El Hogar de Chichi en Espantos Cotidianos

Cuento de terror 👻 ┬źEspantos Cotidianos┬╗

Publicada el 8 de Marzo de 2016.

Este cuento forma parte de la colección Furia de Estrellas.

Es el primer evento público de mi única sobrina y no pude decir que no. Ahora viajamos hacia el centro por avenida Vicuña Mackenna. Protegidas del invierno y con la discografía completa de Bon Jovi a medio volumen.

—¡Pero tiene solo un año! —digo. Trato de no sonar desesperada—. ¿Qué tanto puede hacer la Lily en el escenario si apenas gatea?

—Tranquila, Bruja —dice mi hermana—. No tienes que inventar excusas conmigo. Mientras sigas tomando tus pastillas, todo va salir bien. La enana nos espera en la sala cuna. Cachai que lleva meses practicando.

No le diré que también llevo meses practicando. Pero sin tomar ningún fármaco. Porque conozco la naturaleza de mi padecimiento. Ahora acepto su imposición porque adoro a su Lily. 

Y aquí estoy, en el Nissan Pathfinder full equipo con olor a nuevo de mi hermana. Tibia y cómoda mientras el frío muerde los rostros de los transeúntes. Afuera de esta burbuja de bienestar.

—Y te saliste con la tuya —digo, apreciando el tejido suave del asiento con la punta de mis dedos.

—Es lo que merezco —dice Carolina, que nunca ha sido modesta a pesar de que venimos de una familia pobre—. Marco se convenció cuando le mostré la seguridad para el transporte de niños. Daría cualquier cosa por su hija.

«Incluso comprar un vehículo que cuesta la mitad de lo que vale la casa donde viven», pienso. Me muerdo la lengua para no decir nada. Esa es una señal de que algo no anda bien en mi cabeza y Carolina es experta en orates. Fue ella la que convenció a nuestros padres para que me internaran, cinco años atrás.

—¿Cuánto falta? —digo para cambiar de tema. Estamos a pocas cuadras de Plaza Italia en el centro de Santiago. Y si hay un lugar en el mundo al que no quiero acercarme nunca más en mi vida, es este.

Carolina solo hace un gesto con los labios extendidos. Enciende la luz intermitente para doblar y entramos a un pasaje de adoquines y casas antiguas. Realmente antiguas, de fines del siglo diecinueve. Pillamos un espacio para estacionar en la vereda derecha. Carolina lucha contra el volante y las leyes de la física para estacionar bien su mastodonte. Mi hermana logra ubicar este tanque en precarios treinta y nueve movimientos.

Una seguidilla de escalofríos recorren mi espalda. Me miro las manos y evito hacer contacto visual con los rostros que me observan desde las ventanas del edificio a un costado del camino.

En cada rincón de esta ciudad torturada hay pesadillas y recuerdos horribles. Se almacenan en los revestimientos de yeso y los pisos de parqué. Latentes, algunos activos, la mayoría en un estado de vigilancia pasiva. Muchos edificios reverberan con gritos de los torturados, los despellejados y los devorados. Y aquí estoy, fingiendo frío cuando en realidad me siento aterrada. Y estoy a punto de salir corriendo, como si eso sirviera para algo.

—Llegamos —dice Carolina. Baja del auto. Un chorro de aire frío me abofetea el rostro y las manos descubiertas. Puedo oír los gritos a bajo volumen rebotando entre los muros de hormigón y el suelo de piedra. Por lo general no se entiende lo que dicen, pero estos tienen una voz muy clara y su mensaje me aprieta el corazón. Tanto dolor, tanta desesperación, tanto odio…

Mi puerta se abre de improviso y doy un salto. Es Carolina que a esta altura del día ya no tiene paciencia. Se supone que no estamos atrasadas pero a ella no le gusta llegar tarde.

—¡Voy! —digo e intento sonreír—. Hace tanto frío…

Carolina no dice nada, solo me sonríe de vuelta y espera a que baje de su auto familiar de lujo. Estudio su rostro, sus gestos, su manera de moverse. Nada de lo que hace demuestra alguna sospecha. Tal vez está nerviosa, porque su hija tendrá su primera presentación en público. O tal vez tiene más preocupaciones de las que parecen evidentes. Como las cuotas del dividendo, las del auto y de sus tarjetas de crédito. Y quién sabe qué otra deuda.

Me cuelgo de su brazo y su mirada sorprendida tiene ese brillo de alegría que traen los buenos recuerdos. De cuando éramos cómplices en contra del reinado de los niños del barrio. De cuando confabulábamos para acabar con los privilegios de los que hacían pipí de pie. Su sonrisa irradia una energía hermosa y doy gracias porque todavía me ame, a pesar de todo lo que hice en el pasado.

Avanzamos por un pasaje estrecho que se adentra entre dos edificios muy viejos y altos. Aguanto la respiración. Una cara muy pálida imprime su dolor contra el vidrio de la ventana justo cuando paso debajo de ella.

La mayoría de la gente ni se entera de estas cosas. Un pequeño grupo de privilegiados puede atisbar estos infiernos. Solo una minoría puede ver y sentir lo que yo siento. Percibir en toda su magnitud los horrores residuales y acumulados de la ciudad. Yo soy esa maldita entre cien millones. Aunque debo decir que no todo son espantos y pesadillas. Hay luces también. Pocas, tenues. Y el privilegio de presenciar esa pequeña llama virtuosa hace que esta maldición se transforme en un don. Pero eso no significa que se acabe el miedo y los sobresaltos. 

Hay más ventanas en el pasaje. Cada una alberga una cara distinta. Gesticulan sus pesadillas con la palidez de sus rostros de danzarines butoh. Apuro el paso y arrastro a Carolina. Ella trae esos tacos absurdos y es incapaz de apurarse.

Al final del pasaje está la sala cuna, en el segundo piso de una casona que parece cubierta con una bruma oscura. Siento pánico, pero no es por mí. Mi sobrina está ahí dentro, al igual que otras niñas y niños de menos de dos años. Encerrados en un aura negativa, un escudo miasmático que me hace sentir náuseas.

Carolina toca el timbre y el cerrojo se abre con un chasquido eléctrico. Ella sube primero y la sigo de cerca, sin tocar los muros ni el posa manos. Miro a mi alrededor a la espera de cualquier cosa que me pueda saltar encima. ¿Y qué voy a hacer si algo ocurre? ¿Gritar? Ya sé lo que va a pasar después. Mi hermana se hará cargo de la situación. Nadie me va a creer ni una sola palabra. Regresaré al sanatorio y al dopaje y al electroshock estupidizante. Y Carolina no volverá a dirigirme la palabra otros cinco años.

Llego arriba y lo que veo me deja en shock. Padres y madres conversan y sonríen. Nos saludan, con vasos con jugo en las manos y canapés entrando en sus bocas. Las parvularias caminan con paso apurado de un rincón a otro, las jóvenes y las mayores están vestidas con traje típico de campesinas. Llevan trenzas y zapatos negros lustrados. No hay nada extraño, nada siniestro. Nada que se mueva con su incorporeidad vaporosa entre las personas.

Hay niños también, algunos pequeños y otros mayores, corriendo por el salón. Marco está al fondo con su cara de aburrido habitual. Y cuando ve a Carolina su amor irradia calor a varios metros. Entonces me ve y el calor desaparece, dejando un muro de frío que es casi palpable. Marco me odia, por supuesto.

Miro a mi alrededor. El sonido quejoso de las almas en pena no se escucha. No lo siento. Es como si no existiera. Tal vez esta casa dedicada al cuidado de bebés tiene un hechizo protector. Quizás el amor y la inocencia repelen al dolor que habita en el exterior. O tal vez este lugar me ha curado. Y por escasos segundos vuelvo a sentirme niña. Como en la época cuando las hormonas aún no desataban la maquinaria perceptiva de lo paranormal.

Solo oigo risas de niños. Risas de verdad, no ecos acumulados en paredes y techumbres. Las oigo y mis ojos se llenan de lágrimas. No lo puedo evitar.

Carolina me sorprende y toma mi mano, preocupada. Le devuelvo el apretón con una sonrisa tan grande que me duele la cara.

—Todo está bien —digo y limpio mis lágrimas—. Todo está perfecto.

Le doy unas palmadas en la mejilla y la empujo de vuelta con su marido. Respiro profundo. Me acerco a la ventana para mirar hacia afuera. Y no, claro que no estoy curada. Los rostros en las ventanas siguen allí. Hay cosas que se mueven por las paredes. Medio sumergidas en el concreto. Reptando y sumergiéndose hasta que las veo aparecer junto a mí.

No voy a gritar. Quiero, pero no lo haré. Esta cosa vaporosa de pie a mi lado intenta avanzar, pero algo la empuja. Un viento que la diluye y la repele de regreso al exterior. Oigo su grito furioso, un crujido de piedras bajo el agua. Y desaparece. Ya no está. Miro hacia afuera y veo una mancha pálida en el aire. Desciende como una mota de semillas de diente de león y desaparece a poca distancia.

Nadie más vio lo que acabo de presenciar. Tengo unas ganas tremendas de saltar de alegría. Acabo de descubrir un lugar seguro, un lugar donde yo misma podría hacer mi vida normal sin temor. Muero de ganas de hablar con Carolina y contarle lo que acabo de descubrir. Contárselo de manera que piense que efectivamente descubrí lo que quiero hacer con mi vida.

—Bruja —dice Carolina de pie a mi lado—. Falta poco.

La miro y veo la sospecha. Ahora sí. Pero estoy tan feliz que no me importa. Me cuelgo otra vez de su brazo y caminamos hasta el fondo del salón. Allí hay un pequeño escenario con moais de cartón y palmeras dibujadas con témpera. Los padres y madres se apretujan y casi no puedo ver el escenario, pero no importa. Las tías del jardín traen a los niños en brazos y son una delicia. Con sus trajes de Rapanui sobre pantis y camiseta blanca.

Ahora sí que estoy llorando. Carolina no me quita los ojos de encima. Ni siquiera cuando entra Lily con su vestido de plumas y un tocado adornado con conchas de mar.

—Es preciosa —digo—. Gracias por traerme.

Marco, contra todo pronóstico, me ofrece un pañuelo desechable. Por Dios que lo necesito.

—Estaba pensando —digo mientras las tías terminan los preparativos para el evento—. Que me gustaría retomar los estudios, volver a la universidad. Tal vez…

Detengo mi discurso en seco. 

Algo se mueve junto al escenario. 

Algo con una energía enorme, denso y oscuro, como una nube de tormenta. 

Es una figura humanoide. Con brazos largos. Dedos puntiagudos. Espalda encorvada. Y lo que parece ser un sombrero de copa sobre una cabeza esférica.

—Ya va a comenzar —dice Carolina y desvía su atención al escenario. Lily y otros siete niños están sentados en el suelo. Pequeños y de pancitas redondas. Observan a sus padres con más curiosidad que anhelo. La música inicia, una pieza Rapanui que conozco, «Uru te hami». De inmediato los bebés golpean el suelo al ritmo de los cánticos.

Los espectadores babean al ver a sus hijos ponerse de pie apenas cambia el ritmo de la canción. Los ven a través del lente de alguna cámara o teléfono inteligente. Y los niños bailan dando saltitos en el escenario. Mientras tanto yo observo a la criatura que se mueve y baila junto con los niños. Si no supiera lo que es, podría jurar que está disfrutando del espectáculo.

El horror en mi pecho no se diluye. En cambio aumenta cuando le veo girar su cuerpo repentinamente y se queda mirándome con ojos pequeños. Dos luces tenues en el centro de esa esfera negra que es su cabeza. Doy media vuelta para salir corriendo, pero me detengo en seco. Ante mí veo a otra entidad que trata de ingresar al santuario a través del muro. Y es repelido igual que el anterior.

El baile de los pequeños termina y los padres y madres corren a abrazar a sus hijos. Vuelvo la atención al escenario. Mientras todos celebran de gozo, la cosa oscura da vítores y aplausos silentes. Salta en su lugar y realiza un curioso paso de baile. No muy lejos de él Carolina y Marco parecen bobos haciendo fiesta a Lily. 

—¿Eso era todo? —digo cuando Carolina regresa con su princesa Rapanui en brazos.

—Sí, para eso recorrimos medio Santiago en pleno invierno —dice Carolina—. Para presenciar el nacimiento de una estrella.

En el fondo sé que su orgullo es real y que no está exagerando. Me muerdo la lengua para no burlarme de su instinto maternal y le hago un pequeño cariño a Lily. Prácticamente no me conoce, la he visto por fotos y videos en Facebook. Me mantengo al tanto de todos sus resfríos y vacunas. Que no se diga que soy una tía despreocupada. Pero eso no significa nada para ella.

Carolina me la entrega y Lily se debate con un rechazo inmediato y categórico. Me río de lo obvio, porque me merezco su desprecio.

De reojo veo a la criatura, que va de niño en niño y aplaude. Se mueve como haría un clown feliz, y se despide con lo que parece un beso en la frente de los bebés. Me recorren los escalofríos pero no me muevo cuando llega hasta nosotros. Carolina está hablando de la confección del traje y yo no entiendo nada de lo que dice. Tener a la criatura a menos de un metro de mí es aterrador. Es espeluznante. Mis reacciones fisiológicas ante la presencia de criaturas incorpóreas no mienten. Y en este caso se trata de un ser de pesadilla.

Un ser de pesadilla que protege a los bebés de una sala cuna. No sé qué pensar.

—Chichi —dice Lily con su voz de pajarito y extiende los brazos hacia el ser oscuro. Este aplaude y salta y por apenas un segundo, veo algo que se ilumina en su interior. Una fuerza aún más poderosa que toda su oscuridad.

—Chichi —digo y la criatura me mira de sopetón. Estoy aterrada y al mismo tiempo siento que no tengo nada que temer. Como si la conociera de antes. Una vieja amiga que regresa de un largo viaje.

Miro a Carolina y la veo tensa, con los ojos abiertos al máximo mientras observa a su hija saludar a algo que no está allí. 

La criatura se ilumina con esa calidez interior y extiende una mano para tocarme. Pero se detiene a medio camino. Retrocede un paso y me lanza un beso figurado con su mano negra. Retrocede otro paso. Da media vuelta y se hunde en el muro detrás del escenario. Deja una leve estela de vapor negro que demora en disiparse.

—Chichi —repite Lily con sus brazos pequeños extendidos hacia donde estaba la criatura. Miro a mi hermana y está pálida.

—¡Vámonos! —dice Carolina y sale del salón cargando a Lily. Casi corriendo escaleras abajo. En tacos.

—Eh —dice Marco que no entiende lo que acaba de ocurrir—. Voy a buscar las cosas de la Lily. Nos vemos en el auto.

La entidad sombría, Chichi, no se ve por ninguna parte. Sigo los pasos de mi hermana y la encuentro de pie a un lado del Nissan. Gimotea con la bebé apretujada contra su pecho.

—¿Qué pasó? —pregunto y ella no me mira, solo solloza—. ¡Háblame!

—Chichi —dice ella y su rostro se contrae, pero no irrumpe en llanto—. Dijo Chichi…

—Y eso qué…

—¿Cuándo dejaste de tomar tus pastillas? —dice y siento que el frío a nuestro alrededor se instala en todos mis huesos.

—Llevo tres meses limpia —digo—. Lo lamento. Yo sé que te prometí…

—Cuando eras pequeña —dice Carolina—, una brujita igual de enana que mi Lily, la mamá te traía a esta misma sala cuna. Por eso la traigo acá, la mejor sala cuna de Santiago.

»Tú no te acuerdas, porque estuviste apenas tres meses. A la mamá la echaron de su trabajo y consiguió otro cerca de la casa. Yo estudiaba en el Liceo Uno y me venía caminando todas las tardes a buscarte. Después partíamos en micro a Puente Alto.

Carolina sufre un ataque de llanto y Lily la mira muy seria, sin entender qué ocurre.

—A veces la tía ya había cerrado la puerta —dice Carolina—. Me quedaba en las escaleras abrochando tu chaleco o los cordones. Y tú le decías Chichi a la nada. Chichi, Chichi. Cuando le pregunté a las tías, ellas no tenían ni idea, que lo hacías todo el tiempo y no era con ninguna de ellas.

Lily comienza a llorar. Carolina se da cuenta que hace frío y su hija trae puesto un disfraz delgado. Se apresura en abrir el vehículo y coloca a la niña en su asiento con cinturones y broches. Me subo atrás al lado de Lily. Carolina se sienta de copiloto.

—Lo viste, ¿cierto? —dice Carolina cuando cierra su puerta. Está enojada—. Viste a Chichi. Lo estabas mirando. Igual que Lily. Ella también ve cosas, ¿no es así? Y ven las mismas cosas, las mismas…

No digo que sí. No digo nada. Solo la miro a los ojos, sin miedo a que piense que estoy loca. Y sé que no importa lo que ocurra de ahora en adelante. Mi hermana al fin comprende.

—¿Cómo es esta Chichi? —dice Carolina.

—No quieres saberlo —digo. El recuerdo de esa presencia patente ante mis ojos—. Protege a los niños de otras criaturas malignas. 

Un escalofrío me saca espasmos de epilepsia y Carolina reacciona de la misma manera. Como la mención de cucarachas sobre la piel. Nos reímos con esa risa secreta que es necesario ocultar con una mano. En ese momento sube Marco y se sienta al volante. Él nos observa. Echa a andar el vehículo y comienza a relatar su fabuloso día de trabajo en la imprenta. 

Carolina me mira a ratos por el espejo del copiloto y yo me hago la interesante. Cuchicheo en idioma de bebé con Lily o me hago la dormida. Lily aún no confía en mí. Ya tendremos tiempo para hablar en calma con Carolina. Vendrán días difíciles. Lo lamento por Lily. 

Lo bueno es que tiene a su tía loca para guiarla.

Vamos a estar bien.

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