Anping

Cuento de Ciencia Ficción: «Madre Árbol, Hijo Semilla»

(primer acto)

Avanzo en caída libre por un túnel de roca sin pulir. Sigo las líneas de bioluminiscencia que habitan y crecen en cada rincón del hábitat, trepando desde su núcleo vivo. Estoy en el arco exterior, cercano a la enorme vaina que recubre todo el asteroide.

—Uno tiene frío —digo. Puedo tolerar el frío del espacio sin un traje y no morir, pero ése no es el asunto. Una zona fría en cualquier lugar del vehículo, es una mala señal. Podría significar problemas con alguna de las estructuras. Una falla en el aislamiento que protege la atmósfera interior.

—«Esto me recuerda la vez que te zambulliste en un lago de metano líquido» —dice Coral, mi pareja en este viaje. Traigo el intercomunicador adosado al cuello con una correa improvisada. Está en modo de manos libres. Puedo sentir la melancolía que se filtra en sus palabras.

El vehículo ahora flota en órbita geoestacionaria. Luego de doscientos años de viaje balístico a un cuarto de la velocidad de la luz. Dentro de tres días la nave será expulsada de la órbita por los agarrones gravitacionales de las lunas. Caerá hacia el sol y ganará velocidad para escapar del sistema. Coral deberá rotar la nave para no transformarse en guiso de cefalópodo.

Avanzo con precaución para no estrellar mi cabeza contra algún muro y dañar otra vez mis pétalos. La ansiedad me ha deshojado demasiadas veces en este viaje. Coral estaría decepcionada si me viera un rasguño más.

—Uno está llegando al acceso —digo en nuestro dialecto compartido. Coral habla todos los idiomas y dialectos de su brazo de la galaxia. Y hoy por fin oirá el sonido del bosque, de las hojas y del viento, convertidos en palabras.

—«También me recuerda esa vez que te lanzaste al vacío y sin traje, para salvar… ¿Qué era?»

Coral lo recuerda perfectamente, no me gustan sus excusas para entablar conversación. Ya conversamos este tema. No hay nada más que decir.

Podemos ignorarnos completamente durante meses. Es algo necesario en un viaje de doscientos años. Pero ahora que nos separaremos al fin, Coral quiere interactuar más de lo que hizo la última década. No soy un sentimental, pero creo que la despedida solo nos dejará dolor y lágrimas que no podemos compartir.

—Uno comprueba el estatus —digo. Toco la pequeña raíz que sobresale de la roca, junto a una abertura clausurada con más hojas amarillas—. Esta zona está deshidratada, Coral.

Oigo el pst inmediato de los humidificadores, algunos suenan obstruidos.

—Uno revisará los cabezales —digo.

—«Déjalos, Raíz Torcida —ordena Coral en un ladrido enojado—. Los revisaré cuando no estés».

Me quedo flotando en ese lugar. Siento el suave jalón gravitacional del planeta que tenemos debajo de nosotros. Mi planeta.

Toco una de las cortezas que conectan los artefactos vivos que componen este vehículo y puedo oírlos. Puedo interactuar con ellos. No necesito ningún instrumento. En cambio, Coral requiere de una interfaz que traduce en dos direcciones. Sé que lo hará bien en mi ausencia. Pero temo por sus decisiones una vez que alcance el próximo destino, trescientos quince años en el futuro.

La pequeña raíz en el muro se mueve buscando el contacto conmigo. Regreso a ella y me cierro a los estímulos externos. Siento el capullo de una flor expuesta al vacío del exterior, viva y fuerte. Las hojas que cubren mis hombros y los pétalos de mi cabeza se estremecen de placer y fascinación.

—Uno está listo para partir —digo.

Abro mis ojos y doy la orden. La pequeña raíz se contrae y desaparece en el muro. Las hojas que cubren la abertura dan paso a un pequeño túnel vivo, tremendamente frío. Lo recorro con una mezcla de excitación y miedo al horror que me tocará vivir a continuación.

—«Esto me recuerda —comenta Coral con una carcajada—, la vez que te metiste en ese organismo que flotaba a la deriva. Pensaste que era algún tipo de transporte orgánico, y casi te digiere».

Sonrío, porque recuerdo esa sensación de ser consumido. Las enzimas estomacales separaban y descomponían mis tejidos. Es lo que Coral llama «dolor».

Recuerdo el dolor de nacer, como si lo sintiera ahora. Mi vaina estaba madura. El Pod que nos custodiaba nos desprendió con sus manos. Desgarró nuestra conexión con Madre y creó mi primera noción de existencia individual y de dolor físico. Junto a mí en la vaina había dos Pod. El custodio nos extrajo, nos catalogó y nos lanzó desde la rama alta donde habíamos nacido. Madre me recogió en el aire y volví a sentir su amor. Supe quién era, qué somos. Volví a conocer a los dos Pod de mi vaina, que en ese momento ponían los pies en el mismo planeta que orbitamos ahora.

Desde el túnel accedo a la pequeña burbuja climatizada dentro de la flor. Huele a primavera. Es perfecta.

—Uno está preparado para el descenso —digo, sentado en el estambre sin simiente. Sitúo mis manos sobre el estigma que se balancea en el centro y doy la orden.

Debajo de mí, el pedúnculo de la flor se rompe y perdemos contacto y comunicación viva con el vehículo. Solo queda la flor, con su misión clara y unas pocas horas de vida.

—Uno está desconectado —digo—. Uno está en ruta.

Caigo hacia el planeta de Madre con el brillo del atardecer a mis espaldas. Los pétalos de mi flor salvavidas me protegen apenas de la radiación y del vacío.

—Uno procede con el descenso, sin novedad —digo—. Uno reconoce que la burbuja de atmósfera se mantiene estable.

—«Tu afán suicida me sorprende incluso ahora» —dice Coral.

—Uno no es tan fácil de matar —digo. Y me rindo, porque no puedo seguir ignorando a mi única amiga—. Uno sabe que lo vas a extrañar.

Coral guarda silencio. Es suficiente tiempo para hacerme pensar que se cortó la comunicación.

—«Dale mis saludos a tu Madre» —pide Coral. Es su broma mil veces repetida. Pero esta vez percibo el sentimentalismo de su especie herbívora y no puedo evitar una sonrisa—. «Y gracias por tu compañía, Hermosa Lechuga».

—Uno es la mejor ensalada del universo —digo. Ahora el salvavidas inicia su ingreso en la atmósfera con una vibración intensa—. Uno cambia a silencio de comunicaciones. Atención al faro.

—«Raíz Torcida, hay algo que necesito decir antes»…

Desconecto el modo de manos libres sin escuchar el resto. Fuera del salvavidas la fricción incinera las hojas con un chirrido de pesadilla. Mi pequeño compartimiento es iluminado con el potencial de mi aniquilación.

Abro la cavidad en mi pecho y mis raíces tentaculares se niegan a expulsar el contenedor con forma de semilla. Sin soltar el estigma con mi mano izquierda, extraigo el contenedor con la otra. Los tentáculos en mi pecho se desesperan por la ausencia del objeto inerte que llena este espacio inútil. En este mismo lugar otros seres albergan uno o más órganos que bombean fluidos.

Me resisto a los saltos y tirones de la nave salvavidas que ahora rota sobre su eje. Abro el contenedor. Lo sostengo entre mis piernas. En su interior llevo sensores y un difusor que me regala una gota de agua mineralizada por minuto. Desprendo el comunicador de la correa en mi cuello y lo encajo en el panel de los sensores. Estos se encienden y comienza el envío de datos de manera automática.

—Uno inicia monólogo —digo en su dialecto. Sé que Coral me escucha y estará fascinada y triste a la vez.

Regreso el contenedor a las inquietas raíces tentaculares de mi pecho. Ellas lo traen de vuelta como otros seres atraen a sus crías hacia la seguridad del cobijo parental.

La presión de la atmósfera envuelve a la nave salvavidas. El calor del aire ecuatorial se filtra, junto con el hedor que desprende el cadáver de la civilización anclada en el planeta.

El fuego de la fricción cesa y los pétalos de mi pequeña nave salvavidas se extienden y florecen. Doy la bienvenida al oxígeno al mismo tiempo que nos sumergimos rumbo al Este, hacia la noche del mundo.

Desciendo con gracia en el aire denso y húmedo, planeando y corrigiendo el rumbo. A ratos los pétalos se ponen tensos en la oscuridad. Reaccionan a la amenaza radioactiva de los cráteres y las ciudades en llamas a miles de brazadas debajo de mí. Me tiendo sobre un pétalo y asomo la cabeza por un costado para ver lo que queda de la civilización de los carnívoros.

—Uno ve humo y llamas y percibe escombros incandescentes —digo en voz alta—. En los viajes de Uno por el universo, ha visto otras ciudades destruidas hasta los cimientos. En muchas de ellas no era posible reconocer qué fue de la civilización que habitó en esos paisajes. Y aquí cada nuevo cráter habla de ensañamiento.

»Este mundo acaba de vivir su primer apocalipsis. Los habitantes no supieron manejar los problemas de convivencia de una sociedad compleja. Es siempre así con las razas jóvenes y las civilizaciones sin enfoque. Algunos sobrevivirán a la atmósfera radioactiva y la cultura de la autodestrucción. Y ellos construirán sobre las cenizas de su civilización muerta. Tal vez repetirán el ciclo de ignorancia y genocidio una vez más. Está en su naturaleza depredadora.

Después de un tiempo de vigilar la oscuridad, veo luces en movimiento. Son caravanas que avanzan hasta el horizonte, hacia las montañas, al pie del cañón que lleva a los valles superiores. Filas interminables de seres racionales, familias, amigos, en campamentos flanqueados por piras funerarias. El olor de la carne quemada se siente incluso a esta altura.

A medida que nos acercamos, algo parecido a la ansiedad se reactiva en mis brotes. Veo por fin la copa de Madre detrás de la montaña más alta, iluminada tenuemente con el brillo de las lunas. Mi rostro cruje con una sonrisa grande.

Vi a Madre desde el espacio apenas llegamos. Por supuesto que sentí algo de ansiedad y felicidad, pero sobre todo nostalgia. Me parece que fue ayer el día que vi esa misma imagen desde el espacio. Fue aquella vez que salí por primera vez de la atmósfera en un vuelo de prueba, casi dos mil años en el pasado.

Pero mi reacción emocional es distinta ahora. La veo tal como la veía tanto tiempo atrás, de frente. Es imponente, con su copa abarcando millones de brazadas de lado a lado. Rodeada por otras madres más pequeñas que llevan varios siglos sin irradiar vida.

—Uno conoció a casi todas las madres que nacieron de Madre —digo—. Uno las vio nacer, crecer, y también las vio morir. Ninguna de las madres que echó raíces fuera del valle alcanzó la madurez. Prácticamente todas murieron consumidas por el hacha o por el fuego antes de dar vida a los Pod que las debían proteger. Y las madres que decidieron quedarse adentro acabaron absorbidas por Madre. Pero ninguna era como Madre. Con ella Uno comparte el código de la vida y debe su propia existencia y la de este mundo que ahora quiere verla arder.

»Uno la ve ahora y su copa está tenue, deshojada en el otoño de su vida. Uno jamás pensó que vería este momento, aún en la oscuridad. El cuerpo de Uno se tensa de tristeza y decepción. Uno ya no tiene ni una pizca de la poca compasión que sentía por los carnívoros y su inminente extinción.

Las corrientes cálidas elevan el bulbo por sobre las montañas. Rebaso sus cúspides nevadas aferrado a las hojas de mi flor gigante. La turbulencia es fuerte y el viento del otro lado amenaza con elevarme más.

Hay algo allá abajo, entre las ramas deshojadas de Madre, en los lindes de su bosque junto a la entrada oriente del valle sagrado. Es lo que queda de ciudades construidas por los carnívoros. No estaban aquí el día que me marché.

Entre sus muros demolidos veo piras alimentadas con cuerpos de Pod desmembrados. Un poco más cerca del templo están las máquinas de guerra alineadas.

Disparan toda su artillería contra la barrera viva de Madre.

Y Madre resiste.

Se oyen los gritos desesperados de los carnívoros en las líneas de ataque. Se mezclan con otros gritos de odio y barbarie. Madre mantiene a estos seres a raya. Empuja con sus lianas inferiores y hojas enormes y resistentes como naves estelares. Pero el cerco se ve débil, sin espinas. No tiene la intensidad que solía desincentivar a las criaturas que nos amenazaban en el pasado.

Del otro lado del cerco y por apenas un instante, veo a un grupo de Pod armados con rocas y lanzas. Son un centenar de sombras altas y de cáscaras gruesas esperando la última guerra que los verá arder.

—Uno recuerda que los carnívoros eran una raza interesante —digo a Coral—, con mucho potencial intelectual. Uno los vio vagando en pequeños grupos de caza. Eran temerosos de las lunas y las estrellas. Dibujaban historias de supervivencia en el barro.

»El pueblo de Uno tenía la eternidad por delante. Antes del nacimiento de Uno, su pueblo llevaba milenios manipulando cuadrúpedos que tuvieran una chispa de inteligencia. Nadie pudo predecir que terminaría mal.

»Uno no necesita más evidencia para saber que los carnívoros alcanzaron su independencia. Proliferaron como alimañas hasta ocupar cada espacio. Y consumieron todos los recursos sin medida. Hace veinte mil años encendían su primer fuego. Hoy disparan proyectiles explosivos con cañones electromagnéticos.

La imagen ennegrecida del conflicto en tierra desaparece de mi vista. Quiero bajar y luchar al lado de los Pod.

Mi flor salvavidas avanza sobre la copa de Madre. Ganamos altitud por gracia de la fábrica de gases de invernadero en su ecosistema complejo. El momento de ser héroe se perdió. Me imaginé enseñando a un puñado de Pod lo que aprendí de la guerra en otros mundos. No debo fantasear.

Llegó el momento. Me deslizo entre los pétalos hacia el sépalo y me cuelgo con ambas manos del pedúnculo.

Mi transporte reacciona a la falta de oxígeno y sus pétalos gigantes se curvan ligeramente hacia abajo en un acto reflejo. Mi flor salvavidas se transforma en un paraguas. Ambos subimos cuando faltan al menos cien mil brazadas para llegar al centro del bosque.

Suelto el pedúnculo. Me dejo caer.

***

Foto de jopax_caballero encontrada en Flickr.
https://www.flickr.com/photos/[email protected]/2445284453/

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