Cuento de zombies 💀 “La primera muerte”

Forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: niphree.

Estábamos hambrientos. Por entre las ventanas tapiadas del segundo piso mirábamos a los zombis deambulando, depredadores lentos y raquíticos en la última etapa de la infección, capaces de mutilarse a sí mismos con tal de tener algo que masticar. Los veíamos persiguiendo perros famélicos. Tuvimos un zombi vestido con terno sentado en nuestro antejardín toda una noche, meciéndose y canturreando una canción de moda de cuando yo tenía diez años. Eran personas como nosotros, incluso en ese estado patológico eran capaces de conectarse con alguna parte sobreviviente de sus recuerdos.

Hablábamos en susurros mientras planeábamos un asalto al supermercado. Papá no podía moverse con una pierna enyesada. Mamá era una inútil al borde de la catatonia. Las gemelas estaban fuera de la ecuación. Sólo quedaba yo, joven, sano y apetecible, el único capacitado para hacer la tarea.

Trazamos muchos planes y nos decidimos por el más simple. A primera hora de la mañana me preparé para salir, con mi traje de ciclista reforzado para evitar fracturas y mascadas, guantes y botas de milico que compré en la ropa usada, más el casco de motociclista que mi padre guardaba como único tesoro de su juventud, porque el mío se quebró la última vez que bajé de cabeza por unas escaleras cuando intentaba lucirme frente a unas minas del colegio. Me armé con un fierro pesado, la mochila a la espalda y desclavamos las tablas de la puerta de atrás. Mi bicicleta seguía tirada allí donde la dejé bajo el sol de la primavera el día que nos acuartelamos.

Me moví por un costado de la casa y eché a correr por la calle en mi bicicleta, esquivando vehículos atravesados y cuerpos mordisqueados. El olor a cadáver era nauseabundo y el sol arrojaba un primer rayo tímido por sobre la cordillera entre las nubes de moscas.

Encontré decenas de zombis moribundos en el camino, la mayoría apenas podían moverse, los dientes expuestos luego de comerse sus propios labios, rugiendo un alarido que les moría en la garganta seca cuando me veían y no podían alcanzar su desayuno. La enfermedad estaba matando sus cerebros lentamente y en el corto plazo se quedarían quietos, comatosos, y dejarían de respirar.

Pero también había zombis nuevos, incautos que durante la última semana salieron a buscar comida o que se dejaron engañar por un infectado que pedía auxilio. Esos recién zombificados todavía podían razonar, pero lentamente se dejaban llevar por el hambre. Algunos simplemente dejaban de luchar contra el deseo, sabiéndose muertos. Y esos eran los peores, rápidos, fuertes, despiadados. Aguardaban como animales de caza y salían de algún escondite para atraparme, corriendo detrás de mi bicicleta y rugiendo su frustración. Yo me perdía detrás de alguna curva, mirándolos sobre mi hombro mientras sus ojos desorbitados me rogaban por un trozo de carne fresca.

En diez minutos llegué a un supermercado grande que no alcanzó a ser totalmente saqueado, tal vez por la presencia de un zombi en su interior durante los primeros días de pánico. Las puertas estaban abiertas y había mercaderías esparcidas por todas partes. En algún rincón del local en penumbras sonaba una radio a pilas a toda potencia, sintonizada en una de las tantas radioemisoras que se conectaban en cadena para mantenernos informados. Todas emitían la misma grabación desde hace ocho días: los países en Europa y Asia estaban desolados, tal vez quedaran personas en localidades aisladas. El eco de esas noticias resonaba en mi cabeza como una pesadilla, en la casa dejamos de escucharla hace días.

Recorrí en bicicleta los pasillos desordenados, sabía dónde tenía que ir pero la mayoría de los pasadizos estaban obstruidos con estanterías o mercadería apilada o algún zombi caminando por la zona, incluso vi una anciana que empujaba un carro lleno de detergentes. Demasiado lentos para reaccionar ante mi presencia. Quizá el casco les impidiera reconocerme como comida. Llegué a la zona de las conservas que era un desastre, tal vez no lograra pasar en bicicleta entre las montañas de latas desperdigadas y un zombi que intentaba salir de debajo de ellas sin mucho entusiasmo.

Armado con el fierro me lancé y recogí tantas latas de atún como pude, mirando sobre mi hombro en todas direcciones cada cinco latidos de mi corazón desbocado. No me importó la marca ni el precio, aunque mamá esbozó que prefería las de Robinson Crusoe. Incluí algunas conservas de piña y frutillas para las gemelas, palmitos y varias latas con ravioles listos para mi cumpleaños, que sería la semana siguiente. No cabía nada más en la mochila y aunque hubiese podido meter más, mi cuerpo no habría aguantado el peso.

No había ningún zombi persiguiéndome, así que respiré tranquilo por un rato y recorrí con calma el resto del supermercado, no sé qué buscaba y hubiese querido llevarme todo para no tener que salir nunca más a buscar comida. Encontré un cartón de cigarrillos, mamá estaría muy contenta. Recogí dos muñecas nuevas para las gemelas y me alisté para partir, cuando lo oí.

Debajo del eco de la radio y su mensaje en loop, más bajo que los balbuceos de algunos zombis terminales, noté el llanto de un bebé. Fue un pequeño berreo, habría pasado inadvertido si no fuera por mi experiencia cuidando a las repetidas. La radio a todo volumen podía ser un distractor, los zombis llegarían hasta ella y se irían al no encontrar comida parlante. O podía ser una trampa. El bebé debía estar en otra parte. Seguí recorriendo el supermercado, ahí lo escuché otra vez y reconocí la dirección, hacia la panadería del local. Me acerqué sigiloso, el fierro en alto, y traté de abrir la puerta, pero estaba trancada.

—¿Alguien en casa? —pregunté en un susurro, lo suficiente fuerte para que me oyeran del otro lado. Oí al bebé que estaba allí dentro, gruñendo su descontento. Un bebé vivo y seguramente uno o más adultos con él. Papá me daría una paliza por lo que iba a decir, ay Dios—… Si no están infectados, tengo un refugio seguro y comida…

Oí movimiento. Me alejé de la puerta y esperé, mientras un zombi lento me miraba desde el final del pasillo de los cereales. La puerta se abrió y del otro lado se asomó una mujer sin labios y ojos desorbitados, cargando a un bebé pequeño de bracitos rosados, bien arropado y para nada desnutrido. Me puse en guardia, pero la mujer no hizo nada para atacarme. Dejó al bebé en el suelo y lo observó una vez más, acarició su carita con manos enguantadas en goma, me miró con los ojos que parecían furiosos y regresó a su escondite en la panadería, sin despegar la mirada del bebé.

El zombi de los cereales avanzaba por el pasillo mirando el tentempié en el suelo. Recogí al bebé y me alejé pedaleando, oyendo los sollozos ahogados de la mujer y la protesta del zombi. Podía viajar en la bicicleta con el pequeño en un brazo y sostener el manubrio y el fierro protector en la otra, sería lento pero no imposible. Recogí un gran puñado de bolsas y las metí en otra bolsa grande junto con un tarro de leche en polvo. Ya no podía perder más el tiempo.

El camino de regreso fue terrible. Seguí la misma ruta por la que venía y eso fue un tremendo error. Los zombis depredadores me esperaban, uno alcanzó la rueda trasera con su pierna y me botó de la bicicleta. Caí de espaldas sobre la mochila, el bebé comenzó a llorar y eso llamó la atención del zombi más que cualquier otra cosa. Se lanzó sobre mí y lo recibí con las piernas flectadas, mordió mi pantorrilla por un lado de la canillera y lo empujé a un costado. Con el fierro en mi mano libre le di en el cuello antes que se levantara, su cuerpo saltaba del suelo con espasmos de epiléptico, pero ya no intentó atacarme. A lo lejos vi otros depredadores que corrían a todo pulmón.

La pantorrilla me dolía demasiado, pero no podía quedarme allí. Subí a mi bicicleta y terminé la ruta llorando por el dolor muscular. No había zombis cerca de mi casa, sino vecinos que intentaban robarme lo que traía en la mochila. Los reconocí, alguna vez tomé onces en sus casas, jugué con sus hijos, pololié con sus hijas, asistí a fiestas y cumpleaños. Pero en una situación como ésta no había espacio para la caridad, que Dios me perdone.

Dejé la bicicleta en el antejardín y entré a mi casa, perseguido por una horda de personas hambrientas. Papá trancó la puerta y a pesar de su fractura, se las ingenió para clavarla rápidamente antes que los vecinos lograran entrar. Hasta los amenazó con pincharles los ojos con el mismo cuchillo que pinchaba a los zombis.

Saber que personas sanas podían hacer más daño que un zombi me tenía con pesadillas desde el principio, lo vimos cuando mi padre regreso fracturado. Ahora los vecinos gritaban que les ayudáramos, pero en sus miradas veíamos el instinto criminal de alguien que no quiere morir. Al poco rato se dieron por vencidos, cuando varios zombis depredadores aparecieron por la calle alertados con el alboroto.

Mamá estaba boquiabierta por la sorpresa que traía en mis brazos.

—¿No que querías un nieto? —pregunté. Las gemelas estaban fascinadas, ni les importó que les trajera muñecas nuevas o piñas en conserva. Papá gruñía con el ceño fruncido, tal vez pensando en la boca extra que alimentar, pero no parecía del todo descontento. Un bebé en el hogar, un sobreviviente. Un niño varón de sexo masculino. Conté la historia con lujo de detalles, de la madre zombi que no se comió a su hijo, y dejé para el final lo peor.

—Tengo una mordida.

La alharaca que hicieron… Sabíamos que de estar infectado, no se manifestaría de inmediato. Aún así la noticia era un golpe para la familia y mamá rápidamente se llevó a las niñas al segundo piso. Revisamos mi herida, la marca de los dientes era impresionante, amoratada, pero no había sangre. En teoría no estaba infectado, pero eso no se podía saber todavía. Así que establecimos una cuarentena para mí, preparándonos para lo peor. Papá no quería, mamá casi ni me miraba, las gemelas tenían los ojos llorosos y se escabullían para abrazarme pero yo no las dejaba.

Nos dimos un banquete, ravioles con atún. Mamá sazonó el de las niñas con pan rallado. En silencio me dije que era mi fiesta de cumpleaños adelantada y me aguanté de llorar. Quería decir algún chiste, una típica broma de zombis en la mesa, pero no se me ocurrió ninguno. Mamá intentaba no mirarme con sospecha, pero cada vez que me movía ella saltaba espantada. Era mi funeral. Y sentía la boca rara, en pocas horas ya tenía la saliva espesa y sabor metálico en la lengua. Era indiscutible, estaba infectado.

Pensé en salir de la casa y esperar mi suerte en la calle. Sería lo mejor para la familia y para mí. Pero Papá intuyó mis intenciones y me lo prohibió blandiendo un cuchillo, como si sirviera de algo. No estaba dispuesto a perder otro miembro de la familia, me recordó a mis tíos que vivían a diez cuadras, cuando los vimos pasar por fuera con las dentaduras expuestas y los antebrazos masticados. No teníamos más noticia de otros parientes y bien podían estar todos muertos. Si tenía que amarrarme a la cama, lo haría. Accidentado como estaba seguía siendo más grande y más fuerte que yo.

Le hice caso, pero sin ninguna esperanza. Él insistía en que en alguna parte alguien estaba trabajando en una cura. Yo intuía lo contrario.

Esa noche la pasé en mi habitación sin dormir. En algún momento de la madrugada tuve que orinar por una rendija de la ventana, porque la puerta permanecía trancada. Tomé un cuaderno y mi linterna con dínamo y escribí la experiencia, con la esperanza que las gemelas me recordaran como el hermano que las amó y no como el monstruo que quizá se las habría comido si pudiera. La expresión de la madre del bebé rescatado me decía que sí era posible luchar contra la enfermedad, por lo menos en las primeras etapas.

El día que siguió fue soleado y fresco, pero nadie podía sacarse la cara de culo. Ni siquiera la risa del bebé nos quitaba de la cabeza que había un muerto caminando dentro de la casa, una bomba de tiempo. Hicimos los preparativos, la logia era un lugar bastante seguro, con muros sólidos y puerta de metal. Con el colchón inflable del camping ocupando todo el espacio disponible. Papá podía pasarme agua y comida por una ventana pequeña que daba a la cocina. Yo hacía mis necesidades líquidas en un lavamanos y depositaba la caca en bolsas de supermercado.

Me llevé todos los libros de la casa, las lecturas infantiles de las niñas y los tratados sociológicos sesudos de mi madre. Papá no tenía libros, con suerte leía los textos en la pantalla del televisor. Según yo éstas serían unas típicas vacaciones de adinerado que dice que va a mochilear a Europa pero en realidad se interna en una clínica para adictos e intoxicados. Y los libros serían mi conexión con el mundo real. Cuando ya no pudiera razonar con las páginas, sería momento de usar el cuchillo que escondí debajo de la secadora de ropa.

Intenté relajarme. Las gemelas se sentaban a jugar junto a la puerta y me hacían preguntas, yo no les contestaba o les gruñía que me dejaran tranquilo, no quería que sufrieran, pero ellas me ignoraban y seguían hablando cosas de niñas, mezclando realidad con ficción en la aventuras de sus nuevas muñecas, Barbie Zombi Buena y Barbie Angelical sin Aureola.

El primer día fue aburrido. Por más que intenté leer, no lograba atender a lo que leía. Durante un periodo muy corto imaginé que en realidad tenía una gripe mal cuidada, pero luego imaginaba que estaba a punto de convertirme en antropófago y que faltaba poco para que me comiera mis propios labios. No tenía hambre, sólo sequedad extrema y picazón en las palmas de las manos. Mi piel palideció y para la hora de la cena, tenía las uñas moradas y los ojos hundidos.

Esa noche tuve pesadillas. La comida se revolvía en mi estómago, vomité cada bocado, un vómito espeso y sanguinolento. Dormí a saltos, despertaba ansioso, tenía unas ganas tremendas de salir, de gritar, pero me contuve dando de cabezazos contra el suelo.

A la mañana siguiente comenzó la ansiedad extrema. Mis pupilas se dilataron al máximo, los colores se veían irreales, como teñidos por un arcoiris constante. Papá venía a hablarme, a contar sus historias de milico con fusil y corvo, o a relatar otra vez el día que nací. Quería que se callara pero no podía hacerle eso, no a él. Así que lo dejé que recapitulara toda su vida, hasta que llegó la hora de los zombis.

La primera noticia del inicio de la epidemia fue una nota en un periódico sensacionalista. “Los zombis atacan”, decía el pequeño titular acerca de una anciana que se alimentaba de murciélagos en la selva amazónica y que mordió a un turista que luego tuvo un extraño caso de rabia. Una semana después el mundo entero estaba en cuarentena, en un estado de conmoción que sólo crecía. Nadie podía salir de sus hogares, si tenía hambre o sed y no quedaban alimentos ni agua potable, tenía que salir a saquear un supermercado o la casa del vecino. Oíamos disparos en todo momento.

Los zombis merodeaban en cada rincón de la ciudad, millones de ellos deambulando por las zonas pobladas, los patios y las habitaciones de las casas abandonadas, buscando algún hueso que roer. Tragaban todo lo que podían sin saciar jamás su hambre, la mayoría morían intoxicados o con un hueso atravesado en la garganta. Los zombis representaban eran un peligro para sí mismos, pero a nadie le importaba.

Mi padre con su entrenamiento del servicio militar durante los años en que estuvimos a punto de ir a guerra con Argentina, y su panza de camionero bueno para la parrillada que según él era una reserva para tiempos como éste, se fracturó la pierna derecha durante los saqueos al supermercado del barrio antes que lo incendiaran sus propios dueños. Alcanzó a que lo atendieran en una ambulancia precaria antes que se decretara el estado de sitio. Desde entonces traía un yeso lleno de dibujos e historias de princesas y descansaba su robustez en el sillón del living, con varios cuchillos a mano y algunos palos y fierros en caso que algún zombi intentara colarse.

Mamá parecía un cadáver ambulante y si alguien la hubiera visto por la calle habrían escapado en el acto o le habrían dado un tiro en la cabeza. No le quedaban fuerzas para gritar y tenía ojeras hinchadas y la piel pálida. Teníamos que obligarla a comer, mis hermanas hacían el juego del avión y a veces funcionaba, otras veces rompía en llanto o simplemente nos gritaba sin decir nada.

Mis hermanas eran unas princesas gemelas de cabellera larga castaña y ojos inquisidores, que se peinaban y maquillaban frente a un trozo de espejo y jugaban a que sus muñecas eran heroínas aniquiladoras de muertos vivientes, ahora Barbie Slayer y Barbie Motosierra.

Yo me la pasaba mirando el techo de mi habitación, o recordando canciones y escribiéndolas en mis cuadernos del colegio, o jugando con las gemelas, o ayudando a Mamá en lo que pidiera, que no era mucho, o encargándome de la mierda que dejábamos el bolsas de supermercado que ya comenzaban a acabarse.

En la casa sólo quedaba arroz. Las latas de atún y jurel se acabaron. Nos tomamos el aceite a sorbos. Mamá encontró una bolsa sellada con pan rallado, para las niñas cuando ya no quedara nada. Y el arroz se terminó a la tercera semana de acuartelamiento. Las gemelas ya no preguntaban qué había para comer, porque conocían la respuesta. Sin luz ni agua potable, estábamos perdidos. Así se nos ocurrió que alguien tenía que salir a asaltar un supermercado. Encontré una guagua y me mordió un zombi. Y aquí estoy, encerrado, escuchando historias añejas de combates que no fueron tan fascinantes como las relatan.

Al caer la noche me sentía espeso. No sé cómo describirlo, era similar a la sensación que queda después de haber pasado todo el día en la piscina, pero sin frío. Lentamente perdí la sensación de tacto en las manos y luego en casi todo el cuerpo, era como estar anestesiado, algo se siente pero no está claro qué.

No podía cerrar los ojos por más de cinco segundos. Ni hablar de dormir. Mi cabeza corría a mil kilómetros por hora, no podía concentrarme en nada pero sí podía pensar varios temas al mismo tiempo, las ecuaciones en los libros de matemática se resolvían solas, los recuerdos de mi vida entera tenían calidad de DVD. Creo que eso fue lo único positivo, la sensación cierta de ser más inteligente, aunque durara apenas un día. No servía de nada ser inteligente si en poco tiempo sería un troll.

Ya no escuchaba a Papá ni a las chicas. Me dediqué a gemir. Creo que me sentía mal, pero no sentía nada, no lo recuerdo. Todo se volvió difuso. Ya no recibía la comida que me ofrecían por la ventana, no tenía ningún interés, no sentía olores ni sabores. No sabía si era de día o de noche.

Comencé a mordisquearme los labios, levemente al principio, como en la época de exámenes cuando terminaba con heridas nerviosas. Y en cosa de pocas horas me los estaba mordiendo de verdad, con fuerza, sin sentir dolor. Miraba mis manos ensangrentadas, las lamía, un extraño sabor impregnaba mis papilas gustativas. No era delicioso, ni siquiera sé cómo describirlo, pero me tenía desesperado. Era el sabor de mi propia carne. Y lo disfruté.

Y así acabé como cuaquier zombi, sin labios, gimiendo mi vergüenza. No sangré demasiado, las heridas de mi boca cicatrizaron casi de inmediato. Entonces recordé el cuchillo. Lo busqué y no estaba. Enloquecí, di vuelta todo, mis fuerzas me abandonaban pero aún así me las ingenié para hacer pedazos el colchón inflable.

Papá me observaba desde la ventana, sus ojos llenos de lágrimas, pero firme. Alguien le hablaba y él respondía. Yo entendía perfectamente, pero es como si los significados hubiesen dejado de ser importantes. Sabía que en pocos días sería un imbécil. Y en algunas semanas estaría muerto. No me quedaba orgullo, no sin mis labios.

Me comí la lengua hasta donde era posible. Ya pensaba en comerme la carne de la palma de mis manos, debajo de mis pulgares, cuando Papá abrió la puerta.

—De pie —me dijo y sentí un pánico asfixiante. No por miedo a que me hiciera algo, sino por terror a que yo intentara hacerle algo a él, a mi padre, a mis hermanas… Las gemelas estaban detrás de él y fue como si me ofrecieran agua en el desierto. Me vi masticando sus rostros pequeños. Viví la experiencia incluso sin hacerlo, una y otra vez, y deseé morir de inmediato, que me mataran o tendría que matarlos yo. En qué estarían pensando al entrar así a la celda de un zombi hambriento.

—Extiende tu mano —dijo Papa con su voz marcial. Cuando niño le temía. Ya de grande me importaba una raja, pero sabía que si le desobedecía recibiría una palmada de su mano pesada como un ladrillo. Algo de eso me hizo obedecer, porque mucha razón no me quedaba a esa altura, no con las gemelas allí. Las miré una vez más… y sonreían. Extendí mi mano y recibí mi obsequio de cumpleaños.

Arañas. Arañas vivas, pero les habían cortado las patas.

—Haz que te piquen —dijo Papá. Creo que me pasé demasiados segundos mirándolo, perplejo. Si de verdad quería que muriera, ésa iba a ser una muerte lenta—. ¡Hazlo! Por favor, confía en nosotros.

Las gemelas sonreían. Papá no tenía ni una pizca de miedo, confiaba plenamente en mí. En su hijo zombi. Apreté las arañas contra mi antebrazo, supongo que me picaron porque inmediatamente sentí un cosquilleo. Nos quedamos así, observándonos mutuamente por no sé cuánto tiempo. Tal vez esperaban que dijera algo, pero no podía, no sin labios ni lengua. Pasó un minuto, luego otro, y seguíamos mirándonos.

—¿Ya no nos quieres comer? —preguntó Papá y fue como si me echaran un balde de agua helada encima. En mi antebrazo se dibujaba una roncha ennegrecida y a su alrededor la sensibilidad regresaba con un cosquilleo agradable. Miré las arañas machucadas y me las eché a la boca. Creo que reí, mi cerebro comenzaba a reaccionar como si despertara después de una noche de juerga descomunal. Volvía a ser yo, minuto tras minuto dejaba de ser un zombi.

Abracé a Papá y de verdad no quise morderlo. Estaba tan feliz… me agaché para abrazar a las repetidas y vi sus sonrisas, sin labios. Mis princesas, convertidas en zombis. Todavía se veía en sus bracitos las marcas que dejaron las cuerdas con las que las amarraron a sus camas. Me abrazaron, me mostraron sus lenguas, al menos algo no se había perdido, y rieron. Sus risas eran como campanas de Navidad.

Papá y las gemelas me condujeron a la sala. Allí Mamá, sin labios la pobre, ni siquiera para fumar, mecía al bebé, una criatura delgada, casi cadavérica, que tomaba leche de su mamadera.

—Él nos contagió —dijo Papá sin una pizca de rencor. Lo miré, alto y fornido como siempre, ahora sin su panza de camionero y apenas cojeaba. Tenía las pupilas dilatadas del infectado pero mantenía sus labios intactos. De hecho estaba más delgado y se veía como el Rambo que recuerdo de niño.

Quise preguntar cómo se dieron cuenta. Hice la mímica, una araña caminando sobre la cabeza de las gemelas. Y Papá sólo apuntó a la radio a pilas, destartalada pero aún funcionando, ahora con el volumen bajo para no despertar al bebé.

—…arañas de rincón, la toxina de su picadura ha demostrado tener una eficacia casi inmediata contra los efectos del virus. Puede encontrarlas en lugares oscuros, entre medio de cachureos en el patio, debajo de la cama y detrás del armario, donde sea que guarde cosas que no ha movido durante años, allí están. Basta con la picada de una sola… ¡La cura existe! Y es algo tan simple como las arañas de rincón, la toxina de su picadura…

Nos pusimos a saltar en la sala y despertamos al bebé. Pobre criatura afortunada.

Pasarían varias semanas antes que pudiéramos salir a la calle. La picada de una araña nos daba suficiente toxina para una semana y éramos una familia grande. La piel al rededor de la picadura se caía como cera y teníamos que hacer curaciones diarias, pero sanábamos pronto, demasiado rápido. Papá comenzó a hablar del uso militar del virus zombi, que ahora todo tenía sentido.

Salimos a cazar arañas al patio y las casas deshabitadas de los alrededores, hasta nos vimos obligados a pelear con algunos zombis, de los pocos que quedaban. La situación nos parecía casi ridícula, nos sentíamos poderosos, invencibles. No podían contagiarnos porque ya estábamos contagiados. Éramos más rápidos y más inteligentes. Después de un mes encerrados, rodeados de muerte y miseria, era natural que nos sintiéramos eufóricos.

Nuestros vecinos nos temían. Cómo no. Nosotros hacíamos un gesto de pulgares en alto y rogábamos a Dios por que no hubiera ningún chiflado con una escopeta. Con Papá salíamos en bicicleta, su pierna ya estaba curada y el ejercicio le hacía bien. Recorríamos el barrio en busca de víveres y arañas. De paso aniquilábamos a los zombis terminales, ya intentamos una vez recuperar a uno con picadas de araña, pero el resultado fue penoso, el pobre estaba mejor muerto. Un fuerte golpe en la nuca o en la tráquea era suficiente, era lo más piadoso que podíamos hacer por ellos. Y cuando nos perseguía algún zombi vigoroso, le lanzábamos encima una red de tenis y lo inmovilizábamos en el piso para darle una dosis de arañas. Apenas veíamos una mejora lo dejábamos con su estupefacción e instrucciones para que buscara sus propios bichos.

Ése fue el comienzo de los mejores años de mi vida.

Cuento de zombies 💀 el café de media tarde

Este cuento fue publicado en la colección En la Sangre y forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: J. Antonio Marchán

Bajamos al Starbucks que está en la esquina de en frente, anhelando los placeres que promueve el olor del café a esa hora de la tarde en que la modorra se instala sobre nuestras cejas. Es un rito diario que no queremos eludir. Y aprovechamos de escapar del horno abrumador al que nos someten los ancianos friolentos del piso, que se la pasan con el aire acondicionado a 28 grados Celsius mientras los jóvenes nos freímos en nuestra propia manteca.

Cruzamos la calle y Armando ríe de un chiste que todavía no logra contar completo, Magnolia empolva su nariz y yo acomodo la mascarilla bajo mi nariz para ocultar esta sonrisa permanente. Es más un gesto de buena educación que una obligación sanitaria, todavía hay gente que se espanta.

Fuera del local un indigente nos observa pasar con sus ojos desorbitados y la boca sin labios, abierta y jadeante. El hombre huele mal, a meados y pelo quemado, y parece que no se cambia esa ropa desde hace meses. Hago que mis compañeros de oficina entren primero al Starbucks, sin perder de vista al sujeto y cierro la puerta de vidrio a mis espaldas.

El pordiosero nos persigue con su mirada ansiosa hasta que una ejecutiva de minifalda y tacón pasa frente al local y le hace perder su interés en nosotros.

—Hay un hambriento ahí afuera —digo y veo de reojo a varios tipos de piel gris en el interior del local con sus mascarillas abajo, bebiendo despreocupados sus cafés con ayuda de bombillas. Me miran un segundo, se encogen de hombros y siguen en sus conversaciones llenas de chasquidos y gorjeos.

—Ya llamamos al escuadrón hace cinco minutos —dice una chica regordeta y sonriente detrás del mostrador—. ¿Qué desea beber hoy, don Samuel?

¿Ella sabe mi nombre? Por más que lo intento no puedo recordar el suyo… Lo tiene anotado en una chapita sobre su corazón. Amanda.

—Hola Amanda, quiero un cortado grande y agrega chips de chicharrón, por favor.

La joven asiente y completa mi pedido en su terminal. Armando, que sigue riendo de su chiste inconcluso, pide un mocaccino y Magnolia un chocolate con crema, mirando cada cinco segundos sobre su hombro al indigente que ahora nos observa desde el ventanal, con su boca horrenda pegada contra el vidrio que le hace parecer una lamprea con mal aseo.

—Su cara me es conocida —dice ella entornando los ojos—. Si lo imagino con labios y sin barba, se parece a Mario Sparrow.

—¿El que descubrió la cura? —dice Armando acercándose al ventanal, indiferente al peligro—. El pobre ya se había comido a su esposa cuando descubrió la solución al problema. Por suerte no alcanzó a comerse al niño…

—Le comió un brazo —dice Magnolia, contrariada—. Y así y todo le dieron el Nobel, no digo que no lo mereciera, pero el tipo atendía una ferretería. El hijo lo demandó y eso quedó en nada después de la amnistía.

—Hay un rumor que dice que fue él quien inventó el virus —digo y todos en el local me miran—, aunque es sólo un rumor. También dicen que alguien tuvo sexo con un cadáver… cosas que inventa la gente.

Armando regresa al mesón cuando llega su café. Magnolia recibe el suyo y yo me quito la mascarilla para saborear el mío. Pido una bombilla y un babero, porque no importa cuánto cuidado ponga en tragar, siempre se cae algo.

—Este tipo parece que está en la etapa cuatro —comenta alguien a nuestra espalda, refiriéndose al indigente que camina hacia la puerta del local—. ¿Lo dejamos entrar?

Es obvio lo que va a ocurrir. Si realmente está en la etapa cuatro de la infección, ya perdió su capacidad de controlar el hambre y pronto saltará sobre cualquiera. La toxina liberada por el virus en su cerebro excede el límite y si no se le trata pronto, sus células gliares morirán, en algunas semanas todo su sistema nervioso correrá la misma suerte y en el intertanto atacará cualquier cosa viva para saciar un hambre que no puede ser saciada.

Voy hacia la puerta y en vez de trancar el pestillo, la abro y le entrego mi café. Los trozos de cadáver humano fritos, importados desde China o quizá de la India, esparcidos sobre la crema igual que los chips de chocolate, inmediatamente llaman su atención. Me mira, recibe el café y comienza a engullir, perdiendo más de la mitad del brebaje que se escurre por su pecho.

—Bien pensado —dice la misma persona que nos alertara antes. Le miro y veo a nuestro jefe, Máximo Zañartu, tan alto como yo, de ojos hundidos en un rostro gris marcado por cicatrices de rasguños.

A diferencia de muchos de los que sucumbimos a la infección, él mantiene sus labios intactos. En la desesperación de la primera hambre durante la epidemia, prefirió comerse el exceso de pellejo y grasa que le colgaba del estómago antes que perder la capacidad de besar a su mujer, un romántico incluso en el atardecer del Apocalipsis. Su familia le acompañó a pesar de todo, incluso su esposa estuvo dispuesta a donarle los meñiques cuando se acabara el pellejo, pero no fue necesario. Sparrow había encontrado la solución luego que intentara suicidarse con picadas de arañas que deambulaban en su ferretería. La neurotoxina, en vez de matarle, actuó sobre su sistema nervioso contrarrestando la propia toxina del virus, le devolvió la cordura y disminuyó su hambre. La noticia se difundió en menos de un día, aunque la cura no llegó a tiempo a algunos rincones del planeta donde no tienen el mismo tipo de arañas ponzoñosas.

—Hola jefecito —digo y estrecho su mano. Me coloco la mascarilla y hago un gesto a Magnolia y Armando para que se acerquen.

—Déjame que te invite una crema de médula, debes estar hambriento —bromea Máximo y todos reímos. Es el jefe—. Escuché lo que decían antes. No se parece en nada a Sparrow, él se suicidó hace años. Míralo, recogiendo lo que cayó al suelo. Pasar hambre es una sensación tremenda, seas un hambriento o no. Y él parece que no recibe su vacuna desde hace un buen rato.

En ese momento llega un furgón blindado frente al Starbucks. Se abren sus compuertas a un costado y descienden dos grises corpulentos, cubiertos con armaduras y portando varas electrificadas.

El ingente los ve y el pánico se plasma en su rostro sin labios. Levanta las manos y se acerca al vehículo voluntariamente, sube y se sienta. Un enfermero, también vestido con armadura, le toma una muestra de sangre con un pinchazo de un dedo y la analiza en la computadora. En menos de un minuto se quita el casco y le da una palmada al indigente en el brazo, sonriendo. Lo despide con una barra de carne seca y manteca.

—Me siento culpable —digo y es la verdad—. Pensé que nos quería comer.

Armando se ríe de mí, estoy seguro que reirá por horas. Y Magnolia ajusta su escote, sonriendo siempre con ese gesto somnoliento que usa para conquistar. Máximo le sonríe de vuelta y desde mi lugar privilegiado veo que hace girar la argolla de matrimonio en su dedo.

Salimos los cuatro del local. El pordiosero me mira con sus ojos de huevo duro y hace un gesto con la mano mientras mastica lentamente su premio. Le devuelvo el gesto y me marcho cabizbajo, paladeando la crema de médula que me invitó el jefe.
Es el producto más caro.