Cuento de zombies 💀 “La primera muerte”

Forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: niphree.

Est√°bamos hambrientos. Por entre las ventanas tapiadas del segundo piso mir√°bamos a los zombis deambulando, depredadores lentos y raqu√≠ticos en la √ļltima etapa de la infecci√≥n, capaces de mutilarse a s√≠ mismos con tal de tener algo que masticar. Los ve√≠amos persiguiendo perros fam√©licos. Tuvimos un zombi vestido con terno sentado en nuestro antejard√≠n toda una noche, meci√©ndose y canturreando una canci√≥n de moda de cuando yo ten√≠a diez a√Īos. Eran personas como nosotros, incluso en ese estado patol√≥gico eran capaces de conectarse con alguna parte sobreviviente de sus recuerdos.

Habl√°bamos en susurros mientras plane√°bamos un asalto al supermercado. Pap√° no pod√≠a moverse con una pierna enyesada. Mam√° era una in√ļtil al borde de la catatonia. Las gemelas estaban fuera de la ecuaci√≥n. S√≥lo quedaba yo, joven, sano y apetecible, el √ļnico capacitado para hacer la tarea.

Trazamos muchos planes y nos decidimos por el m√°s simple. A primera hora de la ma√Īana me prepar√© para salir, con mi traje de ciclista reforzado para evitar fracturas y mascadas, guantes y botas de milico que compr√© en la ropa usada, m√°s el casco de motociclista que mi padre guardaba como √ļnico tesoro de su juventud, porque el m√≠o se quebr√≥ la √ļltima vez que baj√© de cabeza por unas escaleras cuando intentaba lucirme frente a unas minas del colegio. Me arm√© con un fierro pesado, la mochila a la espalda y desclavamos las tablas de la puerta de atr√°s. Mi bicicleta segu√≠a tirada all√≠ donde la dej√© bajo el sol de la primavera el d√≠a que nos acuartelamos.

Me moví por un costado de la casa y eché a correr por la calle en mi bicicleta, esquivando vehículos atravesados y cuerpos mordisqueados. El olor a cadáver era nauseabundo y el sol arrojaba un primer rayo tímido por sobre la cordillera entre las nubes de moscas.

Encontré decenas de zombis moribundos en el camino, la mayoría apenas podían moverse, los dientes expuestos luego de comerse sus propios labios, rugiendo un alarido que les moría en la garganta seca cuando me veían y no podían alcanzar su desayuno. La enfermedad estaba matando sus cerebros lentamente y en el corto plazo se quedarían quietos, comatosos, y dejarían de respirar.

Pero tambi√©n hab√≠a zombis nuevos, incautos que durante la √ļltima semana salieron a buscar comida o que se dejaron enga√Īar por un infectado que ped√≠a auxilio. Esos reci√©n zombificados todav√≠a pod√≠an razonar, pero lentamente se dejaban llevar por el hambre. Algunos simplemente dejaban de luchar contra el deseo, sabi√©ndose muertos. Y esos eran los peores, r√°pidos, fuertes, despiadados. Aguardaban como animales de caza y sal√≠an de alg√ļn escondite para atraparme, corriendo detr√°s de mi bicicleta y rugiendo su frustraci√≥n. Yo me perd√≠a detr√°s de alguna curva, mir√°ndolos sobre mi hombro mientras sus ojos desorbitados me rogaban por un trozo de carne fresca.

En diez minutos llegu√© a un supermercado grande que no alcanz√≥ a ser totalmente saqueado, tal vez por la presencia de un zombi en su interior durante los primeros d√≠as de p√°nico. Las puertas estaban abiertas y hab√≠a mercader√≠as esparcidas por todas partes. En alg√ļn rinc√≥n del local en penumbras sonaba una radio a pilas a toda potencia, sintonizada en una de las tantas radioemisoras que se conectaban en cadena para mantenernos informados. Todas emit√≠an la misma grabaci√≥n desde hace ocho d√≠as: los pa√≠ses en Europa y Asia estaban desolados, tal vez quedaran personas en localidades aisladas. El eco de esas noticias resonaba en mi cabeza como una pesadilla, en la casa dejamos de escucharla hace d√≠as.

Recorr√≠ en bicicleta los pasillos desordenados, sab√≠a d√≥nde ten√≠a que ir pero la mayor√≠a de los pasadizos estaban obstruidos con estanter√≠as o mercader√≠a apilada o alg√ļn zombi caminando por la zona, incluso vi una anciana que empujaba un carro lleno de detergentes. Demasiado lentos para reaccionar ante mi presencia. Quiz√° el casco les impidiera reconocerme como comida. Llegu√© a la zona de las conservas que era un desastre, tal vez no lograra pasar en bicicleta entre las monta√Īas de latas desperdigadas y un zombi que intentaba salir de debajo de ellas sin mucho entusiasmo.

Armado con el fierro me lanc√© y recog√≠ tantas latas de at√ļn como pude, mirando sobre mi hombro en todas direcciones cada cinco latidos de mi coraz√≥n desbocado. No me import√≥ la marca ni el precio, aunque mam√° esboz√≥ que prefer√≠a las de Robinson Crusoe. Inclu√≠ algunas conservas de pi√Īa y frutillas para las gemelas, palmitos y varias latas con ravioles listos para mi cumplea√Īos, que ser√≠a la semana siguiente. No cab√≠a nada m√°s en la mochila y aunque hubiese podido meter m√°s, mi cuerpo no habr√≠a aguantado el peso.

No hab√≠a ning√ļn zombi persigui√©ndome, as√≠ que respir√© tranquilo por un rato y recorr√≠ con calma el resto del supermercado, no s√© qu√© buscaba y hubiese querido llevarme todo para no tener que salir nunca m√°s a buscar comida. Encontr√© un cart√≥n de cigarrillos, mam√° estar√≠a muy contenta. Recog√≠ dos mu√Īecas nuevas para las gemelas y me alist√© para partir, cuando lo o√≠.

Debajo del eco de la radio y su mensaje en loop, m√°s bajo que los balbuceos de algunos zombis terminales, not√© el llanto de un beb√©. Fue un peque√Īo berreo, habr√≠a pasado inadvertido si no fuera por mi experiencia cuidando a las repetidas. La radio a todo volumen pod√≠a ser un distractor, los zombis llegar√≠an hasta ella y se ir√≠an al no encontrar comida parlante. O pod√≠a ser una trampa. El beb√© deb√≠a estar en otra parte. Segu√≠ recorriendo el supermercado, ah√≠ lo escuch√© otra vez y reconoc√≠ la direcci√≥n, hacia la panader√≠a del local. Me acerqu√© sigiloso, el fierro en alto, y trat√© de abrir la puerta, pero estaba trancada.

‚ÄĒ¬ŅAlguien en casa? ‚ÄĒpregunt√© en un susurro, lo suficiente fuerte para que me oyeran del otro lado. O√≠ al beb√© que estaba all√≠ dentro, gru√Īendo su descontento. Un beb√© vivo y seguramente uno o m√°s adultos con √©l. Pap√° me dar√≠a una paliza por lo que iba a decir, ay Dios‚ÄĒ… Si no est√°n infectados, tengo un refugio seguro y comida…

O√≠ movimiento. Me alej√© de la puerta y esper√©, mientras un zombi lento me miraba desde el final del pasillo de los cereales. La puerta se abri√≥ y del otro lado se asom√≥ una mujer sin labios y ojos desorbitados, cargando a un beb√© peque√Īo de bracitos rosados, bien arropado y para nada desnutrido. Me puse en guardia, pero la mujer no hizo nada para atacarme. Dej√≥ al beb√© en el suelo y lo observ√≥ una vez m√°s, acarici√≥ su carita con manos enguantadas en goma, me mir√≥ con los ojos que parec√≠an furiosos y regres√≥ a su escondite en la panader√≠a, sin despegar la mirada del beb√©.

El zombi de los cereales avanzaba por el pasillo mirando el tentempi√© en el suelo. Recog√≠ al beb√© y me alej√© pedaleando, oyendo los sollozos ahogados de la mujer y la protesta del zombi. Pod√≠a viajar en la bicicleta con el peque√Īo en un brazo y sostener el manubrio y el fierro protector en la otra, ser√≠a lento pero no imposible. Recog√≠ un gran pu√Īado de bolsas y las met√≠ en otra bolsa grande junto con un tarro de leche en polvo. Ya no pod√≠a perder m√°s el tiempo.

El camino de regreso fue terrible. Seguí la misma ruta por la que venía y eso fue un tremendo error. Los zombis depredadores me esperaban, uno alcanzó la rueda trasera con su pierna y me botó de la bicicleta. Caí de espaldas sobre la mochila, el bebé comenzó a llorar y eso llamó la atención del zombi más que cualquier otra cosa. Se lanzó sobre mí y lo recibí con las piernas flectadas, mordió mi pantorrilla por un lado de la canillera y lo empujé a un costado. Con el fierro en mi mano libre le di en el cuello antes que se levantara, su cuerpo saltaba del suelo con espasmos de epiléptico, pero ya no intentó atacarme. A lo lejos vi otros depredadores que corrían a todo pulmón.

La pantorrilla me dol√≠a demasiado, pero no pod√≠a quedarme all√≠. Sub√≠ a mi bicicleta y termin√© la ruta llorando por el dolor muscular. No hab√≠a zombis cerca de mi casa, sino vecinos que intentaban robarme lo que tra√≠a en la mochila. Los reconoc√≠, alguna vez tom√© onces en sus casas, jugu√© con sus hijos, pololi√© con sus hijas, asist√≠ a fiestas y cumplea√Īos. Pero en una situaci√≥n como √©sta no hab√≠a espacio para la caridad, que Dios me perdone.

Dejé la bicicleta en el antejardín y entré a mi casa, perseguido por una horda de personas hambrientas. Papá trancó la puerta y a pesar de su fractura, se las ingenió para clavarla rápidamente antes que los vecinos lograran entrar. Hasta los amenazó con pincharles los ojos con el mismo cuchillo que pinchaba a los zombis.

Saber que personas sanas pod√≠an hacer m√°s da√Īo que un zombi me ten√≠a con pesadillas desde el principio, lo vimos cuando mi padre regreso fracturado. Ahora los vecinos gritaban que les ayud√°ramos, pero en sus miradas ve√≠amos el instinto criminal de alguien que no quiere morir. Al poco rato se dieron por vencidos, cuando varios zombis depredadores aparecieron por la calle alertados con el alboroto.

Mamá estaba boquiabierta por la sorpresa que traía en mis brazos.

‚ÄĒ¬ŅNo que quer√≠as un nieto? ‚ÄĒpregunt√©. Las gemelas estaban fascinadas, ni les import√≥ que les trajera mu√Īecas nuevas o pi√Īas en conserva. Pap√° gru√Ī√≠a con el ce√Īo fruncido, tal vez pensando en la boca extra que alimentar, pero no parec√≠a del todo descontento. Un beb√© en el hogar, un sobreviviente. Un ni√Īo var√≥n de sexo masculino. Cont√© la historia con lujo de detalles, de la madre zombi que no se comi√≥ a su hijo, y dej√© para el final lo peor.

‚ÄĒTengo una mordida.

La alharaca que hicieron… Sab√≠amos que de estar infectado, no se manifestar√≠a de inmediato. A√ļn as√≠ la noticia era un golpe para la familia y mam√° r√°pidamente se llev√≥ a las ni√Īas al segundo piso. Revisamos mi herida, la marca de los dientes era impresionante, amoratada, pero no hab√≠a sangre. En teor√≠a no estaba infectado, pero eso no se pod√≠a saber todav√≠a. As√≠ que establecimos una cuarentena para m√≠, prepar√°ndonos para lo peor. Pap√° no quer√≠a, mam√° casi ni me miraba, las gemelas ten√≠an los ojos llorosos y se escabull√≠an para abrazarme pero yo no las dejaba.

Nos dimos un banquete, ravioles con at√ļn. Mam√° sazon√≥ el de las ni√Īas con pan rallado. En silencio me dije que era mi fiesta de cumplea√Īos adelantada y me aguant√© de llorar. Quer√≠a decir alg√ļn chiste, una t√≠pica broma de zombis en la mesa, pero no se me ocurri√≥ ninguno. Mam√° intentaba no mirarme con sospecha, pero cada vez que me mov√≠a ella saltaba espantada. Era mi funeral. Y sent√≠a la boca rara, en pocas horas ya ten√≠a la saliva espesa y sabor met√°lico en la lengua. Era indiscutible, estaba infectado.

Pensé en salir de la casa y esperar mi suerte en la calle. Sería lo mejor para la familia y para mí. Pero Papá intuyó mis intenciones y me lo prohibió blandiendo un cuchillo, como si sirviera de algo. No estaba dispuesto a perder otro miembro de la familia, me recordó a mis tíos que vivían a diez cuadras, cuando los vimos pasar por fuera con las dentaduras expuestas y los antebrazos masticados. No teníamos más noticia de otros parientes y bien podían estar todos muertos. Si tenía que amarrarme a la cama, lo haría. Accidentado como estaba seguía siendo más grande y más fuerte que yo.

Le hice caso, pero sin ninguna esperanza. √Čl insist√≠a en que en alguna parte alguien estaba trabajando en una cura. Yo intu√≠a lo contrario.

Esa noche la pas√© en mi habitaci√≥n sin dormir. En alg√ļn momento de la madrugada tuve que orinar por una rendija de la ventana, porque la puerta permanec√≠a trancada. Tom√© un cuaderno y mi linterna con d√≠namo y escrib√≠ la experiencia, con la esperanza que las gemelas me recordaran como el hermano que las am√≥ y no como el monstruo que quiz√° se las habr√≠a comido si pudiera. La expresi√≥n de la madre del beb√© rescatado me dec√≠a que s√≠ era posible luchar contra la enfermedad, por lo menos en las primeras etapas.

El d√≠a que sigui√≥ fue soleado y fresco, pero nadie pod√≠a sacarse la cara de culo. Ni siquiera la risa del beb√© nos quitaba de la cabeza que hab√≠a un muerto caminando dentro de la casa, una bomba de tiempo. Hicimos los preparativos, la logia era un lugar bastante seguro, con muros s√≥lidos y puerta de metal. Con el colch√≥n inflable del camping ocupando todo el espacio disponible. Pap√° pod√≠a pasarme agua y comida por una ventana peque√Īa que daba a la cocina. Yo hac√≠a mis necesidades l√≠quidas en un lavamanos y depositaba la caca en bolsas de supermercado.

Me llev√© todos los libros de la casa, las lecturas infantiles de las ni√Īas y los tratados sociol√≥gicos sesudos de mi madre. Pap√° no ten√≠a libros, con suerte le√≠a los textos en la pantalla del televisor. Seg√ļn yo √©stas ser√≠an unas t√≠picas vacaciones de adinerado que dice que va a mochilear a Europa pero en realidad se interna en una cl√≠nica para adictos e intoxicados. Y los libros ser√≠an mi conexi√≥n con el mundo real. Cuando ya no pudiera razonar con las p√°ginas, ser√≠a momento de usar el cuchillo que escond√≠ debajo de la secadora de ropa.

Intent√© relajarme. Las gemelas se sentaban a jugar junto a la puerta y me hac√≠an preguntas, yo no les contestaba o les gru√Ī√≠a que me dejaran tranquilo, no quer√≠a que sufrieran, pero ellas me ignoraban y segu√≠an hablando cosas de ni√Īas, mezclando realidad con ficci√≥n en la aventuras de sus nuevas mu√Īecas, Barbie Zombi Buena y Barbie Angelical sin Aureola.

El primer d√≠a fue aburrido. Por m√°s que intent√© leer, no lograba atender a lo que le√≠a. Durante un periodo muy corto imagin√© que en realidad ten√≠a una gripe mal cuidada, pero luego imaginaba que estaba a punto de convertirme en antrop√≥fago y que faltaba poco para que me comiera mis propios labios. No ten√≠a hambre, s√≥lo sequedad extrema y picaz√≥n en las palmas de las manos. Mi piel palideci√≥ y para la hora de la cena, ten√≠a las u√Īas moradas y los ojos hundidos.

Esa noche tuve pesadillas. La comida se revolvía en mi estómago, vomité cada bocado, un vómito espeso y sanguinolento. Dormí a saltos, despertaba ansioso, tenía unas ganas tremendas de salir, de gritar, pero me contuve dando de cabezazos contra el suelo.

A la ma√Īana siguiente comenz√≥ la ansiedad extrema. Mis pupilas se dilataron al m√°ximo, los colores se ve√≠an irreales, como te√Īidos por un arcoiris constante. Pap√° ven√≠a a hablarme, a contar sus historias de milico con fusil y corvo, o a relatar otra vez el d√≠a que nac√≠. Quer√≠a que se callara pero no pod√≠a hacerle eso, no a √©l. As√≠ que lo dej√© que recapitulara toda su vida, hasta que lleg√≥ la hora de los zombis.

La primera noticia del inicio de la epidemia fue una nota en un peri√≥dico sensacionalista. ‚ÄúLos zombis atacan‚ÄĚ, dec√≠a el peque√Īo titular acerca de una anciana que se alimentaba de murci√©lagos en la selva amaz√≥nica y que mordi√≥ a un turista que luego tuvo un extra√Īo caso de rabia. Una semana despu√©s el mundo entero estaba en cuarentena, en un estado de conmoci√≥n que s√≥lo crec√≠a. Nadie pod√≠a salir de sus hogares, si ten√≠a hambre o sed y no quedaban alimentos ni agua potable, ten√≠a que salir a saquear un supermercado o la casa del vecino. O√≠amos disparos en todo momento.

Los zombis merodeaban en cada rinc√≥n de la ciudad, millones de ellos deambulando por las zonas pobladas, los patios y las habitaciones de las casas abandonadas, buscando alg√ļn hueso que roer. Tragaban todo lo que pod√≠an sin saciar jam√°s su hambre, la mayor√≠a mor√≠an intoxicados o con un hueso atravesado en la garganta. Los zombis representaban eran un peligro para s√≠ mismos, pero a nadie le importaba.

Mi padre con su entrenamiento del servicio militar durante los a√Īos en que estuvimos a punto de ir a guerra con Argentina, y su panza de camionero bueno para la parrillada que seg√ļn √©l era una reserva para tiempos como √©ste, se fractur√≥ la pierna derecha durante los saqueos al supermercado del barrio antes que lo incendiaran sus propios due√Īos. Alcanz√≥ a que lo atendieran en una ambulancia precaria antes que se decretara el estado de sitio. Desde entonces tra√≠a un yeso lleno de dibujos e historias de princesas y descansaba su robustez en el sill√≥n del living, con varios cuchillos a mano y algunos palos y fierros en caso que alg√ļn zombi intentara colarse.

Mamá parecía un cadáver ambulante y si alguien la hubiera visto por la calle habrían escapado en el acto o le habrían dado un tiro en la cabeza. No le quedaban fuerzas para gritar y tenía ojeras hinchadas y la piel pálida. Teníamos que obligarla a comer, mis hermanas hacían el juego del avión y a veces funcionaba, otras veces rompía en llanto o simplemente nos gritaba sin decir nada.

Mis hermanas eran unas princesas gemelas de cabellera larga casta√Īa y ojos inquisidores, que se peinaban y maquillaban frente a un trozo de espejo y jugaban a que sus mu√Īecas eran hero√≠nas aniquiladoras de muertos vivientes, ahora Barbie Slayer y Barbie Motosierra.

Yo me la pasaba mirando el techo de mi habitación, o recordando canciones y escribiéndolas en mis cuadernos del colegio, o jugando con las gemelas, o ayudando a Mamá en lo que pidiera, que no era mucho, o encargándome de la mierda que dejábamos el bolsas de supermercado que ya comenzaban a acabarse.

En la casa s√≥lo quedaba arroz. Las latas de at√ļn y jurel se acabaron. Nos tomamos el aceite a sorbos. Mam√° encontr√≥ una bolsa sellada con pan rallado, para las ni√Īas cuando ya no quedara nada. Y el arroz se termin√≥ a la tercera semana de acuartelamiento. Las gemelas ya no preguntaban qu√© hab√≠a para comer, porque conoc√≠an la respuesta. Sin luz ni agua potable, est√°bamos perdidos. As√≠ se nos ocurri√≥ que alguien ten√≠a que salir a asaltar un supermercado. Encontr√© una guagua y me mordi√≥ un zombi. Y aqu√≠ estoy, encerrado, escuchando historias a√Īejas de combates que no fueron tan fascinantes como las relatan.

Al caer la noche me sentía espeso. No sé cómo describirlo, era similar a la sensación que queda después de haber pasado todo el día en la piscina, pero sin frío. Lentamente perdí la sensación de tacto en las manos y luego en casi todo el cuerpo, era como estar anestesiado, algo se siente pero no está claro qué.

No pod√≠a cerrar los ojos por m√°s de cinco segundos. Ni hablar de dormir. Mi cabeza corr√≠a a mil kil√≥metros por hora, no pod√≠a concentrarme en nada pero s√≠ pod√≠a pensar varios temas al mismo tiempo, las ecuaciones en los libros de matem√°tica se resolv√≠an solas, los recuerdos de mi vida entera ten√≠an calidad de DVD. Creo que eso fue lo √ļnico positivo, la sensaci√≥n cierta de ser m√°s inteligente, aunque durara apenas un d√≠a. No serv√≠a de nada ser inteligente si en poco tiempo ser√≠a un troll.

Ya no escuchaba a Pap√° ni a las chicas. Me dediqu√© a gemir. Creo que me sent√≠a mal, pero no sent√≠a nada, no lo recuerdo. Todo se volvi√≥ difuso. Ya no recib√≠a la comida que me ofrec√≠an por la ventana, no ten√≠a ning√ļn inter√©s, no sent√≠a olores ni sabores. No sab√≠a si era de d√≠a o de noche.

Comenc√© a mordisquearme los labios, levemente al principio, como en la √©poca de ex√°menes cuando terminaba con heridas nerviosas. Y en cosa de pocas horas me los estaba mordiendo de verdad, con fuerza, sin sentir dolor. Miraba mis manos ensangrentadas, las lam√≠a, un extra√Īo sabor impregnaba mis papilas gustativas. No era delicioso, ni siquiera s√© c√≥mo describirlo, pero me ten√≠a desesperado. Era el sabor de mi propia carne. Y lo disfrut√©.

Y as√≠ acab√© como cuaquier zombi, sin labios, gimiendo mi verg√ľenza. No sangr√© demasiado, las heridas de mi boca cicatrizaron casi de inmediato. Entonces record√© el cuchillo. Lo busqu√© y no estaba. Enloquec√≠, di vuelta todo, mis fuerzas me abandonaban pero a√ļn as√≠ me las ingeni√© para hacer pedazos el colch√≥n inflable.

Papá me observaba desde la ventana, sus ojos llenos de lágrimas, pero firme. Alguien le hablaba y él respondía. Yo entendía perfectamente, pero es como si los significados hubiesen dejado de ser importantes. Sabía que en pocos días sería un imbécil. Y en algunas semanas estaría muerto. No me quedaba orgullo, no sin mis labios.

Me comí la lengua hasta donde era posible. Ya pensaba en comerme la carne de la palma de mis manos, debajo de mis pulgares, cuando Papá abrió la puerta.

‚ÄĒDe pie ‚ÄĒme dijo y sent√≠ un p√°nico asfixiante. No por miedo a que me hiciera algo, sino por terror a que yo intentara hacerle algo a √©l, a mi padre, a mis hermanas… Las gemelas estaban detr√°s de √©l y fue como si me ofrecieran agua en el desierto. Me vi masticando sus rostros peque√Īos. Viv√≠ la experiencia incluso sin hacerlo, una y otra vez, y dese√© morir de inmediato, que me mataran o tendr√≠a que matarlos yo. En qu√© estar√≠an pensando al entrar as√≠ a la celda de un zombi hambriento.

‚ÄĒExtiende tu mano ‚ÄĒdijo Papa con su voz marcial. Cuando ni√Īo le tem√≠a. Ya de grande me importaba una raja, pero sab√≠a que si le desobedec√≠a recibir√≠a una palmada de su mano pesada como un ladrillo. Algo de eso me hizo obedecer, porque mucha raz√≥n no me quedaba a esa altura, no con las gemelas all√≠. Las mir√© una vez m√°s… y sonre√≠an. Extend√≠ mi mano y recib√≠ mi obsequio de cumplea√Īos.

Ara√Īas. Ara√Īas vivas, pero les hab√≠an cortado las patas.

‚ÄĒHaz que te piquen ‚ÄĒdijo Pap√°. Creo que me pas√© demasiados segundos mir√°ndolo, perplejo. Si de verdad quer√≠a que muriera, √©sa iba a ser una muerte lenta‚ÄĒ. ¬°Hazlo! Por favor, conf√≠a en nosotros.

Las gemelas sonre√≠an. Pap√° no ten√≠a ni una pizca de miedo, confiaba plenamente en m√≠. En su hijo zombi. Apret√© las ara√Īas contra mi antebrazo, supongo que me picaron porque inmediatamente sent√≠ un cosquilleo. Nos quedamos as√≠, observ√°ndonos mutuamente por no s√© cu√°nto tiempo. Tal vez esperaban que dijera algo, pero no pod√≠a, no sin labios ni lengua. Pas√≥ un minuto, luego otro, y segu√≠amos mir√°ndonos.

‚ÄĒ¬ŅYa no nos quieres comer? ‚ÄĒpregunt√≥ Pap√° y fue como si me echaran un balde de agua helada encima. En mi antebrazo se dibujaba una roncha ennegrecida y a su alrededor la sensibilidad regresaba con un cosquilleo agradable. Mir√© las ara√Īas machucadas y me las ech√© a la boca. Creo que re√≠, mi cerebro comenzaba a reaccionar como si despertara despu√©s de una noche de juerga descomunal. Volv√≠a a ser yo, minuto tras minuto dejaba de ser un zombi.

Abrac√© a Pap√° y de verdad no quise morderlo. Estaba tan feliz… me agach√© para abrazar a las repetidas y vi sus sonrisas, sin labios. Mis princesas, convertidas en zombis. Todav√≠a se ve√≠a en sus bracitos las marcas que dejaron las cuerdas con las que las amarraron a sus camas. Me abrazaron, me mostraron sus lenguas, al menos algo no se hab√≠a perdido, y rieron. Sus risas eran como campanas de Navidad.

Papá y las gemelas me condujeron a la sala. Allí Mamá, sin labios la pobre, ni siquiera para fumar, mecía al bebé, una criatura delgada, casi cadavérica, que tomaba leche de su mamadera.

‚ÄĒ√Čl nos contagi√≥ ‚ÄĒdijo Pap√° sin una pizca de rencor. Lo mir√©, alto y fornido como siempre, ahora sin su panza de camionero y apenas cojeaba. Ten√≠a las pupilas dilatadas del infectado pero manten√≠a sus labios intactos. De hecho estaba m√°s delgado y se ve√≠a como el Rambo que recuerdo de ni√Īo.

Quise preguntar c√≥mo se dieron cuenta. Hice la m√≠mica, una ara√Īa caminando sobre la cabeza de las gemelas. Y Pap√° s√≥lo apunt√≥ a la radio a pilas, destartalada pero a√ļn funcionando, ahora con el volumen bajo para no despertar al beb√©.

‚ÄĒ…ara√Īas de rinc√≥n, la toxina de su picadura ha demostrado tener una eficacia casi inmediata contra los efectos del virus. Puede encontrarlas en lugares oscuros, entre medio de cachureos en el patio, debajo de la cama y detr√°s del armario, donde sea que guarde cosas que no ha movido durante a√Īos, all√≠ est√°n. Basta con la picada de una sola… ¬°La cura existe! Y es algo tan simple como las ara√Īas de rinc√≥n, la toxina de su picadura…

Nos pusimos a saltar en la sala y despertamos al bebé. Pobre criatura afortunada.

Pasar√≠an varias semanas antes que pudi√©ramos salir a la calle. La picada de una ara√Īa nos daba suficiente toxina para una semana y √©ramos una familia grande. La piel al rededor de la picadura se ca√≠a como cera y ten√≠amos que hacer curaciones diarias, pero san√°bamos pronto, demasiado r√°pido. Pap√° comenz√≥ a hablar del uso militar del virus zombi, que ahora todo ten√≠a sentido.

Salimos a cazar ara√Īas al patio y las casas deshabitadas de los alrededores, hasta nos vimos obligados a pelear con algunos zombis, de los pocos que quedaban. La situaci√≥n nos parec√≠a casi rid√≠cula, nos sent√≠amos poderosos, invencibles. No pod√≠an contagiarnos porque ya est√°bamos contagiados. √Čramos m√°s r√°pidos y m√°s inteligentes. Despu√©s de un mes encerrados, rodeados de muerte y miseria, era natural que nos sinti√©ramos euf√≥ricos.

Nuestros vecinos nos tem√≠an. C√≥mo no. Nosotros hac√≠amos un gesto de pulgares en alto y rog√°bamos a Dios por que no hubiera ning√ļn chiflado con una escopeta. Con Pap√° sal√≠amos en bicicleta, su pierna ya estaba curada y el ejercicio le hac√≠a bien. Recorr√≠amos el barrio en busca de v√≠veres y ara√Īas. De paso aniquil√°bamos a los zombis terminales, ya intentamos una vez recuperar a uno con picadas de ara√Īa, pero el resultado fue penoso, el pobre estaba mejor muerto. Un fuerte golpe en la nuca o en la tr√°quea era suficiente, era lo m√°s piadoso que pod√≠amos hacer por ellos. Y cuando nos persegu√≠a alg√ļn zombi vigoroso, le lanz√°bamos encima una red de tenis y lo inmoviliz√°bamos en el piso para darle una dosis de ara√Īas. Apenas ve√≠amos una mejora lo dej√°bamos con su estupefacci√≥n e instrucciones para que buscara sus propios bichos.

√Čse fue el comienzo de los mejores a√Īos de mi vida.

Cuento de zombies 💀 el caf√© de media tarde

Este cuento fue publicado en la colecci√≥n En la Sangre y forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: J. Antonio Marchán

Bajamos al Starbucks que está en la esquina de en frente, anhelando los placeres que promueve el olor del café a esa hora de la tarde en que la modorra se instala sobre nuestras cejas. Es un rito diario que no queremos eludir. Y aprovechamos de escapar del horno abrumador al que nos someten los ancianos friolentos del piso, que se la pasan con el aire acondicionado a 28 grados Celsius mientras los jóvenes nos freímos en nuestra propia manteca.

Cruzamos la calle y Armando ríe de un chiste que todavía no logra contar completo, Magnolia empolva su nariz y yo acomodo la mascarilla bajo mi nariz para ocultar esta sonrisa permanente. Es más un gesto de buena educación que una obligación sanitaria, todavía hay gente que se espanta.

Fuera del local un indigente nos observa pasar con sus ojos desorbitados y la boca sin labios, abierta y jadeante. El hombre huele mal, a meados y pelo quemado, y parece que no se cambia esa ropa desde hace meses. Hago que mis compa√Īeros de oficina entren primero al Starbucks, sin perder de vista al sujeto y cierro la puerta de vidrio a mis espaldas.

El pordiosero nos persigue con su mirada ansiosa hasta que una ejecutiva de minifalda y tacón pasa frente al local y le hace perder su interés en nosotros.

‚ÄĒHay un hambriento ah√≠ afuera ‚ÄĒdigo y veo de reojo a varios tipos de piel gris en el interior del local con sus mascarillas abajo, bebiendo despreocupados sus caf√©s con ayuda de bombillas. Me miran un segundo, se encogen de hombros y siguen en sus conversaciones llenas de chasquidos y gorjeos.

‚ÄĒYa llamamos al escuadr√≥n hace cinco minutos ‚ÄĒdice una chica regordeta y sonriente detr√°s del mostrador‚ÄĒ. ¬ŅQu√© desea beber hoy, don Samuel?

¬ŅElla sabe mi nombre? Por m√°s que lo intento no puedo recordar el suyo… Lo tiene anotado en una chapita sobre su coraz√≥n. Amanda.

‚ÄĒHola Amanda, quiero un cortado grande y agrega chips de chicharr√≥n, por favor.

La joven asiente y completa mi pedido en su terminal. Armando, que sigue riendo de su chiste inconcluso, pide un mocaccino y Magnolia un chocolate con crema, mirando cada cinco segundos sobre su hombro al indigente que ahora nos observa desde el ventanal, con su boca horrenda pegada contra el vidrio que le hace parecer una lamprea con mal aseo.

‚ÄĒSu cara me es conocida ‚ÄĒdice ella entornando los ojos‚ÄĒ. Si lo imagino con labios y sin barba, se parece a Mario Sparrow.

‚ÄĒ¬ŅEl que descubri√≥ la cura? ‚ÄĒdice Armando acerc√°ndose al ventanal, indiferente al peligro‚ÄĒ. El pobre ya se hab√≠a comido a su esposa cuando descubri√≥ la soluci√≥n al problema. Por suerte no alcanz√≥ a comerse al ni√Īo…

‚ÄĒLe comi√≥ un brazo ‚ÄĒdice Magnolia, contrariada‚ÄĒ. Y as√≠ y todo le dieron el Nobel, no digo que no lo mereciera, pero el tipo atend√≠a una ferreter√≠a. El hijo lo demand√≥ y eso qued√≥ en nada despu√©s de la amnist√≠a.

‚ÄĒHay un rumor que dice que fue √©l quien invent√≥ el virus ‚ÄĒdigo y todos en el local me miran‚ÄĒ, aunque es s√≥lo un rumor. Tambi√©n dicen que alguien tuvo sexo con un cad√°ver… cosas que inventa la gente.

Armando regresa al mesón cuando llega su café. Magnolia recibe el suyo y yo me quito la mascarilla para saborear el mío. Pido una bombilla y un babero, porque no importa cuánto cuidado ponga en tragar, siempre se cae algo.

‚ÄĒEste tipo parece que est√° en la etapa cuatro ‚ÄĒcomenta alguien a nuestra espalda, refiri√©ndose al indigente que camina hacia la puerta del local‚ÄĒ. ¬ŅLo dejamos entrar?

Es obvio lo que va a ocurrir. Si realmente está en la etapa cuatro de la infección, ya perdió su capacidad de controlar el hambre y pronto saltará sobre cualquiera. La toxina liberada por el virus en su cerebro excede el límite y si no se le trata pronto, sus células gliares morirán, en algunas semanas todo su sistema nervioso correrá la misma suerte y en el intertanto atacará cualquier cosa viva para saciar un hambre que no puede ser saciada.

Voy hacia la puerta y en vez de trancar el pestillo, la abro y le entrego mi café. Los trozos de cadáver humano fritos, importados desde China o quizá de la India, esparcidos sobre la crema igual que los chips de chocolate, inmediatamente llaman su atención. Me mira, recibe el café y comienza a engullir, perdiendo más de la mitad del brebaje que se escurre por su pecho.

‚ÄĒBien pensado ‚ÄĒdice la misma persona que nos alertara antes. Le miro y veo a nuestro jefe, M√°ximo Za√Īartu, tan alto como yo, de ojos hundidos en un rostro gris marcado por cicatrices de rasgu√Īos.

A diferencia de muchos de los que sucumbimos a la infecci√≥n, √©l mantiene sus labios intactos. En la desesperaci√≥n de la primera hambre durante la epidemia, prefiri√≥ comerse el exceso de pellejo y grasa que le colgaba del est√≥mago antes que perder la capacidad de besar a su mujer, un rom√°ntico incluso en el atardecer del Apocalipsis. Su familia le acompa√Ī√≥ a pesar de todo, incluso su esposa estuvo dispuesta a donarle los me√Īiques cuando se acabara el pellejo, pero no fue necesario. Sparrow hab√≠a encontrado la soluci√≥n luego que intentara suicidarse con picadas de ara√Īas que deambulaban en su ferreter√≠a. La neurotoxina, en vez de matarle, actu√≥ sobre su sistema nervioso contrarrestando la propia toxina del virus, le devolvi√≥ la cordura y disminuy√≥ su hambre. La noticia se difundi√≥ en menos de un d√≠a, aunque la cura no lleg√≥ a tiempo a algunos rincones del planeta donde no tienen el mismo tipo de ara√Īas ponzo√Īosas.

‚ÄĒHola jefecito ‚ÄĒdigo y estrecho su mano. Me coloco la mascarilla y hago un gesto a Magnolia y Armando para que se acerquen.

‚ÄĒD√©jame que te invite una crema de m√©dula, debes estar hambriento ‚ÄĒbromea M√°ximo y todos re√≠mos. Es el jefe‚ÄĒ. Escuch√© lo que dec√≠an antes. No se parece en nada a Sparrow, √©l se suicid√≥ hace a√Īos. M√≠ralo, recogiendo lo que cay√≥ al suelo. Pasar hambre es una sensaci√≥n tremenda, seas un hambriento o no. Y √©l parece que no recibe su vacuna desde hace un buen rato.

En ese momento llega un furgón blindado frente al Starbucks. Se abren sus compuertas a un costado y descienden dos grises corpulentos, cubiertos con armaduras y portando varas electrificadas.

El ingente los ve y el pánico se plasma en su rostro sin labios. Levanta las manos y se acerca al vehículo voluntariamente, sube y se sienta. Un enfermero, también vestido con armadura, le toma una muestra de sangre con un pinchazo de un dedo y la analiza en la computadora. En menos de un minuto se quita el casco y le da una palmada al indigente en el brazo, sonriendo. Lo despide con una barra de carne seca y manteca.

‚ÄĒMe siento culpable ‚ÄĒdigo y es la verdad‚ÄĒ. Pens√© que nos quer√≠a comer.

Armando se ríe de mí, estoy seguro que reirá por horas. Y Magnolia ajusta su escote, sonriendo siempre con ese gesto somnoliento que usa para conquistar. Máximo le sonríe de vuelta y desde mi lugar privilegiado veo que hace girar la argolla de matrimonio en su dedo.

Salimos los cuatro del local. El pordiosero me mira con sus ojos de huevo duro y hace un gesto con la mano mientras mastica lentamente su premio. Le devuelvo el gesto y me marcho cabizbajo, paladeando la crema de médula que me invitó el jefe.
Es el producto m√°s caro.