El mensaje: lo que dije, lo que quise decir y lo que el resto entendió

Sé de lo que hablo

Soy periodista y conozco la mecánica de los mensajes, del emisor con el receptor, y como el ruido ambiente modifica la percepción. Es la teoría, y en la práctica aprendí que muchas veces lo que se dice no es necesariamente lo que los demás entienden.

Esta semana llegó a mi correo una pregunta, enviada desde el formulario de contacto de este sitio Web. Dado que estoy en pleno proceso de atracción de escritoras y escritores de fantasía urbana, y entendiendo que este Blog mío no tiene mucha información, respondí de acuerdo al contexto general.

La pregunta decía:

Estimado:
Si uno crea un personaje, una ciudad cualquier cosa, estos pertenecen a uno mismo?

A lo que respondí:

Hola XXXXX.

Si creas un mundo completo, o una parte de √©l en tu obra, eres “due√Īo” de tu mundo en tanto forma parte de tu obra.

Cuando alguien crea una obra derivada de la tuya, una obra que es claramente derivada, no solo “inspirada” en tu obra, esa persona tendr√≠a que pagarte los derechos correspondientes. No conozco el detalle de la ley al respecto, pero tengo claro que si alguien usa mi obra o una parte de ella para crear una nueva y esa nueva obra tiene fines de lucro, yo tambi√©n quiero participar de esas utilidades.

Ahora, si tu pregunta es si eres “due√Īo” de tu ciudad inventada o tus personajes, pues hay una nebulosa ah√≠. Alguien podr√≠a usar tu obra completa y crear una nueva cambiando nombres y descripciones. Y aunque no lo creas, el 99% de las obras de ficci√≥n nacen as√≠, mezclando dos o m√°s blockbuster y cambiando detalles. Al crear un mundo nuevo, el “creador” se basa en otro mundo conocido. Nadie se libra.

Preoc√ļpate si alguien gana dinero al usar algo que t√ļ creaste, y no te est√° repartiendo el porcentaje que la ley manda (que repito, no conozco).

Y así me agradeció:

Jajajaja: iba pq participando en Santiago en 100 palabras la obra es de ellos con la consideración q no la van a vender y tenía una historia q había considerado para otro medio.

Lo que yo entend√≠ de su primera pregunta es lo que √©sta dec√≠a. Tal vez podr√≠a haber preguntado “en qu√© contexto” antes de contestar y me habr√≠a ahorrado el discurso innecesario. Pero no importa, siempre estoy disponible para responder consultas de quien sea siempre que conozca la respuesta.

Lo que me enerva, es que la pregunta original no ten√≠a nada que ver con el contexto. Hablaba de personajes, ciudades y pertenencia al autor. Pero la pregunta era otra, acerca de los derechos de uso de una obra publicada. Y creo que respond√≠ a la pregunta de todas maneras. A√ļn as√≠, el mensaje en la pregunta no era el que la persona quer√≠a transmitir. Yo no conoc√≠a el contexto de su pregunta. Suena como una conversaci√≥n a la que no estaba poniendo atenci√≥n y me preguntan ¬Ņy t√ļ qu√© opinas?

Dos errores míos

Tiempo atrás,  en la primera década del siglo XXI, cometí dos errores de mensaje que me costaron caro.

El primero con una “amiga” con la que ten√≠amos un negocio y deb√≠amos hacer una triangulaci√≥n de dineros para que ambos recibi√©ramos un pago equivalente y justo, aunque el contrato dijera otra cosa. No era nada turbio ni ilegal. Est√°bamos de acuerdo y era lo justo.

El asunto es que en una conversación con ella, entendí algo. Me quedó esa idea dando vueltas, y como la pirinola de Inception me convencí de esa idea. Así que le envié un mail, una carta innecesaria y discursiva llena de ejemplos y frases moralizadoras, expresando que no tenía problemas con que se quedara con toda la plata. Así, magnánimo, creyéndome el mejor amigo del mundo.

Las consecuencias fueron terribles. Ella llorando, su pareja amenazando, otras personas que nada ten√≠an que ver con el asunto opinaban y clamaban por justicia. El error fue m√≠o y me convenc√≠ de algo err√≥neo, cuando la respuesta estaba ante mis ojos. Mi contexto , la historia de esta “amiga” y otros factores llenaron de ruido el mensaje. Ella dijo algo, yo entend√≠ otra cosa.

El segundo ocurri√≥ en un trabajo donde mi labor consist√≠a en estar todo el d√≠a enchufado al computador. Despu√©s de alg√ļn tiempo, me vi sobrepasado. Mi jefa estaba segura que iba a “ganar una licitaci√≥n” as√≠ que se lanz√≥ a gastar plata que no ten√≠a, pero que no dudaba que iba a recibir en el mediano plazo. Y uno de esos gastos inclu√≠a un ayudante para m√≠.

Entrevist√© muchas personas con un perfil similar al m√≠o, que vivieran cerca de la oficina, con experiencia comprobable, etc. Fui muy acucioso. Y cr√©anme que encontrar personas con un perfil como el m√≠o, comunicadores especializados en medios digitales que programaran PHP y otras rarezas… fue muuuuy dif√≠cil.

Llegué a un veredicto, presenté una terna, se tomó una decisión. Y le comuniqué al elegido que comenzaba a trabajar la semana siguiente.

Todo bien, hasta que llegó el resultado de la licitación famosa. Se la adjudicaron a alguien más. Y como la jefa se había gastado un montón de plata que no tenía en un par de cachivaches y además no habría dinero para pagar un nuevo integrante, cayó en mí la misión de avisar a la persona que entraría a trabajar en pocos días, que en realidad no podíamos contratarle.

Esto me lo dijeron en un email. Y sobre el mismo contest√© que era una pena hacer pasar por esto al pobre cabro, con todo lo que hab√≠a costado encontrarle (en horas robadas a otras labores). La consecuencia fue un horror, la jefa consider√≥ que mi correo hab√≠a sobrepasado los l√≠mites de nuestra relaci√≥n contractual y que el “tono” de mis palabras era desubicado y blablabl√°.

Cuando pregunt√© “qu√© tono” su cara se descompuso y estuve a un paso de la guillotina. Pero qu√© insolencia hablarle con ese tono. Y as√≠. Ten√≠a mi finiquito en su escritorio, no me despidi√≥ porque no pod√≠a darse ese lujo, ya que la persona nueva que podr√≠a ocupar mi cargo estaba informado de la decisi√≥n de ella misma para que no viniera. Y s√©pase que ese elegido no estaba nada de contento.

El “tono” que ella ley√≥ en mi mensaje, aparte de lo obvio, estaba contaminado por su contexto particular, esa decisi√≥n est√ļpida de considerarse ganadora de una licitaci√≥n y gastar dinero que no ten√≠a. Pero no pod√≠a descargarse consigo misma, decirse “tonta tonta” al espejo no le iba a devolver ese poder que cre√≠a tener sobre su propio destino (y el de su empresa). As√≠ que me toc√≥ subir al columpio.

Lo que yo escribí y lo que ella entendió de mi mensaje, no coincidían.

Aprendizaje

El aprendizaje es obvio. El emisor del mensaje y el receptor del mismo no siempre comparten el medio o contexto. Cuando digo o escribo algo, en mi idioma, lo hago considerando a lectores que entienden lo que estoy diciendo. Pero incluso en un contexto tan amplio y tomando resguardos semánticos y contextuales (usando los pie de página, sobre explicando y describiendo en exceso), incluso en ese escenario es probable, diría que es seguro, que habrá personas que entenderán algo distinto.

La solución, cuando llegue una pregunta, es preguntar de vuelta el contexto. Para el resto de las situaciones que implican dinero o trabajo, lo mejor es quedarse callado, porque hay gente que no acepta consejos ni críticas.

Y esto también conlleva un aprendizaje a la hora de escribir. Mi libro de cuentos En la Sangre es bastante localista, con chilenismos y descripciones propias de un contexto santiaguino. Algunos lectores de prueba fuera de las fronteras de Chile me han comentado que no entienden ciertas palabras, aunque las intuyen por el contexto de la frase. Su experiencia de lectura es distinta a la de un chileno, que no se detendrá a cuestionarse una palabra específica del slang local.

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