordiendo de verdad, con fuerza, sin sentir dolor. Miraba mis manos ensangrentadas, las lamía, un extraño sabor impregnaba mis papilas gustativas. No era delicioso, ni siquiera sé cómo describirlo, pero me tenía desesperado. Era el sabor de mi propia carne. Y lo disfruté.

Y así acabé como cuaquier zombi, sin labios, gimiendo mi vergüenza. No sangré demasiado, las heridas de mi boca cicatrizaron casi de inmediato. Entonces recordé el cuchillo. Lo busqué y no estaba. Enloquecí, di vuelta todo, mis fuerzas me abandonaban pero aún así me las ingenié para hacer pedazos el colchón inflable.

Papá me observaba desde la ventana, sus ojos llenos de lágrimas, pero firme. Alguien le hablaba y él respondía. Yo entendía perfectamente, pero es como si los significados hubiesen dejado de ser importantes. Sabía que en pocos días sería un imbécil. Y en algunas semanas estaría muerto. No me quedaba orgullo, no sin mis labios.

Me comí la lengua hasta donde era posible. Ya pensaba en comerme la carne de la palma de mis manos, debajo de mis pulgares, cuando Papá abrió la puerta.

—De pie —me dijo y sentí un pánico asfixiante. No por miedo a que me hiciera algo, sino por terror a que yo intentara hacerle algo a él, a mi padre, a mis hermanas… Las gemelas estaban detrás de él y fue como si me ofrecieran agua en el desierto. Me vi masticando sus rostros pequeños. Viví la experiencia incluso sin hacerlo, una y otra vez, y deseé morir de inmediato, que me mataran o tendría que matarlos yo. En qué estarían pensando al entrar así a la celda de un zombi hambriento.

—Extiende tu mano —dijo Papa con su voz marcial. Cuando niño le temía. Ya de grande me importaba una raja, pero sabía que si le desobedecía recibiría una palmada de su mano pesada como un ladrillo. Algo de eso me hizo obedecer, porque mucha razón no me quedaba a esa altura, no con las gemelas allí. Las miré una vez más… y sonreían. Extendí mi mano y recibí mi obsequio de cumpleaños.

Arañas. Arañas vivas, pero les habían cortado las patas.

—Haz que te piquen —dijo Papá. Creo que me pasé demasiados segundos mirándolo, perplejo. Si de verdad quería que muriera, ésa iba a ser una muerte lenta—. ¡Hazlo! Por favor, confía en nosotros.

Las gemelas sonreían. Papá no tenía ni una pizca de miedo, confiaba plenamente en mí. En su hijo zombi. Apreté las arañas contra mi antebrazo, supongo que me picaron porque inmediatamente sentí un cosquilleo. Nos quedamos así, observándonos mutuamente por no sé cuánto tiempo. Tal vez esperaban que dijera algo, pero no podía, no sin labios ni lengua. Pasó un minuto, luego otro, y seguíamos mirándonos.

—¿Ya no nos quieres comer? —preguntó Papá y fue como si me echaran un balde de agua helada encima. En mi antebrazo se dibujaba una roncha ennegrecida y a su alrededor la sensibilidad regresaba con un cosquilleo agradable. Miré las arañas machucadas y me las eché a la boca. Creo que reí, mi cerebro comenzaba a reaccionar como si despertara después de una noche de juerga descomunal. Volvía a ser yo, minuto tras minuto dejaba de ser un zombi.

Abracé a Papá y de verdad no quise morderlo. Estaba tan feliz… me agaché para abrazar a las repetidas y vi sus sonrisas, sin labios. Mis princesas, convertidas en zombis. Todavía se veía en sus bracitos las marcas que dejaron las cuerdas con las que las amarraron a sus camas. Me abrazaron, me mostraron sus lenguas, al menos algo no se había perdido, y rieron. Sus risas eran como campanas de Navidad.

Papá y las gemelas me condujeron a la sala. Allí Mamá, sin labios la pobre, ni siquiera para fumar, mecía al bebé, una criatura delgada, casi cadavérica, que tomaba leche de su mamadera.

—Él nos contagió —dijo Papá sin una pizca de rencor. Lo miré, alto y fornido como siempre, ahora sin su panza de camionero y apenas cojeaba. Tenía las pupilas dilatadas del infectado pero mantenía sus labios intactos. De hecho estaba más delgado y se veía como el Rambo que recuerdo de niño.

Quise preguntar cómo se dieron cuenta. Hice la mímica, una araña caminando sobre la cabeza de las gemelas. Y Papá sólo apuntó a la radio a pilas, destartalada pero aún funcionando, ahora con el volumen bajo para no despertar al bebé.

—…arañas de rincón, la toxina de su picadura ha demostrado tener una eficacia casi inmediata contra los efectos del virus. Puede encontrarlas en lugares oscuros, entre medio de cachureos en el patio, debajo de la cama y detrás del armario, donde sea que guarde cosas que no ha movido durante años, allí están. Basta con la picada de una sola… ¡La cura existe! Y es algo tan simple como las arañas de rincón, la toxina de su picadura…

Nos pusimos a saltar en la sala y despertamos al bebé. Pobre criatura afortunada.

Pasarían varias semanas antes que pudiéramos salir a la calle. La picada de una araña nos daba suficiente toxina para una semana y éramos una familia grande. La piel al rededor de la picadura se caía como cera y teníamos que hacer curaciones diarias, pero sanábamos pronto, demasiado rápido. Papá comenzó a hablar del uso militar del virus zombi, que ahora todo tenía sentido.

Salimos a cazar arañas al patio y las casas deshabitadas de los alrededores, hasta nos vimos obligados a pelear con algunos zombis, de los pocos que quedaban. La situación nos parecía casi ridícula, nos sentíamos poderosos, invencibles. No podían contagiarnos porque ya estábamos contagiados. Éramos más rápidos y más inteligentes. Después de un mes encerrados, rodeados de muerte y miseria, era natural que nos sintiéramos eufóricos.

Nuestros vecinos nos temían. Cómo no. Nosotros hacíamos un gesto de pulgares en alto y rogábamos a Dios por que no hubiera ningún chiflado con una escopeta. Con Papá salíamos en bicicleta, su pierna ya estaba curada y el ejercicio le hacía bien. Recorríamos el barrio en busca de víveres y arañas. De paso aniquilábamos a los zombis terminales, ya intentamos una vez recuperar a uno con picadas de araña, pero el resultado fue penoso, el pobre estaba mejor muerto. Un fuerte golpe en la nuca o en la tráquea era suficiente, era lo más piadoso que podíamos hacer por ellos. Y cuando nos perseguía algún zombi vigoroso, le lanzábamos encima una red de tenis y lo inmovilizábamos en el piso para darle una dosis de arañas. Apenas veíamos una mejora lo dejábamos con su estupefacción e instrucciones para que buscara sus propios bichos.

Ése fue el comienzo de los mejores años de mi vida.

Cuento de fantasía ♕ el precio

Esta historia se publicó originalmente en Fantasía Austral

Ilustración: fan-art de Guild Wars.

El príncipe Rem despierta en su lecho iluminado por el sol del amanecer y ve con un sobresalto que un monstruo le aguarda, enorme, metálico y reluciente. Una armadura recién pulida erguida a los pies de su cama.

—¡Sórem! —clama el príncipe enfurecido, sentado en el borde del camastro a la espera que su sirviente aparezca al trote. Pero éste sólo asoma el rostro desde la lejana puerta de la habitación.

El monstruo plateado cobra vida, da un paso hacia la entrada y el sirviente desaparece de inmediato.

—No podemos entrar, príncipe Rem —dice Sórem desde el exterior—. El autómata no lo permite…

—¿Y quién me ayudará a vestir entonces? —grita Rem. El monstruo regresa a su posición original, alto como todo autómata guerrero, cubierto de púas afiladas aún lustrosas sobre sus hombros y casco.

—El Rey ordenó que nadie se acerque a usted mientras el autómata esté a su lado, su majestad.

¡Absurdo!, piensa Rem y dedica algunos segundos extra para contemplar al monstruo, que parece mirarle desde detrás de la máscara inexpresiva. Si son órdenes del Rey, entonces se trata de otra prueba de ética o de coraje. Completamente absurdo…

Pasan los minutos y nadie entra para atenderle. Rem se traga el orgullo y suspira resignado, recordando las anteriores pruebas impuestas por su padre. Algunas tan ridículas como ésta, otras intrincadas aunque obvias, como el cuidado de un cachorro imperial…

Mira en todas direcciones con un nudo formándose en su garganta.

—¿Dónde está Fifo? —pregunta y no recibe respuesta—. ¡Dónde está mi perro!

Sólo obtiene silencio y la sospecha se asienta en la base de su estómago, produciéndole un dolor intenso.

Rem desciende de la cama y recorre la habitación hasta el amplio armario. Se coloca un traje liviano de verano y calza las sandalias de hilo que tejió su madre para su último cumpleaños. Y en todo momento el autómata le sigue de cerca con pisadas silenciosas, manteniendo una distancia prudente.

—Vamos —dice el príncipe Rem cuando acaba de vestirse. El ser de metal llega a la puerta en dos zancadas, la abre sin delicadeza y sale de la habitación, provocando los gritos desesperados de los sirvientes que aguardan afuera.

El largo pasillo está vacío y silencioso. Sólo el monstruo espera erguido a un lado de la puerta, una máquina de guerra capaz de convertir un cuerpo humano en jirones sólo con sus manos.

—Llévame con mi padre —dice Rem mirando hacia arriba a la máscara del monstruo, tan alta que no podría alcanzarla con sus brazos extendidos—. Llévame con el Rey.

El autómata ahora avanza con paso firme y Rem le sigue de cerca. A ratos la criatura de metal se detiene a esperarle. Avanzan por el castillo frío, vacío y silencioso, que a esta hora de la mañana debería bullir de sirvientes preparándose para un nuevo día. Descienden por la escalera circular que accede a los calabozos y siguen descendiendo hacia territorios inexplorados, prohibidos para el príncipe y para casi todos los súbditos del Rey, hasta una puerta custodiada por dos autómatas oxidados que se apartan apenas les ven llegar.

La puerta está abierta y desde su interior en tinieblas emergen olores y sonidos que ponen la piel de gallina, sangre y gemidos mezclados como un mismo horror. Rem está aterrado, siente que el frío se apodera de sus piernas y manos y ya no quiere entrar, pero el monstruo parece invitarle con un movimiento de sus brazos metálicos, que se balancean levemente a los lados de su cuerpo.

—Adelante —dice una voz en el interior. Rem la reconoce de inmediato, es el Rey.

El príncipe avanza y el monstruo no le sigue, permanece de pie custodiando la entrada con los brazos abiertos y las piernas separadas.

La habitación lentamente se ilumina con lámparas de gas y Rem ahoga un grito, repirando vapor en este ambiente gélido. En los muros aguardan decenas de perros encerrados en jaulas, gimiendo y debatiéndose sin esperanza, apilados unos sobre otros. Y en una gran piscina en el centro de la habitación, con aguas que relucen en tonos de verde pálido, flotan las cabezas de otras criaturas decapitadas. Rem se acerca a mirarlas y descubre con horror que éstas aún se mueven.

—Así es, hijo —dice el Rey desde el fondo de la habitación, de pie junto a otro hombre encorvado, el brujo imperial cubierto con harapos hasta la cabeza, que da machetazos a un animal sobre una gran mesa y luego arroja la cabeza a la piscina. Rem sabía de su existencia, pero hoy es primera vez que lo ve—. Al principio usábamos a nuestros hombres caídos en batalla y nos servían bien, pero con el paso de los años se volvían rebeldes, regresaban a sus hogares y algunos, al descubrir que sus familias los daban por muertos y aún así vivían felices, cometían horribles crímenes.

—¿Por qué Fifo? —dice Rem y el llanto asoma a su rostro. Avanza hacia el Rey y se queda a un paso de distancia, mirándolo hacia arriba con sus ojos llenos de lágrimas.

—¡No soy tu madre! No esperes un abrazo de compasión —dice el Rey con la frialdad propia de un monarca. Pero Rem nota en su rostro algo distinto, un dolor antiguo filtrándose en su gesto de piedra.

Rem retrocede y se queda mirando al brujo, que carga el cuerpo tembloroso de otro animal a la mesa, un cachorro apenas, con las orejas pegadas al cráneo y moviendo la cola, sumiso y tal vez con algo de esperanza, confiando fielmente en su amo.

—¡Detente, esto es cruel! —grita Rem y se arroja contra el brujo, sintiendo el metal debajo de los harapos. Retrocede y grita fuerte, expulsando toda su rabia y pena en forma de una nube de vapor condensado.

El monstruo que esperaba en la puerta se acerca corriendo hasta su lado. El brujo continúa con su trabajo y corta la cabeza del animal, que no alcanza a gemir. Un golpe firme y certero. La cabeza es lanzada a la piscina y el cuerpo con espasmos cae fuera de la mesa, sobre un lote de animales inertes, aún tibios.

—Ellos nos aman —dice el Rey, acercándose al monstruo de pie junto al príncipe, sin temor—. Ellos jamás nos traicionarán. Ellos darán todo por obedecernos. Los criamos con este propósito y no existe otra razón para su existencia…

—Jura que no sienten dolor —dice Rem en un susurro enfurecido, dirigiéndose al Rey como si se dirigiera a un desconocido—. Júralo padre, y no objetaré nada más.

El Rey no responde de inmediato. Mira a su hijo y la misma expresión de antes, tensa y culposa, asoma en sus ojos negros.

—El dolor es lo que les da energía —dice el monarca desviando la mirada—. En sus vidas todo lo que queda es dolor y obediencia. Y al cabo de un año les damos paz… No soy insensible a su dolor, hijo. Siento más compasión por ellos que por nuestros súbditos y sus familias… ¿Qué clase de Rey puede desear la felicidad de su perro por sobre la seguridad del reino y su gente?

Rem oculta el rostro entre sus manos entumecidas. Un nuevo animal es depositado sobre la mesa, su cabeza separada del cuerpo. El Rey camina fuera de la habitación y se detiene en la puerta.

—Un día tú reinarás, Rem. Un día tomarás decisiones espantosas, como ésta que debí tomar muchos años antes de conocer el amor de tu difunta madre. Un día despertarás en tu lecho sabiendo que tu alma y tu culpa se han fundido en una sola, y sentirás que no mereces ser feliz. Ése soy yo, hijo. Ése serás tú. Ése… es el precio de ser Rey.

Rem se queda solo en la habitación mirando al brujo imperial, otro autómata cuyo único objetivo es decapitar perros y reunir suficientes cabezas para los nuevos monstruos que mantendrán la paz en el reino, movido por la conciencia de una cabeza humana, la cabeza del que alguna vez fuera un sabio y poderoso Rey.

Aún llorando, acerca una caja al autómata reluciente que le hace compañía y queda a la altura de su máscara inexpresiva. La desprende sin esfuerzo, pues las piezas que deben mantenerla en su lugar aún no han sido instaladas. Y dentro encuentra la cabeza mutilada de Fifo, su perro guardián, el que ahuyentaba a sus sirvientes cada mañana, el que dormía a los pies de su cama. Ahora sin mandíbula ni nariz, sujetado por una estaca que penetra el cráneo hasta su cerebro, sus ojos con el mismo brillo verde de la piscina aún expresan el cariño que le profesaba todos los días.

Rem acaricia las orejas del animal con sus dos manos y el monstruo de metal mueve sus brazos en un balanceo involuntario, cerrando los ojos vidriosos.

—Mi Fifo, mi pobre Fifo…

Arranca la cabeza de su soporte con un fuerte tirón. El monstruo de metal ahora inerte, cae de espaldas con un estruendo mientras la cabeza de Fifo en sus manos parpadea y mira en todas direcciones. Rem se sienta en la caja y aguarda hasta que esos ojos dejan de brillar, acariciándolo y canturreando una melodía infantil. Sigue allí por largos minutos sin que nadie vaya a buscarle, seguro de que su mascota está realmente muerta.

Deja la cabeza inerte de Fifo junto con el resto de los cadáveres detrás de la mesa y se marcha, secando sus lágrimas por última vez. En todo el tiempo que estuvo allí, cayeron veinte nuevas cabezas en la piscina.

Cuento de zombies 💀 el café de media tarde

Este cuento fue publicado en la colección En la Sangre y forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: J. Antonio Marchán

Bajamos al Starbucks que está en la esquina de en frente, anhelando los placeres que promueve el olor del café a esa hora de la tarde en que la modorra se instala sobre nuestras cejas. Es un rito diario que no queremos eludir. Y aprovechamos de escapar del horno abrumador al que nos someten los ancianos friolentos del piso, que se la pasan con el aire acondicionado a 28 grados Celsius mientras los jóvenes nos freímos en nuestra propia manteca.

Cruzamos la calle y Armando ríe de un chiste que todavía no logra contar completo, Magnolia empolva su nariz y yo acomodo la mascarilla bajo mi nariz para ocultar esta sonrisa permanente. Es más un gesto de buena educación que una obligación sanitaria, todavía hay gente que se espanta.

Fuera del local un indigente nos observa pasar con sus ojos desorbitados y la boca sin labios, abierta y jadeante. El hombre huele mal, a meados y pelo quemado, y parece que no se cambia esa ropa desde hace meses. Hago que mis compañeros de oficina entren primero al Starbucks, sin perder de vista al sujeto y cierro la puerta de vidrio a mis espaldas.

El pordiosero nos persigue con su mirada ansiosa hasta que una ejecutiva de minifalda y tacón pasa frente al local y le hace perder su interés en nosotros.

—Hay un hambriento ahí afuera —digo y veo de reojo a varios tipos de piel gris en el interior del local con sus mascarillas abajo, bebiendo despreocupados sus cafés con ayuda de bombillas. Me miran un segundo, se encogen de hombros y siguen en sus conversaciones llenas de chasquidos y gorjeos.

—Ya llamamos al escuadrón hace cinco minutos —dice una chica regordeta y sonriente detrás del mostrador—. ¿Qué desea beber hoy, don Samuel?

¿Ella sabe mi nombre? Por más que lo intento no puedo recordar el suyo… Lo tiene anotado en una chapita sobre su corazón. Amanda.

—Hola Amanda, quiero un cortado grande y agrega chips de chicharrón, por favor.

La joven asiente y completa mi pedido en su terminal. Armando, que sigue riendo de su chiste inconcluso, pide un mocaccino y Magnolia un chocolate con crema, mirando cada cinco segundos sobre su hombro al indigente que ahora nos observa desde el ventanal, con su boca horrenda pegada contra el vidrio que le hace parecer una lamprea con mal aseo.

—Su cara me es conocida —dice ella entornando los ojos—. Si lo imagino con labios y sin barba, se parece a Mario Sparrow.

—¿El que descubrió la cura? —dice Armando acercándose al ventanal, indiferente al peligro—. El pobre ya se había comido a su esposa cuando descubrió la solución al problema. Por suerte no alcanzó a comerse al niño…

—Le comió un brazo —dice Magnolia, contrariada—. Y así y todo le dieron el Nobel, no digo que no lo mereciera, pero el tipo atendía una ferretería. El hijo lo demandó y eso quedó en nada después de la amnistía.

—Hay un rumor que dice que fue él quien inventó el virus —digo y todos en el local me miran—, aunque es sólo un rumor. También dicen que alguien tuvo sexo con un cadáver… cosas que inventa la gente.

Armando regresa al mesón cuando llega su café. Magnolia recibe el suyo y yo me quito la mascarilla para saborear el mío. Pido una bombilla y un babero, porque no importa cuánto cuidado ponga en tragar, siempre se cae algo.

—Este tipo parece que está en la etapa cuatro —comenta alguien a nuestra espalda, refiriéndose al indigente que camina hacia la puerta del local—. ¿Lo dejamos entrar?

Es obvio lo que va a ocurrir. Si realmente está en la etapa cuatro de la infección, ya perdió su capacidad de controlar el hambre y pronto saltará sobre cualquiera. La toxina liberada por el virus en su cerebro excede el límite y si no se le trata pronto, sus células gliares morirán, en algunas semanas todo su sistema nervioso correrá la misma suerte y en el intertanto atacará cualquier cosa viva para saciar un hambre que no puede ser saciada.

Voy hacia la puerta y en vez de trancar el pestillo, la abro y le entrego mi café. Los trozos de cadáver humano fritos, importados desde China o quizá de la India, esparcidos sobre la crema igual que los chips de chocolate, inmediatamente llaman su atención. Me mira, recibe el café y comienza a engullir, perdiendo más de la mitad del brebaje que se escurre por su pecho.

—Bien pensado —dice la misma persona que nos alertara antes. Le miro y veo a nuestro jefe, Máximo Zañartu, tan alto como yo, de ojos hundidos en un rostro gris marcado por cicatrices de rasguños.

A diferencia de muchos de los que sucumbimos a la infección, él mantiene sus labios intactos. En la desesperación de la primera hambre durante la epidemia, prefirió comerse el exceso de pellejo y grasa que le colgaba del estómago antes que perder la capacidad de besar a su mujer, un romántico incluso en el atardecer del Apocalipsis. Su familia le acompañó a pesar de todo, incluso su esposa estuvo dispuesta a donarle los meñiques cuando se acabara el pellejo, pero no fue necesario. Sparrow había encontrado la solución luego que intentara suicidarse con picadas de arañas que deambulaban en su ferretería. La neurotoxina, en vez de matarle, actuó sobre su sistema nervioso contrarrestando la propia toxina del virus, le devolvió la cordura y disminuyó su hambre. La noticia se difundió en menos de un día, aunque la cura no llegó a tiempo a algunos rincones del planeta donde no tienen el mismo tipo de arañas ponzoñosas.

—Hola jefecito —digo y estrecho su mano. Me coloco la mascarilla y hago un gesto a Magnolia y Armando para que se acerquen.

—Déjame que te invite una crema de médula, debes estar hambriento —bromea Máximo y todos reímos. Es el jefe—. Escuché lo que decían antes. No se parece en nada a Sparrow, él se suicidó hace años. Míralo, recogiendo lo que cayó al suelo. Pasar hambre es una sensación tremenda, seas un hambriento o no. Y él parece que no recibe su vacuna desde hace un buen rato.

En ese momento llega un furgón blindado frente al Starbucks. Se abren sus compuertas a un costado y descienden dos grises corpulentos, cubiertos con armaduras y portando varas electrificadas.

El ingente los ve y el pánico se plasma en su rostro sin labios. Levanta las manos y se acerca al vehículo voluntariamente, sube y se sienta. Un enfermero, también vestido con armadura, le toma una muestra de sangre con un pinchazo de un dedo y la analiza en la computadora. En menos de un minuto se quita el casco y le da una palmada al indigente en el brazo, sonriendo. Lo despide con una barra de carne seca y manteca.

—Me siento culpable —digo y es la verdad—. Pensé que nos quería comer.

Armando se ríe de mí, estoy seguro que reirá por horas. Y Magnolia ajusta su escote, sonriendo siempre con ese gesto somnoliento que usa para conquistar. Máximo le sonríe de vuelta y desde mi lugar privilegiado veo que hace girar la argolla de matrimonio en su dedo.

Salimos los cuatro del local. El pordiosero me mira con sus ojos de huevo duro y hace un gesto con la mano mientras mastica lentamente su premio. Le devuelvo el gesto y me marcho cabizbajo, paladeando la crema de médula que me invitó el jefe.
Es el producto más caro.