Jamás darse por vencido como escritor… ¡Jamás!

En más de una oportunidad tuve que postergar mi escritura y mis sueños, ya fuera por los estudios, o los proyectos paralelos (tenía una banda de punk rock), o el trabajo, o la responsabilidad de tener una familia y criar una hija.

Pero no recuerdo haber pensado en que podía abandonar la escritura creativa. Si hay algo que siempre supe, algo en lo que estaba y todavía estoy seguro, es que necesitaba práctica para mejorar mi técnica y redacción literaria. ¿Pero darme por vencido como escritor? Nope, no está entre las opciones.

Darse por vencido como Escritor

En mi caso, las variables que regulan mi vida creativa son el tiempo y la oportunidad. El tiempo pasa y cada día que no escribo es un día menos que tengo para avanzar en mis proyectos; la vida no es infinita y hay un límite para lo que puedo crear en el tiempo que me queda. Las oportunidades que tengo para enfocar toda mi energía al proceso creativo son pocas, y trato de sacar el mayor provecho de ellas.

Si a esto sumamos que estoy en un constante proceso de aprendizaje, pues esto de ser escritor no resulta nada de simple. Pero así y todo, sigo adelante.

La escritura creativa no siempre fue mi centro

Fui bajista en la misma banda por poco más de 20 años.

Durante muchos años intenté hacer muchas cosas a la vez. Escribir canciones e interpretarlas. Ensayar con mi banda y tocar en vivo. Aprender a cantar para hacer mis propios engendros con ayuda de un sintetizador. Pololear y luego estar casado y criar hijos exige mucha dedicación. Trabajar apenas me permitía algunas ventanas en las que podía consumir libros en audio mientras realizaba tareas mecánicas —y todavía lo hace—. Quería aprender a escribir guiones de TV, también de comic, de teatro, de cine…

Y por supuesto quería escribir mis cuentos y novelas. Obviamente no podía hacer ninguna de las anteriores con toda la dedicación que debería ser obligatoria para ser bueno en al menos una de ellas. Así que hice un ejercicio, que aprendí mirando a un emprendedor en alguna de las charlas de TED, y puse todo lo que quería hacer, los pros y contras, el tiempo y el dinero que me costaría llevar a cabo cada una, mi pasión por cada una en escala de 1 a 10… y lentamente fui descubriendo las costosas, las menos apasionantes, las que me tomarían demasiados años para lograr algún objetivo, y las que no redituarían jamás en dinero real; y las quité de la lista.

Al final solo quedó ESCRIBIR, con mayúsculas, como la mejor opción de todas las que ya llevaba a cuestas o que soñaba con realizar alguna vez.

Fue un nuevo despertar ese día en que logré enfocarme en un solo objetivo apasionante. En mi caso, la frase “el que mucho abarca, poco aprieta” es totalmente cierta. Pero tuve que postergar indefinidamente todo lo demás. Abandoné a mi banda de punk rock. Dejé de estudiar y practicar otros artes distintos a la escritura creativa de ficción. La neblina se disipó y de pronto tenía mucho tiempo para escribir… bueno, no mucho, pero sí más del que tenía antes.

Introvertido con déficit atencional

Lo introvertido no se cura, porque no es una enfermedad…

Decir esto es como salir del clóset, supongo. No es que sea un secreto, pero siempre fui y sigo siendo introvertido. Mi experiencia sobre el escenario con Panchajana —era el nombre de mi banda—, me dio herramientas para soportar la atención de muchas personas, y para hacer clases en la universidad más tarde. Pero lo introvertido no se cura, no se quita con el solo hecho de pararse delante del público y poder hablar sin demasiados tartamudeos. Todavía tartamudeo a veces, y después de dos horas hablando en alguno de mis talleres intensivos, mi cerebro hace huelga y pierdo movilidad en los labios, resultando en un tartamudeo y balbuceo muy incómodos.

Lo del déficit atencional lo sé porque reconozco los síntomas y se resume en esto: hago mi trabajo porque me apasiona hacerlo; y cuando no, mi cerebro busca excusas para no hacerlo —procrastinando—. Obviamente no existen excusas para no hacer la pega, así que siempre cumplo, pero al costo de hacer varias tareas sin agrado. Lo bueno es que para esos momentos, tengo audio-libros… dicho de otro modo, cuando algo me apasiona, me puedo enfocar en ello y resolver los problemas y construir y de-construir y hacer verdadera magia incluso sin saber cómo es que la hago. A veces las soluciones a problemas simplemente aparecen en mi cabeza sin buscarlas, con forma de probabilidades, y la mayoría de esas veces es la solución correcta. Y todo eso lo logro porque me apasiona lo que hago. ¿Se entiende?

Escribir, crear mundos y personajes y situaciones verosímiles, me apasiona aún más. No pierdo el hilo cuando estoy metido en mi proceso creativo. La mayoría de los elementos de mi trabajo diario, con códigos y estrategias digitales, también me apasionan. En cambio salir a la calle a reportear como mis colegas periodistas, es una de las cosas que menos me apasionan en la vida. Producir y gestionar eventos, me mata de sueño. Estudiar algún tema solo porque es obligatorio y no porque es útil, me desmotiva al punto que no me importa aprobar con la nota mínima.

Ser introvertido y tener déficit atencional son dos problemas importantes en el siglo XXI. Si hubiera nacido en esta época, tal vez estaría con psicólogo y medicado, porque algo no está bien con el niño. Qué bueno que nací en tiempos menos civilizados.

No está de más agradecer a Gabriella por la inspiración en su artículo “A punto de Abandonar“. Y además les dejo uno de los pocos registros que tengo de la época en que tocaba con mi banda de punk.

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