Cuento de fantasía ♕ el precio

Esta historia se publicó originalmente en Fantasía Austral

Ilustración: fan-art de Guild Wars.

El príncipe Rem despierta en su lecho iluminado por el sol del amanecer y ve con un sobresalto que un monstruo le aguarda, enorme, metálico y reluciente. Una armadura recién pulida erguida a los pies de su cama.

—¡Sórem! —clama el príncipe enfurecido, sentado en el borde del camastro a la espera que su sirviente aparezca al trote. Pero éste sólo asoma el rostro desde la lejana puerta de la habitación.

El monstruo plateado cobra vida, da un paso hacia la entrada y el sirviente desaparece de inmediato.

—No podemos entrar, príncipe Rem —dice Sórem desde el exterior—. El autómata no lo permite…

—¿Y quién me ayudará a vestir entonces? —grita Rem. El monstruo regresa a su posición original, alto como todo autómata guerrero, cubierto de púas afiladas aún lustrosas sobre sus hombros y casco.

—El Rey ordenó que nadie se acerque a usted mientras el autómata esté a su lado, su majestad.

¡Absurdo!, piensa Rem y dedica algunos segundos extra para contemplar al monstruo, que parece mirarle desde detrás de la máscara inexpresiva. Si son órdenes del Rey, entonces se trata de otra prueba de ética o de coraje. Completamente absurdo…

Pasan los minutos y nadie entra para atenderle. Rem se traga el orgullo y suspira resignado, recordando las anteriores pruebas impuestas por su padre. Algunas tan ridículas como ésta, otras intrincadas aunque obvias, como el cuidado de un cachorro imperial…

Mira en todas direcciones con un nudo formándose en su garganta.

—¿Dónde está Fifo? —pregunta y no recibe respuesta—. ¡Dónde está mi perro!

Sólo obtiene silencio y la sospecha se asienta en la base de su estómago, produciéndole un dolor intenso.

Rem desciende de la cama y recorre la habitación hasta el amplio armario. Se coloca un traje liviano de verano y calza las sandalias de hilo que tejió su madre para su último cumpleaños. Y en todo momento el autómata le sigue de cerca con pisadas silenciosas, manteniendo una distancia prudente.

—Vamos —dice el príncipe Rem cuando acaba de vestirse. El ser de metal llega a la puerta en dos zancadas, la abre sin delicadeza y sale de la habitación, provocando los gritos desesperados de los sirvientes que aguardan afuera.

El largo pasillo está vacío y silencioso. Sólo el monstruo espera erguido a un lado de la puerta, una máquina de guerra capaz de convertir un cuerpo humano en jirones sólo con sus manos.

—Llévame con mi padre —dice Rem mirando hacia arriba a la máscara del monstruo, tan alta que no podría alcanzarla con sus brazos extendidos—. Llévame con el Rey.

El autómata ahora avanza con paso firme y Rem le sigue de cerca. A ratos la criatura de metal se detiene a esperarle. Avanzan por el castillo frío, vacío y silencioso, que a esta hora de la mañana debería bullir de sirvientes preparándose para un nuevo día. Descienden por la escalera circular que accede a los calabozos y siguen descendiendo hacia territorios inexplorados, prohibidos para el príncipe y para casi todos los súbditos del Rey, hasta una puerta custodiada por dos autómatas oxidados que se apartan apenas les ven llegar.

La puerta está abierta y desde su interior en tinieblas emergen olores y sonidos que ponen la piel de gallina, sangre y gemidos mezclados como un mismo horror. Rem está aterrado, siente que el frío se apodera de sus piernas y manos y ya no quiere entrar, pero el monstruo parece invitarle con un movimiento de sus brazos metálicos, que se balancean levemente a los lados de su cuerpo.

—Adelante —dice una voz en el interior. Rem la reconoce de inmediato, es el Rey.

El príncipe avanza y el monstruo no le sigue, permanece de pie custodiando la entrada con los brazos abiertos y las piernas separadas.

La habitación lentamente se ilumina con lámparas de gas y Rem ahoga un grito, repirando vapor en este ambiente gélido. En los muros aguardan decenas de perros encerrados en jaulas, gimiendo y debatiéndose sin esperanza, apilados unos sobre otros. Y en una gran piscina en el centro de la habitación, con aguas que relucen en tonos de verde pálido, flotan las cabezas de otras criaturas decapitadas. Rem se acerca a mirarlas y descubre con horror que éstas aún se mueven.

—Así es, hijo —dice el Rey desde el fondo de la habitación, de pie junto a otro hombre encorvado, el brujo imperial cubierto con harapos hasta la cabeza, que da machetazos a un animal sobre una gran mesa y luego arroja la cabeza a la piscina. Rem sabía de su existencia, pero hoy es primera vez que lo ve—. Al principio usábamos a nuestros hombres caídos en batalla y nos servían bien, pero con el paso de los años se volvían rebeldes, regresaban a sus hogares y algunos, al descubrir que sus familias los daban por muertos y aún así vivían felices, cometían horribles crímenes.

—¿Por qué Fifo? —dice Rem y el llanto asoma a su rostro. Avanza hacia el Rey y se queda a un paso de distancia, mirándolo hacia arriba con sus ojos llenos de lágrimas.

—¡No soy tu madre! No esperes un abrazo de compasión —dice el Rey con la frialdad propia de un monarca. Pero Rem nota en su rostro algo distinto, un dolor antiguo filtrándose en su gesto de piedra.

Rem retrocede y se queda mirando al brujo, que carga el cuerpo tembloroso de otro animal a la mesa, un cachorro apenas, con las orejas pegadas al cráneo y moviendo la cola, sumiso y tal vez con algo de esperanza, confiando fielmente en su amo.

—¡Detente, esto es cruel! —grita Rem y se arroja contra el brujo, sintiendo el metal debajo de los harapos. Retrocede y grita fuerte, expulsando toda su rabia y pena en forma de una nube de vapor condensado.

El monstruo que esperaba en la puerta se acerca corriendo hasta su lado. El brujo continúa con su trabajo y corta la cabeza del animal, que no alcanza a gemir. Un golpe firme y certero. La cabeza es lanzada a la piscina y el cuerpo con espasmos cae fuera de la mesa, sobre un lote de animales inertes, aún tibios.

—Ellos nos aman —dice el Rey, acercándose al monstruo de pie junto al príncipe, sin temor—. Ellos jamás nos traicionarán. Ellos darán todo por obedecernos. Los criamos con este propósito y no existe otra razón para su existencia…

—Jura que no sienten dolor —dice Rem en un susurro enfurecido, dirigiéndose al Rey como si se dirigiera a un desconocido—. Júralo padre, y no objetaré nada más.

El Rey no responde de inmediato. Mira a su hijo y la misma expresión de antes, tensa y culposa, asoma en sus ojos negros.

—El dolor es lo que les da energía —dice el monarca desviando la mirada—. En sus vidas todo lo que queda es dolor y obediencia. Y al cabo de un año les damos paz… No soy insensible a su dolor, hijo. Siento más compasión por ellos que por nuestros súbditos y sus familias… ¿Qué clase de Rey puede desear la felicidad de su perro por sobre la seguridad del reino y su gente?

Rem oculta el rostro entre sus manos entumecidas. Un nuevo animal es depositado sobre la mesa, su cabeza separada del cuerpo. El Rey camina fuera de la habitación y se detiene en la puerta.

—Un día tú reinarás, Rem. Un día tomarás decisiones espantosas, como ésta que debí tomar muchos años antes de conocer el amor de tu difunta madre. Un día despertarás en tu lecho sabiendo que tu alma y tu culpa se han fundido en una sola, y sentirás que no mereces ser feliz. Ése soy yo, hijo. Ése serás tú. Ése… es el precio de ser Rey.

Rem se queda solo en la habitación mirando al brujo imperial, otro autómata cuyo único objetivo es decapitar perros y reunir suficientes cabezas para los nuevos monstruos que mantendrán la paz en el reino, movido por la conciencia de una cabeza humana, la cabeza del que alguna vez fuera un sabio y poderoso Rey.

Aún llorando, acerca una caja al autómata reluciente que le hace compañía y queda a la altura de su máscara inexpresiva. La desprende sin esfuerzo, pues las piezas que deben mantenerla en su lugar aún no han sido instaladas. Y dentro encuentra la cabeza mutilada de Fifo, su perro guardián, el que ahuyentaba a sus sirvientes cada mañana, el que dormía a los pies de su cama. Ahora sin mandíbula ni nariz, sujetado por una estaca que penetra el cráneo hasta su cerebro, sus ojos con el mismo brillo verde de la piscina aún expresan el cariño que le profesaba todos los días.

Rem acaricia las orejas del animal con sus dos manos y el monstruo de metal mueve sus brazos en un balanceo involuntario, cerrando los ojos vidriosos.

—Mi Fifo, mi pobre Fifo…

Arranca la cabeza de su soporte con un fuerte tirón. El monstruo de metal ahora inerte, cae de espaldas con un estruendo mientras la cabeza de Fifo en sus manos parpadea y mira en todas direcciones. Rem se sienta en la caja y aguarda hasta que esos ojos dejan de brillar, acariciándolo y canturreando una melodía infantil. Sigue allí por largos minutos sin que nadie vaya a buscarle, seguro de que su mascota está realmente muerta.

Deja la cabeza inerte de Fifo junto con el resto de los cadáveres detrás de la mesa y se marcha, secando sus lágrimas por última vez. En todo el tiempo que estuvo allí, cayeron veinte nuevas cabezas en la piscina.