Escribir en chileno

Escribir en «chileno»

Esto comienza con mi deseo intenso de no escribir como autor de libro traducido. El 90% de las novelas y cuentos que leí en mi infancia y adolescencia eran traducciones de estadounidenses y británicos. Entre medio había algún autor español.

Y no era raro que mis primeros cuentos tuvieran ese tufillo traducido, mal traducido a veces, con demasiada tele y poca literatura, harto «maldita sea» y «demonios». No me daba cuenta que mi escritura era tan fofa y poco imaginativa, carente de la riqueza que era natural en mi vocabulario del día a día. Me auto censuraba sin saber que lo hacía.

En mis años de universidad leí harta novela latinoamericana. Y ahí descubrí un uso del lenguaje amoroso con la lengua materna. Autorxs peruanxs, colombianxs, mexicanxs, argentinxs y también chilenxs. Que escribían sin esfuerzo en su propia lengua, completamente legible, donde las palabras raras no parecían alienígenas.

Pero mis intentos de escribir en chilenx se encontraban rápido con unos lectores bien intencionados (?) que me decían que no excluyera al lector «internacional». Porque afuera «no me van a entender». Y yo como buen robot criado en los 80, sucumbía al miedo. Quería que me leyeran afuera.

Hoy lo tengo un poco más claro.

Lo que me envolvía, lo que me influía, era el desprecio profundo al lenguaje chilenx del populus. A mi lenguaje. Este desprecio que fluía libre y consistente en la tele, en la radio y en los diarios, ¡contumaz! Durante los 80 y los 90. Era parte del discurso único, el que nos hizo olvidar el pasado reciente en pro de refundar un chile neoliberal. Y lo lograron, en parte.

Porque en los barrios donde viví mi infancia y adolescencia no se hablaba siútico. No se hablaba pituco. No se hablaba paltón. No se hablaba cuico.

Se hablaba chilenx normal. Con un poco de coa, de punga, de cuma, de flaite. Se hablaba vulgar, entendido como la manera en que el vulgo se entiende entre sí. Todos los días se aprendía una palabra nueva, que se convertía en meme y fluía como mareas de conocimiento.

Este vocabulario soez se meclaba y complementaba con ese otro vocabulario constreñido de los libros clásicos que nos hacían leer en el colegio. Que también eran libros ricos en vocabulario, hermosos, pero no eran nuestros. Clásicos de la España imperial, o de la Grecia muerta hace tres mil años. Algún clásico latinoamericano que resultara «seguro», aceptado por el pinochetismo. Y harto cuento traducido.

Esa fue mi experiencia temprana y su huella se nota. Me cuesta escribir en chilenx. Cuando aparece la chuchada, me contengo. Escribo «maldito» en vez de «culiao». Me cuesta, en serio.

Mi próxima publicación de este año 2021, la novela «Los Niños Monstruo», es un ejercicio donde intento liberar esta pluma constipada. No me voy al chancho. Me contuve, a pesar de todo. Pero tampoco le temo al cuco del no-chilenx que no nos entiende.

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