Los Niños Monstruo: Capítulo 1

Juan González maneja un Opala marrón sin patente, por caminos de tierra negra en plena cordillera de los Andes. Sube lento por el límite oriente de San José de Maipo, dando saltitos en el terreno irregular de una huella para ganado y carretas. Es un territorio descuidado junto al estero San José, entre árboles bajos, arbustos desordenados y zarzamoras. 

Ssuiiiit carooolaainnnn… pam pam paamm —canta Juan de memoria, con un castañeteo de dientes y polillas que danzan en su estómago. 

Lo que Juan quiere, lo que Juan desea con toda su alma, es no mandarse una cagada en el auto de su jefe. Por eso va con la radio apagada, no se vaya a romper algo si da vuelta una perilla con más fuerza de la necesaria. 

Esta mañana Juan fue a trabajar como todos los días. Llegó a las ocho de la mañana en punto a la oficina, ubicada en la esquina de Avenida España con Toesca. Vestido formal, peinado y afeitado. Ya había entrado en calor, luego de la caminata de cuarenta minutos desde su departamento en la villa Portales. Fue directo a la puerta de atrás, en Toesca, a la vista de los carabineros con casco y ametralladoras uzi israelíes apostados en la segunda comisaría de Santiago, varios metros más al oriente. Y en la puerta se encontró con Orozco, el «Guataca», que estaba de pie sobre el peldaño de la puerta fumando un último pucho apurado. 

El Guataca se puso muy alegre cuando vio a Juan. Le dijo que tenía una diligencia importante para él. Se sacó de un bolsillo de la chaqueta la llave del Opala del jefe y se la pasó a Juan, junto con un mapa dibujado en una hoja de cuaderno. Le dijo que el jefe Reyes quería que le llevara su auto. Le dio una palmada en el brazo y apuntó hacia la avenida España, donde Reyes estacionaba su joya. 

A Juan le dio un apretón en la guata al pensar en su jefe, Arturo Reyes, que anda siempre enojado y armado. Pero no podía negarse, porque Juan era el joven de los mandados y esta era su segunda semana en el puesto. Así que aceptó el encargo sin chistar, aunque cagado de miedo. 

Eso sí, antes de partir entró a la oficina para usar el baño. 

La oficina es una casa antigua que solía ser un hogar para estudiantes de la Universidad de Chile antes del golpe, con salones altos que ahora se usan para acumular cajas con carpetas y papeles viejos. Tiene una decena de habitaciones, protegidas por una galería de ventanales altos que a su vez envuelven un patio de luz con plantas grandes en maceteros. 

Al lado de la puerta trasera hay una enorme cocina. Cada vez que Juan llegaba o salía de la oficina para hacer los mandados, aprovechaba de pasar por la cocina y se metía al bolsillo lo que pillara que se pudiera comer. Esquinas de empanadas, migas de marraqueta, alguna cáscara de queso. A veces había restos de comida fría y les pegaba un par de mascadas rápidas, si es que no había nadie a la vista. 

Esta mañana, cuando Juan entró a la cocina, no había nada encima de la mesa de diario ni sobre los muebles. No había ni olor a comida. Solo se sentía ese vaho persistente de desagüe de casa vieja. Decepcionado entró al baño chico de servicio que está en el extremo de la cocina, porque el otro baño seguramente estaba ocupado por el tétrico Silva. 

Juan se alegró de no ver a Silva. Esos ojos vacíos que lo miraban desde arriba, las mejillas hundidas y las ojeras verdosas. Le daban escalofríos, siempre. 

Al salir del baño chico, vio a Orozco muy sentado en la mesa del comedor de diario, organizándose para tomar un desayuno contundente. Con el diario La Tercera encima de la mesa y un té caliente, al tiempo que desenvolvía un sánguche de pernil con mayonesa. Orozco es de los que no dejan ni una miga. 

Pedro Carmona tampoco estaba a la vista, o ya lo habría escuchado quejándose de Orozco y de Silva. Si había alguien adecuado para llevar el auto del jefe al Cajón del Maipo, ése era Carmona. El mano derecha del jefe Reyes. 

Juan se aguantó el hambre y salió de la oficina por la misma puerta de Toesca. Caminó hasta la esquina de avenida España, donde estaba estacionado el auto de su jefe. Tenía que llevarlo. Él era el joven de los mandados. Solo tenía que manejar el Opala impecable de su jefe matón hasta algún rincón olvidado de la cordillera y entregarlo sin un rasguño. 

Ahora en plena cordillera, Juan evita un bache en el camino de tierra. Pero se acerca peligrosamente a las zarzamoras de la izquierda. Baja la velocidad y maniobra para no rayar el auto. 

Ssuiiiit carooolaainnnn… pam pam paamm —canta Juan. No sabe mucho más de la letra, solo el estribillo. Es una de Elvis, pero le gusta más la versión de Neil Diamond. 

No sabe nada de inglés. «Dulce Carolina», es lo que cree que dice la letra. La canta de memoria, pero sin entenderla. Para él es una canción masoquista. Cada vez que la canta se le llena el estómago con polillas. «Dulce Carolina» y ¡saz! Aleteos frenéticos. 

El auto de su jefe se ve y se siente como nuevo, con olor a cuero, tabaco y colonia Brut. Juan quiere mantenerlo así. Tiene la calefacción al máximo, apuntando hacia sus pies. Al principio fue maravilloso, todo ese calor del motor envolviendo su cuerpo entumecido. Pero ahora no parece que sea suficiente. 

El sol de la mañana está bloqueado por nubes grises que amenazan con tormenta. A Juan le gustan los días nublados y especialmente las noches lluviosas. Pero esto es como mucho. Ya va una semana de días cubiertos y lluvias intermitentes. Días helados. Una semana de levantarse entumecido, lavarse con un calcetín viejo y agua caliente de la tetera. Y de salir sin desayuno cuando todavía no amanece, para llegar caminando a esa casa vieja montada como oficina, que huele a desagüe y tabaco. Sin calefacción. Y vuelta a salir de inmediato a hacer diligencias, con hambre y con frío. 

Por lo menos tiene un empleo, que no es del PEM ni del POJH. Y a fin de mes, en dos semanas más, le van a pagar seis mil quinientos pesos por gastar las suelas en media jornada. Con eso le debería alcanzar para el almuerzo todos los días y pagar algunas cuentas, aunque no mucho más. 

El camino por el que transita sigue mojado por la lluvia del día anterior. Las calles están prácticamente vacías. Ni personas ni perros ni vacas ni pollos a la vista. Solo barro, malezas, arbustos pelados, árboles chuecos. Y basura a los costados del camino, botellas rotas y papeles cagados. 

En el pueblo de San José vio a poca gente. Un huaso a caballo que venía medio dormido. Una pareja de viejos bien abrigados que iban caminando lento. Un joven pelucón en una esquina de la plaza de armas, vestido de mezclilla, que se abrazaba cagado de frío mientras fumaba un pucho tiritón. 

Ahora Juan se detiene. Revisa otra vez el mapa dibujado a la rápida en la hoja de cuaderno. Ya pasó por la bifurcación correcta, que lo trajo por el camino de Lagunillas. Y cruzó el estero San José por un puente viejo. 

Debería haber llegado hace rato a la X dibujada en el mapa. 

Se siente perdido. Está donde debería estar, rodeado por montañas en un pequeño valle junto al estero. Pero no ve nada que se parezca a «una casona vieja». 

Avanza otro poco en el Opala. Tiene miedo de quedarse atascado en un camino sin salida y no poder dar la vuelta. 

Continúa un poco más. Ascendiendo por una pendiente. 

A lo lejos, entre los matorrales a su derecha, hay algo que parece un tejado. Sigue otro tanto y por entre los troncos de los árboles chuecos reconoce la silueta de una casa. Allá tiene que ser, por fin. 

Entregar el vehículo y marcharse de regreso a la oficina. Ésa es la misión. 

A la distancia se distingue la casona y la cal resquebrajada que se desprende de los muros de adobe. El techo de teja muslera, colonial. Un muro bajo de pircas invadido por musgos y pastos secos. Y otro auto estacionado. 

Juan llega a una curva cerrada que dobla hacia la derecha. La casona está ahí, a pocos metros. 

Dobla con el cambio en primera y el motor ruge su descontento. 

Oye un chirrido. 

Es el quejido agudo que produce la espina de una zarzamora que se ensaña con la puerta del copiloto. 

—¡Nooo! —dice Juan y da golpes al manubrio—. ¡Puta la hueá, puta la hueá, p-puta la g-hueá!

Después de la curva maldita, avanza otros veinte metros en línea recta hacia la casona. Tiene el grito en la garganta, pero no lo puede sacar entero. Suena como el quejido de un gato enfermo. 

Accede a un claro de pastos largos que termina en el muro de pircas. La entrada al terreno de la casona no tiene reja ni puerta. Solo queda el vestigio de un arco de madera podrida, derrotado al interior de la propiedad. 

A este lado de las pircas hay una camioneta de Carabineros estacionada, a la derecha de la entrada. Una Ford que parece sacada de una película de gánsters. 

Juan se estaciona al costado izquierdo de la camioneta. Justo delante de la entrada al terreno. Acciona el freno de mano con sonido de matraca. Pero no se baja del Opala. 

Está temblando de frío y de rabia y de angustia. Quiere encender un cigarrillo, pero le da miedo dejar cenizas o que se le caiga la brasa y quede una quemadura en el asiento. Quiere dar media vuelta y arrancar. Estaba todo tan bien y ahora tendrá que dar explicaciones. Tendrá que aguantar que lo gritoneen. Y esperar con ninguna fe a que no le descuenten de su sueldo el arreglo de la puerta. 

Debería bajar, pero no se mueve. Se queda con la mirada fija en el edificio viejo que tiene enfrente. 

La casona es enorme. Es el tipo de casa patronal que parece una cárcel de monjas cuando se la ve desde afuera. Donde viven los jutres a caballo con poncho caro y chupalla fina. Que seguramente tiene un patio interior maravilloso, con noria y arbolitos, una docena de habitaciones y salones con nombre. Y una capilla. Seguro que hay una capilla, para pedirle perdón a la virgencita. 

El frontis de la casona tiene cien metros de ancho, tal vez más. Es un muro alto de adobe pintado con cal descascarada. Dos ventanales grandes tapiados por dentro con tablones, resguardados con barrotes de fierro oxidado. Una puerta ancha de dos hojas desencajadas, en el centro del muro. Todo coronado con el techo de teja colonial. El techo tiene musgo seco entre las grietas, que son muchas. 

A la izquierda de la puerta de la casa se lee claramente un mensaje tallado sobre la cal. 

«AQUÍ DUERME EL DIABLO». 

Juan siente un escalofrío que parece una convulsión. 

—¿Y el Orozco? —dice una voz a lo lejos. Juan oye la decepción con claridad. 

Ve de reojo a alguien que se mueve entre las sombras, por el costado izquierdo de la casona. 

Allí hay un pasadizo angosto y oscuro que penetra en la propiedad. Al final del pasadizo, se reconoce la silueta de un hombre. Alto, delgado, pelo corto, sin abrigo, con la camisa blanca y corbata negra. Un poco encorvado. Trae un brazalete amarillo con el escudo de Chile envolviéndole el bíceps izquierdo. 

Es Pedro Carmona. 

A Carmona lo conoció en su anterior empleo. Era uno de los clientes recurrentes de la tienda de repuestos y electrodomésticos en la calle Tenderini, donde Juan era vendedor. Iba seguido el Carmona, a preguntar por fusibles para generador o baterías de moto. 

Juan hacía meses que quería cambiar de trabajo. En la tienda no ganaba suficiente para pagar las cuentas o para arreglar el calefón. Y su jefe lo retaba todos los días por cualquier lesera, como a un cabro chico. Y mira la coincidencia, un día llegó Carmona preguntando por cables con pinza de cocodrilo y si conocía a alguien que quisiera un trabajo de media jornada y bien pagado en el barrio República. 

Así llegó Juan hace dos semanas y tomó el puesto de junior. Camisa celeste, corbata y vestón azul marino, pantalón negro y zapatitos lustrados, como en el colegio. Nada de brazalete. Con la promesa de un sueldo fijo. 

El junior anterior renunció al tiro, después de unos días en el trabajo. Según le contó el mismo Carmona, ningún goma duraba el mes completo. Todos eran perejiles, decía Carmona. Nadie quería trabajar en una oficina de matones, aunque fuera por buena plata. Por eso Juan parecía perfecto. 

—¡Ya poh hueón! —dice Carmona desde lejos. 

Carmona expulsa nubes de vapor con cada exhalación. Se acerca con pasos cansados por el pasaje al costado de la casona. Llega hasta el límite del muro y ahora se distingue mejor, bajo la luz tenue del día nublado. Está muy enojado. Y da tres golpecitos con un dedo sobre el reloj de pulsera en su muñeca izquierda. Un Seiko 5 automático que se carga con el movimiento del brazo y que se puede leer en la oscuridad. 

Juan sueña con el día en que tendrá ahorros suficientes para comprar un reloj como ése. Solo tiene que mantener su trabajo varios años más. Y ahorrar. 

Apaga el motor y abre la puerta del Opala. El aire frío de la montaña se siente como una cachetada que le entra por el cuello de la camisa. 

El olor del bosque cordillerano y la tierra húmeda le traen recuerdos extraños, de alguna vacación en la casa de sus parientes en el sur. Tal vez. Pero en esa época apenas sabía caminar. No parece un recuerdo real. 

Juan sale del auto, cierra la puerta del Opala con cuidado y le pone llave. Guarda el llavero en un bolsillo del pantalón. 

Está temblando de pies a cabeza. Abotona el vestón, aunque eso no sirva de mucho. Y se queda con las manos en los bolsillos del pantalón. 

Entra con cautela al terreno. Pisa donde no hay barro, pero está difícil no ensuciarse. 

Pasa por encima del portón caído. Mira de reojo el mensaje escrito en el muro de la casona. Y luego mira hacia atrás, al Opala estacionado. Desde allí no se ve la puerta del copiloto. 

—Esta huevá lleva harto rato, González —dice Carmona con los dientes apretados, dando una palmada en el hombro a Juan—. Y el Guataca culiao es un concha de su madre. ¿Por qué te mandó a ti? Le dije a él que viniera, al Guataca. Y el Silva estaba cagando, te apuesto. 

Juan se encoge de hombros. Saca la llave del bolsillo del pantalón y la extiende, para deshacerse de ella. 

Carmona no lo mira. Enciende un Lucky sin filtro y se devuelve por el pasillo en el costado de la casona, con cuidado de no tocar las ramas de los árboles a su izquierda. A la derecha el muro largo pintado con cal tiene pequeñas ventanas altas con barrotes que forman una cruz. 

—Son las diez de la mañana ya —dice Carmona—. Y el Director está que se corta un coco. Ven pacá hueón. Cuidado con los litres. 

Juan vuelve a guardar la llave del Opala en un bolsillo del pantalón y sigue a Carmona dos pasos más atrás, apretando fuerte las mandíbulas para que no se note el castañeteo de sus dientes. Esquiva las ramas de los litres. Sabe que no tiene que tocarlos, pero no recuerda por qué. 

En la parte trasera de la casona se ve un sitio eriazo del tamaño de una cancha de tenis, delimitado con un muro de pircas y árboles de espino. En este patio enorme se levantan varios montículos de tierra de entre uno y dos metros de altura. A distintas distancias unos de otros, sin un orden aparente. Cada montículo tiene una mata de varas delgadas en su cúspide, que se elevan y curvan a medida que se van adelgazando hasta caer alrededor del montículo como ramas de sauce sin hojas. 

Juan se queda de pie junto al muro al final del pasadizo, antes de salir al patio. La visión de los montículos le produce una contracción en el estómago. Quiere salir corriendo. Y vomitar. 

—¿Por qué te demoraste tanto hueón? —dice Carmona. 

—No q-quise r-romper n-ninguna ley —dice Juan. 

—Ella la Fitipaldi —dice Carmona—. Veníai a 30 por hora por el camino de Las Vizcachas. Te apuesto. ¿Viste algún perro negro cuando veníai para acá? 

Juan piensa su respuesta durante varios pasos. 

—N-no que r-recuerde —dice Juan. 

Carmona avanza unos pasos más y se queda de pie a la izquierda de un montoncito de colillas de cigarrillo, fumadas hasta casi quemarse los dedos. Le hace un gesto a Juan para que se acerque. 

Juan tiembla de pies a cabeza. Saca las manos de los bolsillos del pantalón y se abraza con fuerza el vestón para que no se note cómo tiembla. Pero no funciona. 

—¡Ven poh! —dice Carmona con un gruñido imperativo, que suena demasiado fuerte. 

Juan da unos pasos hacia el patio y se detiene a la derecha del montículo de colillas. Calcula que hay vestigios suficientes para diez cajetillas, con y sin filtro. 

Percibe movimiento de personas y voces a su derecha, pero no quiere mirar. Está aterrado. Aunque no sabe por qué. 

Mantiene la mirada fija en el montículo más cercano, a unos diez pasos de distancia. El manojo de varas que crece en su cúspide se mece rítmicamente de un lado a otro. El viento frío de la montaña viaja río abajo hacia el valle. Pero las varas del montículo se mecen en todas direcciones a pesar del viento. No tienen hojas, pero hay algo que sobresale en los extremos, un pequeño bulbo oscuro que espera al momento oportuno para florecer. 

Juan saca del bolsillo interior de su vestón la cajetilla de Hilton largo y una cajita de fósforos. Puede que no le alcance para comer, pero nunca le falta para fumar. 

Enciende uno de sus cigarrillos con manos temblorosas. Por reflejo le ofrece uno a Carmona. 

Pedro tiene la mirada perdida en el horizonte. Se masajea el antebrazo izquierdo por encima de la manga de la camisa, presionando fuerte con el pulgar. Con cada apretón del antebrazo arruga el lado izquierdo del rostro. Lleva un Lucky a medio fumar entre los labios. Y se da cuenta de que Juan le ofrece algo. Mira los Hilton con desprecio. 

Luego Carmona hace un gesto con la cabeza para que Juan se fije en lo que ocurre del otro lado de la casona. A la derecha. Allá donde Juan no quiere mirar. 

Juan se obliga a girar la cabeza. 

El largo muro trasero de la casona es idéntico al delantero, dos ventanales tapiados por dentro con tablones viejos, sus marcos protegidos con barrotes de hierro oxidado. La puerta de dos hojas en el centro, asegurada con una cadena que pasa por los orificios donde antes había manillas. No se ve el candado. Los muros de adobe viejo están pintados de blanco sucio con cal resquebrajada. 

Delante de la puerta encadenada hay dos carabineros jóvenes. Están hincados y trabajan con cuchillos corvos para sacar punta al extremo de unas ramas largas de árbol. Parecen niños recién egresados del colegio. Con chalecos abrigados de color verde oscuro y bototos de caña alta. Uno de ellos llora profusamente aunque sin emitir sonido. El otro se sorbe los mocos con rabia. 

Más allá de estos carabineros, casi llegando a la otra esquina de la casona, hay dos personas más. Un tercer carabinero tendido boca arriba, también joven. Tiene el rostro contraído por el dolor, pero no emite sonido. 

Junto al carabinero caído está el cuarto hombre, en cuclillas. Juan lo reconoce y siente el cuerpo rígido. 

El hombre en cuclillas usa lentes Ray-ban espejados. Es un civil de cuarenta y tantos años, de baja estatura, un palmo más pachacho que Juan. Robusto, siempre viste una chaqueta negra de cuero y lleva el pelo negro y sin canas súper engominado hacia atrás. Bigote militar y panza administrativa. 

Es Arturo Reyes, el jefe de Juan. El dueño del Opala. Un hombre de rostro tenso que siempre trae consigo una batuta corta de orquesta. Por eso la chapa de «Director». 

Reyes parece que tiene la mirada fija en Juan. Es difícil saberlo sin ver sus ojos detrás de los lentes espejados. 

—¿Qué tenís? —dice Reyes. 

Juan abre y cierra la boca varias veces. No sabe qué decir. 

—Tomé una mala decisión —dice Carmona, detrás de Juan—. Pero ya se me va a pasar. 

Juan respira. No sabía que estaba aguantando la respiración. 

—Conozco una componedora de huesos —dice Reyes—, unos kilómetros más arriba. Acuérdame que te pase el dato. 

Luego Reyes mueve un poco la cabeza hacia Juan y su rostro se pone tenso. El Director le hace un gesto con su batuta para que Juan se le acerque. 

Juan siente un apretón en las tripas al recordar lo que ocurrió con el Opala. El chirrido de la espina contra la puerta del copiloto aún resuena, como recién ocurrido. Se acerca con cautela al lugar donde están el carabinero caído y Reyes, pegado al muro de la casona. Fuma nervioso, sin sacarse el cigarrillo de los labios. Rodea a los carabineros sacapuntas, por la izquierda, cerca de un montículo que tiene las varas caídas, flácidas, como lombrices mojadas. 

Al rebasar el montículo, Juan se detiene a mirar la lanza de madera enterrada a la altura de sus ojos. Desde el orificio creado por la lanza borbotea rítmicamente un canal de brea que desciende como lava de un volcán en miniatura y forma una poza en el barro a los pies del montículo, con tenues volutas de vapor verdoso. 

Juan escucha un carraspeo. Vuelve la mirada al frente y camina. Llega al lugar donde está el director Reyes, junto al Carabinero tendido. Pero ahora el Director lee una libreta pequeña con tapa dura de cuero rojo. 

Juan siente una tremenda curiosidad. Lentamente, pasea su mirada por los montículos a su izquierda. Varios tienen lanzas clavadas. Sus varas yacen inmóviles, lánguidas. Pero otros montículos aún se mecen con ritmo de marea. Y sus varas largas y delgadas con esos bulbos en sus puntas apenas tocan el suelo. 

—En la maleta tengo un botiquín —dice el director Reyes—. Tráelo. Y deja el pucho. 

Juan mira hacia atrás de sí. Ve a los carabineros enfrascados en sacar punta a sus lanzas. En el patio reconoce más montículos estacados y pozas de brea. Algunos montículos se ven quebrados, hinchados desde adentro. 

Vuelve el rostro hacia el frente para no mirar los montículos. Una mota de cenizas cae del cigarrillo que tiene entre los labios. Mira hacia abajo y ve al carabinero tendido en el suelo delante suyo. Tiene la mano derecha muy hinchada y de color púrpura. Parece un guante de goma a punto de reventar. Su rostro húmedo con sudor muestra dolor, pero no emite sonido. 

Juan oye un «pst». Mira al Director, que tiene los labios fruncidos y dos dedos extendidos. Juan se saca el cigarrillo de la boca, consumido hasta la mitad. Y lo entrega sin dar otra calada. Al tocar los dedos del Director siente un golpe de energía estática. 

Por un segundo atisba la pistola que el Director lleva en un sobaquero, debajo del brazo izquierdo. 

—Maleta —dice el Director sin levantar la vista de su libreta, echando humo—. Botiquín. 

Juan asiente. Da media vuelta y regresa con paso rápido por donde vino, pegándose al muro de adobe a su izquierda. 

No mira al patio. No mira a los carabineros. Pasa junto a Carmona sin decir nada. Da la vuelta en la esquina y recorre el espacio entre los litres y el muro de adobe, con la mirada fija en sus zapatos enlodados. 

Pasa por encima del portón caído. Llega junto al Opala. Disminuye la velocidad. Camina por el costado del copiloto con paso cauteloso. 

Ve con funesta claridad la línea blanca, profunda, encima de la pintura color chocolate de la puerta. 

—C-cagué —dice Juan. 

Se entrega a la angustia. Siente la cabeza liviana y sus piernas no responden como deberían. El corazón le late con fuerza. El frío le muerde todo el cuerpo pero eso no parece tan terrible como el helado reconocimiento de su perdición. 

Saca de su vestón otro cigarrillo. Las manos le tiemblan. Pierde varios fósforos intentando encender el pucho. Y cuando lo logra, guarda la cajita de fósforos en el bolsillo derecho del pantalón. Ahí tiene la llave del auto. 

Recuerda al carabinero herido y la orden del Director. 

Se apresura en abrir el maletero. Le resulta difícil, con manos temblorosas y dedos entumecidos. Lo logra en el quinto intento. Levanta la tapa. El humo de su cigarrillo en los labios le irrita los ojos. Tiene que retroceder un paso para despejar las lágrimas y ver con claridad. 

Mira dentro del maletero y siente el equivalente del vértigo que sufrió la única vez que subió al teleférico del cerro San Cristóbal. La tapa del maletero está tapizada con armas de distinto calibre, amarradas con alambres. Principalmente rifles. También una uzi israelí con un cargador largo. 

Abajo en el maletero hay una decena de cajas de cartón cerradas y sin nombre. 

Juan traga saliva ante la idea de tener que abrir todas las cajas para encontrar el botiquín. 

Ve que una de las cajas en el costado derecho tiene una cruz de malta dibujada con lápiz grafito sobre una de las aletas de cartón. La abre para cerciorarse. Ve equipo quirúrgico amontonado dentro de una bandeja metálica con forma de riñón. También hay vendas, una jeringa de metal, tubos de goma y varios frascos con líquido amarillo y sin identificación. 

Juan retira la caja y es más liviana de lo que parece. Cierra el maletero y vuelve a guardar la llave en su bolsillo del pantalón. 

—¡Apúrate hueón! —grita Carmona desde su lugar junto a las colillas de cigarro. 

Juan asiente y regresa a la casona. Esta vez pisa en cualquier parte. El lodo en el pasadizo se adhiere a sus zapatos, que se sienten más pesados. 

Pedro desde el final del pasadizo le chasquea los dedos. 

—Pasa pacá —dice Carmona cuando Juan llega a su lado. Le quita la caja de las manos y corre por el costado de la casona. Juan se queda de pie al lado de las colillas. 

—¿Qué le pasa a ese hueón? —dice el director Reyes. Juan lo escucha como si estuviera al lado de ellos. 

—Es medio embarao —dice Carmona—. ¡Pero adivina! ¿A quién le pedí que trajera tu auto? 

—Guataca y la concha de su madre —dice el Director con los dientes apretados—. Siempre hace la misma hueá. ¿Qué voy a hacer con ese culiao? Pa peor el especialista de mierda ni aparece. Si le pasa algo al cabo aquí, me los voy a bajar a todos los hijoeputas… 

Juan tose con el humo de su propio cigarrillo. 

Orozco no dijo que era importante. O que había vidas en riesgo. Si Juan hubiera sabido, seguro que se habría negado… tal vez habría dicho que no. 

—Tenemos que aprovechar el frío —dice Reyes a lo lejos, cambiando el tema—. No quiero estar aquí si esas hueás despiertan. 

Los músculos en el cuello de Juan se tensan y su escroto se contrae de golpe. 

Cosas que duermen debajo de los montículos de tierra. Carabineros enterrando lanzas uno por uno. Y la oficina metida en el medio. 

«Oídos sordos» le decía su madre. Cuando pasaban cosas en su trabajo. Su madre a veces llegaba llorando, más veces de las que la recuerda riendo. Después de un rato se calmaba y le explicaba a Juan sin explicar nada, que lo que le había ocurrido era cosa del pasado y del secreto. Colocaba un dedo sobre sus labios y repetía la frase, como un salmo: «Oídos sordos y boca inconfesa… Sueldito en el banco y pan en la mesa». 

Ese era su lema, su mantra, de cuando vivían en una casita helada en el cerro Alegre de Valparaíso. Después del Golpe de Estado de 1973. Ella era funcionaria en el Banco del Estado. Se pasaban la vida en un agotador juego de apariencias. La madre soltera, el niño huacho, la casita húmeda con goteras y olor a vapores de parafina. Que no se enteren las señoras del Cema Chile, porque podría perder su trabajo. 

Pero esto… 

Juan ni siquiera sabe qué es esto. Cómo se puede mantener los oídos sordos a un paisaje de espantos. Siente como si la muerte estuviera a un latido de distancia. Tal vez debería irse. Retroceder en silencio mientras nadie lo mira. Correr sin detenerse cordillera abajo para esconderse en alguna parte hasta que se oculte el sol. Después caminar toda la noche los 49 kilómetros que hay desde allí hasta su casa. Y no salir a la calle en un par de semanas. 

Está muy lejos de la ciudad, pero no sería la primera vez que camina muchas horas para irse de un lugar donde no quiere estar. O porque no tiene plata para la micro. 

Juan da un paso hacia atrás, decidido a iniciar su huida. Pero una figura alta aparece silenciosa a su lado. 

—¡Conch… ! —grita Juan con un sobresalto. Da un paso rápido al costado y se tropieza en el barro. 

El hombre recién aparecido reacciona rápido. Sostiene a Juan de un brazo, antes que se caiga en el lodo. Mira a Juan desde arriba con expresión implacable. Aunque los ojos castaños del recién llegado dan la impresión de que estuviera sonriendo. 

El desconocido tiene una barba negra, desordenada y tupida. Es un gigante al lado de Juan y tiene una panza sólida, pero no muy grande. Es prácticamente un milodón. Viste un sobretodo de mezclilla sucio con grasa de vehículo. Y bototos de seguridad. Trae puesta una chaqueta abierta de tela, de color verde oscuro, que no abriga ni lo hace ver mejor. Su rostro barbudo tiene la piel morena de un hombre que trabaja al sol. Con arrugas profundas pero sin ser viejo. 

—¡Ya era hora! —dice el director Reyes de pie junto al carabinero tendido en el suelo. 

El extraño mantiene la mirada fija en Juan. Saca de un bolsillo de su chaqueta unos Ray-ban ahumados y se los coloca sin apuro. Se gira hacia Reyes para atender el problema entre manos. 

—¿Y por qué lo tienen ahí? —dice el extraño. Apunta al carabinero tendido en el suelo—. Va a perder la mano. 

Los dos carabineros sacapuntas dejan de tallar sus lanzas. 

Carmona echa con fuerza una nube de humo hacia el cielo y tose. 

El director Reyes bota la colilla del cigarrillo que le dio Juan hace un rato y que llevaba tiempo apagado. Se acerca al recién llegado con pasos tensos. Cuando llega hasta él, se apega lo suficiente para que sus estómagos peleen por el espacio que queda entre ellos. 

Juan retrocede varios pasos hacia el pasadizo, su ruta de escape, y su espalda se topa con unas ramas de litre. Da un salto fuera del alcance del árbol. 

Hasta hoy Juan pensaba que el director Reyes era intimidante. Pero el gigante barbón le parece mucho más peligroso. El director Reyes, pequeño frente al enorme extraño de overol, se ve como un niño malhumorado. Uno que porta pistola. 

—Llegai a la hora del pico haciéndote el choro —dice el director Reyes entre los dientes—. Señor «especialista». Tengo puros pollos pa hacer la pega de un regimiento. ¿Y voh llegai pidiendo explicaciones? Dime culiao. ¿Estaba rica la paila con huevos? 

El especialista mantiene su actitud de cejas ligeramente alzadas. Se mece la barba con una mano. Siente algo entre sus dedos. Se mira la mano, que tiene rastros del desayuno. Juan nota una pequeña caída en la postura de sus hombros. 

—El paco —dice el extraño con tono grave—. Mientras la ropa siga haciendo presión, se podría salvar el brazo. 

El director Reyes aprieta los ojos detrás de sus lentes. El especialista se da cuenta y se mueve con zancadas largas junto al muro hacia el otro extremo de la casona. 

—Oye tú —dice el especialista al pasar por el lado del carabinero que no llora—. Hay que aplicar un torniquete encima del codo. Pásame tu cinturón. 

El carabinero mira al recién llegado con las cejas alzadas y está a punto de decir algo. 

—Hazlo —dice el director Reyes, aún de pie arriba del montículo de colillas de cigarro. 

El carabinero asiente. Se quita el cinturón reglamentario y lo entrega al especialista. 

Reyes busca en los bolsillos interiores de su chaqueta de cuero y saca su batuta. La vuelve a guardar. Del otro bolsillo extrae un encendedor Zippo. Sigue buscando, dando golpes por encima de sus bolsillos. 

Juan mecánicamente saca la cajetilla de los Hilton, se acerca al Director y le ofrece uno. El Director toma el paquete sin mirar a Juan. Saca dos cigarrillos para el bolsillo de su camisa y otro más para su boca. Juan recibe de vuelta su cajetilla apretujada. Saca uno y lo enciende con el fuego que ofrece el Director. 

—¿De dónde eres? —dice Reyes. 

Juan se queda perplejo. Mira sobre su hombro por si acaso el jefe está hablando con otra persona. La respuesta que viene de inmediato a su mente es «de la oficina», pero intuye que no es eso lo que pregunta. 

—E-Estación Central, señor —dice Juan. 

—Qué sector —dice Reyes. Seco. 

Juan sabe que el Director sabe. O debería saber. 

—Villa Portales —dice Juan—. En el límite con Lo Prado y Quinta Normal. 

—Me tocó ir allá hace unos meses —dice Reyes impávido. Expulsa una gruesa nube y observa la brasa humeante en el extremo del cigarrillo. 

Juan siente en su espalda y brazos un frío más intenso que el de esta mañana en la cordillera. 

«Hace unos meses», hubo una redada en su bloque de departamentos. Cinco personas detenidas, solamente tres regresaron. Según On Camilo del almacén. En las noticias de esa noche se habló de «extremistas» que perecieron en un enfrentamiento con carabineros, cuando intentaban atentar contra los uniformados. 

—¿No estai viejo para ser junior? —dice Reyes, mirando a Juan de pies a cabeza. 

Juan traga saliva con dificultad. 

—E-está difícil en-ncontrar pega —dice Juan. 

—Sí —dice Reyes, pensativo, con el cigarrillo en la boca—. No conozco a nadie que lo esté pasando bien. 

Carmona hace un «pst» desde la otra esquina de la casa. El Director asiente y hace un gesto a Juan para que lo siga. Reyes camina hacia el carabinero tendido. Y Juan lo sigue, aunque sus piernas se demoran unos segundos de más en responder. 

—Drené la sangre sucia —dice el especialista, hincado a un lado del caído—. Pero ya sabemos lo que va a pasar. 

El especialista guarda una navaja de barbero en un bolsillo pechero de su sobretodo. La mano del carabinero ya no se ve tan hinchada. Tiene un corte profundo que va desde la base del meñique hasta la muñeca. Y un cinturón apretado por encima del codo. 

La mancha de sangre es de color negro verdoso, idéntica a la brea que emana desde los montículos. 

Los otros dos carabineros se acercan y flanquean a su compañero tendido. Tienen sus rostros apesadumbrados y mojados con lágrimas. 

—Está bien que no lo hayan movido —dice el especialista con tono conciliador, aún hincado. Mira a Reyes desde abajo—. Porque no hay antídoto para esto. No sacamos nada con llevarlo a la posta, aunque quede cerca. Denle agua y mantengan el torniquete hasta que baje la fiebre. 

—¿Y si no le baja? —dice uno de los carabineros sorbiendo los mocos. 

—Si de aquí a una hora sigue con fiebre —dice el especialista, con una mano en la frente del caído—, le traen a su gente para que se despida. 

Carmona habla al oído del director Reyes. Luego pincha a Juan en un hombro con un dedo, para que los acompañe. Los tres se alejan unos pasos, fumando en silencio hasta que llegan a la puerta trasera de la casona. 

—Tenemos que hacernos cargo de los tumularios que quedan —dice Carmona con un castañeteo de dientes—. Aprovechemos el frío. 

Juan cierra los ojos e intenta no pensar. Hay cosas debajo de esos «túmulos». Cosas que duermen. Cosas que se pueden matar con una lanza. 

Da una calada profunda a su cigarrillo. 

—Y hay que sacar a la guagua —dice Reyes. 

Juan se atora con el humo de su cigarrillo, otra vez. 

Carmona le da palmadas fuertes en la espalda. 

El especialista se pone en pie de golpe. Se acerca al grupo dando zancadas impetuosas e ignora la tos ruidosa de Juan. 

El director Reyes retrocede un paso. Con la mano en el pecho, muy cerca de su pistola. 

El especialista extiende sus brazos y toma a Carmona de los hombros. 

—¿Dónde? —dice el especialista con una voz profunda y rasposa. Aprieta los hombros de Carmona y pareciera que lo levanta unos centímetros—. ¿Dón-de? 

Pedro tiene una alarmante expresión de sorpresa. Apunta con un dedo hacia su izquierda, al montículo más lejano, en el fondo del patio.

CONSIGUE LA NOVELA