Fanfiction ☕ Elia la Reina Sith

Fanfiction: Elia la Reina Sith

En la choza el humo hac√≠a llorar los ojos. El hechicero saltaba. Las peque√Īas calaveras rellenas con semillas hac√≠an un llamado al sue√Īo de muerte. ¬ęDeja el miedo en la lluvia¬Ľ cantaba arrastrando las guturales. ¬ęOlvida, d√©jalo ir. Recuerda la cosecha. Recuerda el olor de la carne al fuego. Recuerda a tu pueblo que danza la primera noche del largo d√≠a sin sol. Tu lugar est√° aqu√≠ con tus hermanos y hermanas. Deja el miedo en la lluvia¬Ľ. As√≠ segu√≠a una y otra vez.

Todos en el clan estaban consternados. Era la tercera vez que se practicaba la ceremonia. Elia seguía tendida en la jaula, con los ojos abiertos, inexistente.

Su danza de muerte comenzó cuando era apenas una mota de pelos que clamaba por leche. Las hermanas de su madre muerta cumplían bien la labor de sustitutas. Su leche no era distinta, eran la misma sangre, el mismo clan. Una sola familia. Pero Elia las rechazaba siempre, hasta que el hambre la vencía.

Mala se√Īal. El hechicero lo sab√≠a. Una cachorra no deber√≠a rechazar el pez√≥n que le trae comida. S√≥lo en los momentos que estaba en brazos de su hermano parec√≠a tranquila.

Mala se√Īal. Una cachorra no deber√≠a criarse en los brazos de un macho.

Elia era la √ļnica sobreviviente del parto. La madre, Marci, hab√≠a logrado s√≥lo un cachorro vivo en cada camada. Sag√ļ era el mayor, luego le segu√≠an Parso y Devi. Los tres hab√≠an sufrido terribles heridas en sus b√ļsquedas de aventura en el suelo del bosque.

Mala se√Īal. Un macho responsable s√≥lo piensa en el bienestar de su clan y su familia. Un macho responsable aprende de los errores de los dem√°s. De ellos s√≥lo Sag√ļ sobrevivi√≥ para convertirse en adulto. Y tras la muerte de Marci tom√≥ la decisi√≥n m√°s est√ļpida, hacerse cargo de la cr√≠a.

Hab√≠a algo malo en sus esp√≠ritus. Segu√≠an las reglas del clan. Pero en sus ojos pod√≠a verse el descontento, una mirada que pretende ver m√°s all√° de las copas de los √°rboles. El hechicero lo sab√≠a, la respuesta rug√≠a en sus entra√Īas: estaban malditos.

El clan no los rechazaba. Hab√≠a una ense√Īanza ah√≠. Eran el error que nadie deb√≠a cometer. El hechicero ten√≠a raz√≥n, se deb√≠a hacer todo lo posible por ayudar a Elia. Su esp√≠ritu se lo exig√≠a. Era el resultado de su propia semilla y Marci hab√≠a sido una buena compa√Īera, como muchas otras.

Elia creci√≥ a la sombra se Sag√ļ. No era una hembra como las dem√°s y las hermanas de su madre le negaban el consejo. Los cachorros la buscaban para jugar en la choza m√°s alta. So√Īaban m√°s de la cuenta al o√≠r sus historias de lugares imposibles y criaturas que ning√ļn ojo ha visto jam√°s. Las madres del clan viv√≠an preocupadas, Elia no pod√≠a saber cosas que nadie le hab√≠a ense√Īado. Por eso recurrieron al hechicero. Se exigi√≥ la ceremonia destinada a los guerreros dementes que han visto demasiada muerte. No conoc√≠an otra manera.

Sag√ļ se negaba. S√≥lo Daso, el jefe del clan, pudo hacer que entrara en raz√≥n. Elia deb√≠a olvidar lo que no pod√≠a saber. S√≥lo entonces Sag√ļ puso a la peque√Īa en las manos del hechicero y ella sonre√≠a como si se tratase de un juego.

Grandes rocas con forma de punta de flecha volaban por el firmamento. Hilos de fuego destru√≠an otras rocas m√°s peque√Īas. Criaturas sin pelo viviendo dentro de las rocas voladoras. Depredadores, cazadores y ganado comiendo del mismo plato. De estas cosas habl√≥ la peque√Īa con su lenguaje limitado. El hechicero hab√≠a o√≠do de su maestro una historia similar, muy antigua, y que nadie m√°s conoc√≠a. Una antigua guerra librada no muy lejos de aqu√≠.

Elia debía olvidar.

Luego de la ceremonia pareció cambiar. Elia ya no hablaba de esas cosas. Las madres estaban tranquilas. Sus tías le daban consejo. Ella aprendía las labores naturales de toda hembra. Aunque su actitud era distinta al resto, no parecía haber motivo de preocupación.

Entonces vino el largo día sin sol, el tiempo en que la gran esfera en el cielo eclipsa la fuente de vida y se inicia el invierno. Elia, como todas las hembras nacidas en el ciclo anterior, había criado nuevo pelaje. En su mirada brillaba el conocimiento antiguo de reverencia a lo desconocido.

Esa primera noche bail√≥. Fue una experiencia aterradora. Sus pies no se mov√≠an como los del resto, arriba y abajo. Sac√≥ astillas de la plataforma. Sus brazos hac√≠an gestos graciosos, circulares, dando golpes a sus compa√Īeras de baile. Su rostro era una piedra sin expresi√≥n. Los ojos en blanco, la espalda curvada con cada inspiraci√≥n.

Nadie más bailó. El ritual se había manchado con locura y sangre de sus pies heridos. Los ancianos clamaron por su destierro. Las mujeres lloraron por las crías que nacerían muertas y por los machos que no regresarían a casa. Elia se detuvo, despertó del trance, oyó todo esto y cayó al suelo llorando desconsolada.

¬ęNo me maten¬Ľ repet√≠a mientras quitaba las astillas y limpiaba la sangre en sus pies. El clan se apiad√≥. Aquello que merec√≠a entregar su cuerpo torturado a los depredadores fue perdonado. Y el hechicero inici√≥ la ceremonia all√≠ mismo. Salt√≥ entre los puentes colgantes y rode√≥ el cuerpo de Elia con lianas.

Apenas su canto se apagó al fin, ocurrió el milagro. El sol destelló una vez más en el cielo, sólo un segundo. El mal estaba deshecho y el ritual se reinició con ardor en el canto de las mujeres. El clan había sido perdonado.

Sag√ļ no dijo nada. Observ√≥ todo desde una choza m√°s alta con el coraz√≥n dando golpes fuertes en su pecho. Y el ritual al fin acab√≥. Todo el clan regres√≥ a sus chozas. S√≥lo se o√≠a el canto de las aves nocturnas y el lejano aullido de los depredadores de cacer√≠a. Entonces Sag√ļ baj√≥ a desatar a su hermana peque√Īa y se qued√≥ all√≠ vigilando su sue√Īo intranquilo.

Elia so√Ī√≥ con ellos por primera vez. Dos criaturas altas y sin pelo en el rostro, vestidas con largas t√ļnicas p√°lidas como flores. Ten√≠an manos de cinco dedos blancos. Sus voces suaves la invitaban a seguir con el sue√Īo. Y en su esp√≠ritu pod√≠a entender lo que dec√≠an, aunque el significado de las palabras estaba cargado de misterio.

Desde entonces Sag√ļ no la perdi√≥ de vista. Donde quiera que √©l fuera, ella ten√≠a que acompa√Īarlo. S√≥lo as√≠ evitaba que las mujeres la tironearan hasta arrancarle el pelo. O que los de su edad la mordieran en los tobillos. No hab√≠a mayor deshonra que ser un paria sin exilio.

Elia so√Īaba todas las noches. So√Īaba con ellos. So√Īaba con un ser oscuro que luchaba en singular combate. A veces pod√≠a sentir su dolor constante, agudizado con cada movimiento.

Otras veces so√Īaba con las extra√Īas rocas voladoras de su infancia. Ahora las ve√≠a con mayor nitidez. No eran rocas. Eran de metal como los cuchillos. Grandes construcciones que ni un millar de herreros podr√≠an concebir. Capaces de surcar la noche eterna y llevar vida a mundos imposibles.

Y una noche vio a Sag√ļ. Lo vio all√≠, al pie de los √°rboles que eran su hogar, blandiendo la lanza contra un enemigo que no pod√≠a ver. Luego vio sangre, oy√≥ gritos, y Sag√ļ ya no estaba. No lo volver√≠a a ver. Su hermano iba a morir.

Despert√≥ en llanto. Era s√≥lo una pesadilla. Llam√≥ a Sag√ļ pero no oy√≥ su gru√Īido tranquilizador. Mir√≥ en todas direcciones, afuera de su choza amanec√≠a y Sag√ļ no estaba.

La desesperaci√≥n llen√≥ de angustia su esp√≠ritu. Corri√≥ fuera dando gritos por su hermano, las mujeres le arrojaron restos de comida. Los hombres mostraron sus dientes. Y Sag√ļ no aparec√≠a. Mir√≥ hacia abajo, al pie de los √°rboles, y revivi√≥ su pesadilla. Pod√≠a oler la sangre.

Se colgó de una liana y bajó rodeando el tronco. Los guerreros allí presentes aguantaron la respiración. Jamás habían presenciado tal destreza.

En el momento que sus pies tocaron el suelo por primera vez sinti√≥ algo nuevo. Una llamada. Un deseo incontrolable de correr en la direcci√≥n donde el sol se oculta cada noche. Sag√ļ dej√≥ sus pensamientos. All√≠ no hab√≠a sangre, se hab√≠a dejado llevar por su pesadilla. Ahora hab√≠a un nuevo motivo para que la odiaran.

Oyó un crujido. Algo se acercaba desde la dirección de su deseo. Venía hacia ella. Traía algo consigo. Era la respuesta a su pregunta no formulada. Otro crujido. Matorrales en movimiento. Una voz conocida llamaba a los vigías para que le tendieran una liana. Y entonces lo vio.

El hechicero.

Al verse ambos se quedaron quietos. Elia necesitaba saber qué era lo que el hechicero ocultaba en su saco. Era la respuesta, y a la vez era la pregunta. Dio un paso hacia él en el momento que resonaron los cuernos.

Elia sintió el peligro. No había sentido algo así jamás en su vida. Un peligro se acercaba siguiendo el rastro dejado por el hechicero. El ruido de las lianas al golpear el suelo y los gritos de la multitud aterrada la sacaron de su trance. Un guerrero descendió para ayudarla a subir mientras otros dos tironeaban al hechicero.

Elia estaba a mitad de camino de la terraza m√°s cercana. Entonces se percat√≥ que el guerrero que la hab√≠a ayudado segu√≠a en el suelo. Y sinti√≥ como si una mano invisible le apretara las entra√Īas. Era Sag√ļ blandiendo su lanza. Incapaz de subir a la liana por un pie herido luego de caer con todo su peso sobre una piedra filosa.

Entonces llegaron los depredadores. No eran los t√≠picos lagartos que rondan el bosque en busca de carro√Īa. Estos eran m√°s altos que un guerrero. Tra√≠an trofeos colgados de sus cuellos, largas hileras de calaveras, algunas todav√≠a con piel y carne pegada al hueso.

Vieron a Sag√ļ. Olieron su sangre. Saltaron sobre su cuerpo y acabaron con su vida entre risotadas fren√©ticas.

Elia estaba petrificada. Lo había visto en su pesadilla y lo había propiciado. Era su culpa.

Los depredadores rondaron los árboles desde entonces. No se los podía ver. Pero el clan sabía que permanecerían cerca hasta que el hambre los empujara a seguir su camino.

Elia fue rescatada por un grupo de guerreros furiosos. La pellizcaron, la mordieron, la escupieron, manosearon sus genitales mientras gru√Ī√≠an amenazas. Pero Elia ya no estaba en su cuerpo. Flotaba boca abajo en el mar de su culpa. Arriba en la terraza el hechicero le palme√≥ el rostro con tal fuerza que de su boca cay√≥ un diente. La sangre manch√≥ su pecho. Las mujeres clamaban por su sacrificio. Elia era una fuente de desgracia.

Entonces Daso rugi√≥, ¬ęno habr√° m√°s sangre¬Ľ y no hubo necesidad de explicar la raz√≥n. A lo lejos a√ļn se o√≠an las carcajadas siniestras de los depredadores.

Las mujeres corrieron a lavar el cuerpo de Elia y ungirlo con aceites. El hechicero revis√≥ su boca y extrajo otro diente suelto. Entonces se dio cuenta, el olor manaba de ella y era una se√Īal inequ√≠voca. Elia entrar√≠a en calor en poco tiempo, antes incluso que otras hembras mayores que ella. Una raz√≥n m√°s para aislarla.

El cuerpo lacio fue arrastrado hasta la choza del hechicero. All√≠ estaba la √ļnica jaula del clan. Nadie, ni siquiera el hechicero, ten√≠a recuerdos de la √ļltima vez que se encerr√≥ a alguien en ella. Nadie comet√≠a delito alguno en contra de su propio clan.

Elia fue encerrada all√≠ sin ceremonia. El hechicero encendi√≥ su brasero, extrajo algo de su saco y lo arroj√≥ a las brasas. Una nube de humo plateado se despleg√≥ ante √©l y el sue√Īo de muerte inund√≥ la habitaci√≥n haciendo picar los ojos.

El hechicero la miró. Sentía remordimiento. Era una dura prueba para todos y la solución no podía ser fácil. El humo ya había penetrado en sus pulmones y sus sentidos se agudizaban con cada respiro.

Se vio a s√≠ mismo haciendo la ceremonia una √ļltima vez, y as√≠ fue. Elia no reaccion√≥. Entonces se vio fornicando con ella, la tom√≥ sin consentimiento y ella tampoco reaccion√≥. Su mente daba vueltas. Vio a Elia que caminaba en un claro del bosque entre plantas rojas como la sangre… y supo que no hab√≠a m√°s remedio.

Abrió su saco. Con una pinza extrajo un manojo de hojas frescas, venenosas, rojas como la sangre, y las molió en el mortero. La pasta roja parecía brillar en la oscuridad de la choza. Sus lágrimas se mezclaron con el preparado mientras abría la jaula. Se sentaba junto a Elia, y recitaba el canto de los muertos.

¬ęLlegar√°s al lugar donde todos iremos. Te reunir√°s con los ancestros. Cruzar√°s el cielo hacia la gran esfera desde donde todos venimos¬Ľ.

Elia trag√≥ la sustancia amarga por simple reflejo. Su boca se adormeci√≥, luego su garganta, su pecho y sus entra√Īas. Fue como quedarse dormida. Y sinti√≥ paz. Sinti√≥ que pod√≠a volver a vivir su vida otra vez, deshaciendo los errores.

El mundo se apag√≥ a su alrededor. Y en la oscuridad vio una flama que pronto se transform√≥ en una fogata. El guerrero oscuro yac√≠a muerto, tendido en una pira f√ļnebre. Su cuerpo ardi√≥ y de √©l y los que recorrieron estas tierras s√≥lo qued√≥ un recuerdo que pronto fue olvidado.

Elia abrió los ojos. Había visto la verdad. Tenía la pregunta y la respuesta. Podía sentir cómo el veneno de la planta actuaba en cada célula de su cuerpo. Y a diferencia de otros que murieron tras el simple roce de sus espinas, Elia lo controlaba y lo hacía suyo. Ya no tenía nada que temer.

La puerta de su jaula estaba abierta. El hechicero yac√≠a junto al brasero. Convulsionaba y escup√≠a espuma. Afuera a√ļn era de d√≠a. Los ni√Īos cantaban no muy lejos de all√≠. Las mujeres re√≠an mientras realizaban sus labores dom√©sticas. Los guerreros compart√≠an sus raciones de carne seca. El jefe del clan dorm√≠a la siesta en su choza privilegiada. Era un d√≠a normal, tranquilo, feliz.

Un día sin Elia.

Y sinti√≥ el odio por primera vez. Sag√ļ hab√≠a muerto apenas esa ma√Īana. A√ļn pod√≠a ver su carne desgarrada, oler su sangre, sentir su tragedia.

Tomó una daga de entre los amuletos del hechicero y le abrió el cuello con un solo corte. Bebió la sangre que manaba a borbotones y salió de la choza cubierta con el color de la desgracia.

Alguien la vio. Oy√≥ gritos de horror y guerra. Oy√≥ a Daso que gritaba ¬ę¬°matadla!¬Ľ.

¬ę¬ŅMorir?¬Ľ Puso la daga entre sus dientes y not√≥ que le faltaban dos incisivos. En sus genitales a√ļn ard√≠a la violaci√≥n del hechicero. En sus manos y piernas pod√≠an verse las marcas de la tortura. ¬ŅEl clan hab√≠a hecho con ella todo lo que estaba en su lista de cosas prohibidas y era ella la que deb√≠a morir?

Saltó de esa terraza maldita. Tomó una liana. Rodeó un tronco. Saltó a un puente. Se dejó caer entre las ramas del árbol madre. Sujetó otra liana y tocó el suelo del bosque con gracia. Echó a correr hacia donde el sol se oculta cada noche. Esquivó rocas y ramas por pasajes jamás transitados. Escaló árboles y balanceándose entre lianas.

Nadie la sigui√≥. Y llegado el momento en que el sol enviaba los √ļltimos destellos del d√≠a, lleg√≥ a ese claro de su sue√Īo, rojo como la sangre.

Las plantas parecieron cobrar vida, movidas por un viento inexistente, y le daban la bienvenida. Elia avanzó, se sumergió en el dolor de sus espinas que pronto se transformó en una caricia. Comió sus hojas y pudo ver. Vio todo. Sintió todo. La vida en este planeta y en los mundos cercanos. Luego los lejanos. Hasta que ya no hubo vida que fuera desconocida a su visión.

Entonces los volvió a ver. Y esta vez ellos la vieron también. Había sorpresa en sus miradas. Eran un macho y una hembra, hermanos. Y en su interior palpitaba un poder que ni Elia había podido imaginar. Un poder que pronto superaría con creces.

¬ę¬ŅQu√© eres?¬Ľ preguntaron en un idioma de sonidos extra√Īos. Elia no respondi√≥, entend√≠a perfectamente a qu√© se refer√≠an. No les interesaba saber su raza, el origen de su clan ni el nombre de la estrella donde orbitaba su mundo. En su pregunta estaba impl√≠cita la respuesta, ¬ęeres aquello a lo que m√°s tememos¬Ľ.

Elia lo sabía. Sabía lo que era, lo que podía llegar a ser. Y ellos no sabían nada de ella, dónde estaba ni por qué no la habían sentido hasta ahora.

¬ęSoy Elia¬Ľ dijo y cerr√≥ su esp√≠ritu a la visi√≥n de ellos. Jam√°s la volver√≠an a sentir. No podr√≠an encontrarla por m√°s que buscaran en todo el universo conocido. Estar√≠a oculta hasta que llegara el momento.

Y fue entonces que sinti√≥ el objeto. Estaba de pie en el lugar indicado, en el centro de este paraje ba√Īado por la luz de las estrellas. Bajo sus pies, entre las cenizas del guerrero oscuro de sus sue√Īos, estaba el objeto que la har√≠a el ser m√°s temible de este extremo de la galaxia. No hubo necesidad de escarbar. El objeto vendr√≠a hasta su mano sin esfuerzo.

La sensación de peligro se apoderó de su pecho, algo se acercaba. Concentró sus ideas, llamó al objeto y éste salió despedido de debajo de la tierra. Elia lo atrajo hacia su mano y apenas llegó a ella, se activó.

Su grito silenció el bosque entero. Un haz de luz rojo proveniente de uno de los extremos del objeto le quemó el rostro sobre su ojo izquierdo. No había tiempo para lamentarse, el peligro estaba sobre ella. Tomó el objeto con sus dos manos y lo blandió con increíble destreza. Danzó entre las plantas y los depredadores que se deleitaron con la carne de su hermano caían partidos en dos.

En apenas una decena de latidos volvió a estar sola. Observó el objeto con detenimiento, estaba claro su propósito. Movió un trozo de metal en la base del arma y el haz de luz se extinguió. Lo volvió a encender y apagar una y otra vez, un deleite para su vista, rodeada de rojo y sangre.

El odio que hervía en su espíritu cobró nueva fuerza. La quemadura en su rostro ardía y aumentaba su furia y frustración. Comió más hojas hasta que su estómago ya no pudo más. Y echó a correr de regreso a los árboles del clan que la había visto nacer, con el arma en su mano. Deseando la muerte para todos.