Cuento de zombies 💀 el café de media tarde

Este cuento fue publicado en la colección En la Sangre y forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: J. Antonio Marchán

Bajamos al Starbucks que está en la esquina de en frente, anhelando los placeres que promueve el olor del café a esa hora de la tarde en que la modorra se instala sobre nuestras cejas. Es un rito diario que no queremos eludir. Y aprovechamos de escapar del horno abrumador al que nos someten los ancianos friolentos del piso, que se la pasan con el aire acondicionado a 28 grados Celsius mientras los jóvenes nos freímos en nuestra propia manteca.

Cruzamos la calle y Armando ríe de un chiste que todavía no logra contar completo, Magnolia empolva su nariz y yo acomodo la mascarilla bajo mi nariz para ocultar esta sonrisa permanente. Es más un gesto de buena educación que una obligación sanitaria, todavía hay gente que se espanta.

Fuera del local un indigente nos observa pasar con sus ojos desorbitados y la boca sin labios, abierta y jadeante. El hombre huele mal, a meados y pelo quemado, y parece que no se cambia esa ropa desde hace meses. Hago que mis compañeros de oficina entren primero al Starbucks, sin perder de vista al sujeto y cierro la puerta de vidrio a mis espaldas.

El pordiosero nos persigue con su mirada ansiosa hasta que una ejecutiva de minifalda y tacón pasa frente al local y le hace perder su interés en nosotros.

—Hay un hambriento ahí afuera —digo y veo de reojo a varios tipos de piel gris en el interior del local con sus mascarillas abajo, bebiendo despreocupados sus cafés con ayuda de bombillas. Me miran un segundo, se encogen de hombros y siguen en sus conversaciones llenas de chasquidos y gorjeos.

—Ya llamamos al escuadrón hace cinco minutos —dice una chica regordeta y sonriente detrás del mostrador—. ¿Qué desea beber hoy, don Samuel?

¿Ella sabe mi nombre? Por más que lo intento no puedo recordar el suyo… Lo tiene anotado en una chapita sobre su corazón. Amanda.

—Hola Amanda, quiero un cortado grande y agrega chips de chicharrón, por favor.

La joven asiente y completa mi pedido en su terminal. Armando, que sigue riendo de su chiste inconcluso, pide un mocaccino y Magnolia un chocolate con crema, mirando cada cinco segundos sobre su hombro al indigente que ahora nos observa desde el ventanal, con su boca horrenda pegada contra el vidrio que le hace parecer una lamprea con mal aseo.

—Su cara me es conocida —dice ella entornando los ojos—. Si lo imagino con labios y sin barba, se parece a Mario Sparrow.

—¿El que descubrió la cura? —dice Armando acercándose al ventanal, indiferente al peligro—. El pobre ya se había comido a su esposa cuando descubrió la solución al problema. Por suerte no alcanzó a comerse al niño…

—Le comió un brazo —dice Magnolia, contrariada—. Y así y todo le dieron el Nobel, no digo que no lo mereciera, pero el tipo atendía una ferretería. El hijo lo demandó y eso quedó en nada después de la amnistía.

—Hay un rumor que dice que fue él quien inventó el virus —digo y todos en el local me miran—, aunque es sólo un rumor. También dicen que alguien tuvo sexo con un cadáver… cosas que inventa la gente.

Armando regresa al mesón cuando llega su café. Magnolia recibe el suyo y yo me quito la mascarilla para saborear el mío. Pido una bombilla y un babero, porque no importa cuánto cuidado ponga en tragar, siempre se cae algo.

—Este tipo parece que está en la etapa cuatro —comenta alguien a nuestra espalda, refiriéndose al indigente que camina hacia la puerta del local—. ¿Lo dejamos entrar?

Es obvio lo que va a ocurrir. Si realmente está en la etapa cuatro de la infección, ya perdió su capacidad de controlar el hambre y pronto saltará sobre cualquiera. La toxina liberada por el virus en su cerebro excede el límite y si no se le trata pronto, sus células gliares morirán, en algunas semanas todo su sistema nervioso correrá la misma suerte y en el intertanto atacará cualquier cosa viva para saciar un hambre que no puede ser saciada.

Voy hacia la puerta y en vez de trancar el pestillo, la abro y le entrego mi café. Los trozos de cadáver humano fritos, importados desde China o quizá de la India, esparcidos sobre la crema igual que los chips de chocolate, inmediatamente llaman su atención. Me mira, recibe el café y comienza a engullir, perdiendo más de la mitad del brebaje que se escurre por su pecho.

—Bien pensado —dice la misma persona que nos alertara antes. Le miro y veo a nuestro jefe, Máximo Zañartu, tan alto como yo, de ojos hundidos en un rostro gris marcado por cicatrices de rasguños.

A diferencia de muchos de los que sucumbimos a la infección, él mantiene sus labios intactos. En la desesperación de la primera hambre durante la epidemia, prefirió comerse el exceso de pellejo y grasa que le colgaba del estómago antes que perder la capacidad de besar a su mujer, un romántico incluso en el atardecer del Apocalipsis. Su familia le acompañó a pesar de todo, incluso su esposa estuvo dispuesta a donarle los meñiques cuando se acabara el pellejo, pero no fue necesario. Sparrow había encontrado la solución luego que intentara suicidarse con picadas de arañas que deambulaban en su ferretería. La neurotoxina, en vez de matarle, actuó sobre su sistema nervioso contrarrestando la propia toxina del virus, le devolvió la cordura y disminuyó su hambre. La noticia se difundió en menos de un día, aunque la cura no llegó a tiempo a algunos rincones del planeta donde no tienen el mismo tipo de arañas ponzoñosas.

—Hola jefecito —digo y estrecho su mano. Me coloco la mascarilla y hago un gesto a Magnolia y Armando para que se acerquen.

—Déjame que te invite una crema de médula, debes estar hambriento —bromea Máximo y todos reímos. Es el jefe—. Escuché lo que decían antes. No se parece en nada a Sparrow, él se suicidó hace años. Míralo, recogiendo lo que cayó al suelo. Pasar hambre es una sensación tremenda, seas un hambriento o no. Y él parece que no recibe su vacuna desde hace un buen rato.

En ese momento llega un furgón blindado frente al Starbucks. Se abren sus compuertas a un costado y descienden dos grises corpulentos, cubiertos con armaduras y portando varas electrificadas.

El ingente los ve y el pánico se plasma en su rostro sin labios. Levanta las manos y se acerca al vehículo voluntariamente, sube y se sienta. Un enfermero, también vestido con armadura, le toma una muestra de sangre con un pinchazo de un dedo y la analiza en la computadora. En menos de un minuto se quita el casco y le da una palmada al indigente en el brazo, sonriendo. Lo despide con una barra de carne seca y manteca.

—Me siento culpable —digo y es la verdad—. Pensé que nos quería comer.

Armando se ríe de mí, estoy seguro que reirá por horas. Y Magnolia ajusta su escote, sonriendo siempre con ese gesto somnoliento que usa para conquistar. Máximo le sonríe de vuelta y desde mi lugar privilegiado veo que hace girar la argolla de matrimonio en su dedo.

Salimos los cuatro del local. El pordiosero me mira con sus ojos de huevo duro y hace un gesto con la mano mientras mastica lentamente su premio. Le devuelvo el gesto y me marcho cabizbajo, paladeando la crema de médula que me invitó el jefe.
Es el producto más caro.