La Juguera Mental de un Escritor Guajardo

Hubo una época, no muy lejana, en que intenté organizar todo pensamiento, idea y estructura de un cuento o historia, para seguir ese modelo y nunca perderme cuando me sentara a escribir. Inventé diagramas, usé softwares específicos para escritores más ordenados, implementé soluciones Web incluso.

En el discurso del Orden y la Estructura necesarios para lograr mis objetivos como escritor, toda esa parafernalia sonaba preciosa. Y a los ojos de algunas personas que sí leen mi blog (cuando publico algo) yo aparecía como una especie de obsesivo-compulsivo que busca una fórmula matemática para construir la novela perfecta en el mínimo de tiempo, y que lo estaba logrando. Pues no, nunca lo logré (actualización de diciembre de 2011: todavía no lo logro; hace tiempo que dejé de intentarlo).

Mi cabeza es un gran desorden. Mi vida en general, gracias a Dios, goza de organización automática, con la ayuda de mi mujer y de las viejas prácticas aprendidas a lo largo de años de rutina. Pero mi cabeza sigue siendo un desorden.

La información ingresa a mi disco blando desde diversas fuentes, la mayoría son de origen audiovisual, a través de conversaciones, libros, documentales, desde diarios y revistas, series de televisión y noticiarios, escuchando conversaciones en la micro y el metro, aprendiendo de las experiencias ajenas, en el trabajo, en la universidad, en la vida, en la Web. Y todo se almacena en alguna parte, inaccesible para mi yo consciente. Pero cuando escribo, de alguna manera este conocimiento desorganizado ingresa a la juguera de la historia, se mezcla, se prioriza, y se manifiesta.

La manifestación de la historia es un misterio. Una parte de mi cerebro la escribe, en conexión directa con mis dedos. Otra parte la murmura, leyendo lo que la otra parte escribe. Y otra totalmente distinta la revisa y la corrige a medida que sale la mezcla.  Soy dueño, amo y señor del resultado. Es mi cerebro, no puede ser de otra forma. Pero la manera en que todo se conjuga y emerge digerido, no la comprendo. Con los años esa parte del cerebro que escribe se ha entrenado, como se entrena para tocar el piano. Ya no escribo como lo hacía diez años atrás, la experiencia se nota.

Para que la historia no se desbande luego de meses, a veces años macerándose en mis periodos de ensoñación, y para no bloquearme ni perderme en el proceso, desarrollo un guión. Es algo asumido y autoimpuesto, logrado con años de prueba y error. Mi guión es simple, muy simple. Varios párrafos definiendo los conflictos centrales y las ideas fuerza, los personajes con sus definiciones básicas, sus conflictos personales y los rasgos de sus pasados que influyen en el relato; y un punteo cronológico de la historia y los hitos que deben desarrollarse en cada capítulo, siguiendo un arco argumental con principio y final claros (actualización de diciembre de 2011: esto también ha evolucionado, hasta llegar a un grado decente de “perfección” que puedes leer aquí).

Luego escribo. Las imágenes e ideas se procesan, crecen, escribo el doble o triple de lo que había planificado, manteniendo la historia dentro de lo que definí en el guión. El ambiente y su contexto, los datos culturales e históricos, todo lo que no definí previamente, emerge espontáneo de la juguera, incontrolable.

Con la escritura colaborativa el proceso es el mismo. La única diferencia es que el guión cambia, tanto retroactiva como prospectivamente. Mientras no se diga “terminamos la obra”, toda ella está sujeta a revisión, ampliación y/o reducción, complementación y suturación. Es algo más complejo de realizar, pero es totalmente realizable mientras estén claros los roles de los autores implicados.

Mi juguera mental es una bendición. Otros autores tienen que recurrir a sus notas y arman estructuras en las paredes para tener la película clara. Asumo que no soy el único con este don. Mi diferencia con el resto, supongo, es que comprendí su proceso, cómo funciona y qué hace que se encienda y conjugue información adquirida hace veinte años desde un libro, una serie y una conversación con amigos del colegio. La dejo ser. Y me satisface.

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