Fanfiction ☕ Elia la Reina Sith

Fanfiction: Elia la Reina Sith

En la choza el humo hac√≠a llorar los ojos. El hechicero saltaba. Las peque√Īas calaveras rellenas con semillas hac√≠an un llamado al sue√Īo de muerte. ¬ęDeja el miedo en la lluvia¬Ľ cantaba arrastrando las guturales. ¬ęOlvida, d√©jalo ir. Recuerda la cosecha. Recuerda el olor de la carne al fuego. Recuerda a tu pueblo que danza la primera noche del largo d√≠a sin sol. Tu lugar est√° aqu√≠ con tus hermanos y hermanas. Deja el miedo en la lluvia¬Ľ. As√≠ segu√≠a una y otra vez.

Todos en el clan estaban consternados. Era la tercera vez que se practicaba la ceremonia. Elia seguía tendida en la jaula, con los ojos abiertos, inexistente.

Su danza de muerte comenzó cuando era apenas una mota de pelos que clamaba por leche. Las hermanas de su madre muerta cumplían bien la labor de sustitutas. Su leche no era distinta, eran la misma sangre, el mismo clan. Una sola familia. Pero Elia las rechazaba siempre, hasta que el hambre la vencía.

Mala se√Īal. El hechicero lo sab√≠a. Una cachorra no deber√≠a rechazar el pez√≥n que le trae comida. S√≥lo en los momentos que estaba en brazos de su hermano parec√≠a tranquila.

Mala se√Īal. Una cachorra no deber√≠a criarse en los brazos de un macho.

Elia era la √ļnica sobreviviente del parto. La madre, Marci, hab√≠a logrado s√≥lo un cachorro vivo en cada camada. Sag√ļ era el mayor, luego le segu√≠an Parso y Devi. Los tres hab√≠an sufrido terribles heridas en sus b√ļsquedas de aventura en el suelo del bosque.

Mala se√Īal. Un macho responsable s√≥lo piensa en el bienestar de su clan y su familia. Un macho responsable aprende de los errores de los dem√°s. De ellos s√≥lo Sag√ļ sobrevivi√≥ para convertirse en adulto. Y tras la muerte de Marci tom√≥ la decisi√≥n m√°s est√ļpida, hacerse cargo de la cr√≠a.

Hab√≠a algo malo en sus esp√≠ritus. Segu√≠an las reglas del clan. Pero en sus ojos pod√≠a verse el descontento, una mirada que pretende ver m√°s all√° de las copas de los √°rboles. El hechicero lo sab√≠a, la respuesta rug√≠a en sus entra√Īas: estaban malditos.

El clan no los rechazaba. Hab√≠a una ense√Īanza ah√≠. Eran el error que nadie deb√≠a cometer. El hechicero ten√≠a raz√≥n, se deb√≠a hacer todo lo posible por ayudar a Elia. Su esp√≠ritu se lo exig√≠a. Era el resultado de su propia semilla y Marci hab√≠a sido una buena compa√Īera, como muchas otras.

Elia creci√≥ a la sombra se Sag√ļ. No era una hembra como las dem√°s y las hermanas de su madre le negaban el consejo. Los cachorros la buscaban para jugar en la choza m√°s alta. So√Īaban m√°s de la cuenta al o√≠r sus historias de lugares imposibles y criaturas que ning√ļn ojo ha visto jam√°s. Las madres del clan viv√≠an preocupadas, Elia no pod√≠a saber cosas que nadie le hab√≠a ense√Īado. Por eso recurrieron al hechicero. Se exigi√≥ la ceremonia destinada a los guerreros dementes que han visto demasiada muerte. No conoc√≠an otra manera.

Sag√ļ se negaba. S√≥lo Daso, el jefe del clan, pudo hacer que entrara en raz√≥n. Elia deb√≠a olvidar lo que no pod√≠a saber. S√≥lo entonces Sag√ļ puso a la peque√Īa en las manos del hechicero y ella sonre√≠a como si se tratase de un juego.

Grandes rocas con forma de punta de flecha volaban por el firmamento. Hilos de fuego destru√≠an otras rocas m√°s peque√Īas. Criaturas sin pelo viviendo dentro de las rocas voladoras. Depredadores, cazadores y ganado comiendo del mismo plato. De estas cosas habl√≥ la peque√Īa con su lenguaje limitado. El hechicero hab√≠a o√≠do de su maestro una historia similar, muy antigua, y que nadie m√°s conoc√≠a. Una antigua guerra librada no muy lejos de aqu√≠.

Elia debía olvidar.

Luego de la ceremonia pareció cambiar. Elia ya no hablaba de esas cosas. Las madres estaban tranquilas. Sus tías le daban consejo. Ella aprendía las labores naturales de toda hembra. Aunque su actitud era distinta al resto, no parecía haber motivo de preocupación.

Entonces vino el largo día sin sol, el tiempo en que la gran esfera en el cielo eclipsa la fuente de vida y se inicia el invierno. Elia, como todas las hembras nacidas en el ciclo anterior, había criado nuevo pelaje. En su mirada brillaba el conocimiento antiguo de reverencia a lo desconocido.

Esa primera noche bail√≥. Fue una experiencia aterradora. Sus pies no se mov√≠an como los del resto, arriba y abajo. Sac√≥ astillas de la plataforma. Sus brazos hac√≠an gestos graciosos, circulares, dando golpes a sus compa√Īeras de baile. Su rostro era una piedra sin expresi√≥n. Los ojos en blanco, la espalda curvada con cada inspiraci√≥n.

Nadie más bailó. El ritual se había manchado con locura y sangre de sus pies heridos. Los ancianos clamaron por su destierro. Las mujeres lloraron por las crías que nacerían muertas y por los machos que no regresarían a casa. Elia se detuvo, despertó del trance, oyó todo esto y cayó al suelo llorando desconsolada.

¬ęNo me maten¬Ľ repet√≠a mientras quitaba las astillas y limpiaba la sangre en sus pies. El clan se apiad√≥. Aquello que merec√≠a entregar su cuerpo torturado a los depredadores fue perdonado. Y el hechicero inici√≥ la ceremonia all√≠ mismo. Salt√≥ entre los puentes colgantes y rode√≥ el cuerpo de Elia con lianas.

Apenas su canto se apagó al fin, ocurrió el milagro. El sol destelló una vez más en el cielo, sólo un segundo. El mal estaba deshecho y el ritual se reinició con ardor en el canto de las mujeres. El clan había sido perdonado.

Sag√ļ no dijo nada. Observ√≥ todo desde una choza m√°s alta con el coraz√≥n dando golpes fuertes en su pecho. Y el ritual al fin acab√≥. Todo el clan regres√≥ a sus chozas. S√≥lo se o√≠a el canto de las aves nocturnas y el lejano aullido de los depredadores de cacer√≠a. Entonces Sag√ļ baj√≥ a desatar a su hermana peque√Īa y se qued√≥ all√≠ vigilando su sue√Īo intranquilo.

Elia so√Ī√≥ con ellos por primera vez. Dos criaturas altas y sin pelo en el rostro, vestidas con largas t√ļnicas p√°lidas como flores. Ten√≠an manos de cinco dedos blancos. Sus voces suaves la invitaban a seguir con el sue√Īo. Y en su esp√≠ritu pod√≠a entender lo que dec√≠an, aunque el significado de las palabras estaba cargado de misterio.

Desde entonces Sag√ļ no la perdi√≥ de vista. Donde quiera que √©l fuera, ella ten√≠a que acompa√Īarlo. S√≥lo as√≠ evitaba que las mujeres la tironearan hasta arrancarle el pelo. O que los de su edad la mordieran en los tobillos. No hab√≠a mayor deshonra que ser un paria sin exilio.

Elia so√Īaba todas las noches. So√Īaba con ellos. So√Īaba con un ser oscuro que luchaba en singular combate. A veces pod√≠a sentir su dolor constante, agudizado con cada movimiento.

Otras veces so√Īaba con las extra√Īas rocas voladoras de su infancia. Ahora las ve√≠a con mayor nitidez. No eran rocas. Eran de metal como los cuchillos. Grandes construcciones que ni un millar de herreros podr√≠an concebir. Capaces de surcar la noche eterna y llevar vida a mundos imposibles.

Y una noche vio a Sag√ļ. Lo vio all√≠, al pie de los √°rboles que eran su hogar, blandiendo la lanza contra un enemigo que no pod√≠a ver. Luego vio sangre, oy√≥ gritos, y Sag√ļ ya no estaba. No lo volver√≠a a ver. Su hermano iba a morir.

Despert√≥ en llanto. Era s√≥lo una pesadilla. Llam√≥ a Sag√ļ pero no oy√≥ su gru√Īido tranquilizador. Mir√≥ en todas direcciones, afuera de su choza amanec√≠a y Sag√ļ no estaba.

La desesperaci√≥n llen√≥ de angustia su esp√≠ritu. Corri√≥ fuera dando gritos por su hermano, las mujeres le arrojaron restos de comida. Los hombres mostraron sus dientes. Y Sag√ļ no aparec√≠a. Mir√≥ hacia abajo, al pie de los √°rboles, y revivi√≥ su pesadilla. Pod√≠a oler la sangre.

Se colgó de una liana y bajó rodeando el tronco. Los guerreros allí presentes aguantaron la respiración. Jamás habían presenciado tal destreza.

En el momento que sus pies tocaron el suelo por primera vez sinti√≥ algo nuevo. Una llamada. Un deseo incontrolable de correr en la direcci√≥n donde el sol se oculta cada noche. Sag√ļ dej√≥ sus pensamientos. All√≠ no hab√≠a sangre, se hab√≠a dejado llevar por su pesadilla. Ahora hab√≠a un nuevo motivo para que la odiaran.

Oyó un crujido. Algo se acercaba desde la dirección de su deseo. Venía hacia ella. Traía algo consigo. Era la respuesta a su pregunta no formulada. Otro crujido. Matorrales en movimiento. Una voz conocida llamaba a los vigías para que le tendieran una liana. Y entonces lo vio.

El hechicero.

Al verse ambos se quedaron quietos. Elia necesitaba saber qué era lo que el hechicero ocultaba en su saco. Era la respuesta, y a la vez era la pregunta. Dio un paso hacia él en el momento que resonaron los cuernos.

Elia sintió el peligro. No había sentido algo así jamás en su vida. Un peligro se acercaba siguiendo el rastro dejado por el hechicero. El ruido de las lianas al golpear el suelo y los gritos de la multitud aterrada la sacaron de su trance. Un guerrero descendió para ayudarla a subir mientras otros dos tironeaban al hechicero.

Elia estaba a mitad de camino de la terraza m√°s cercana. Entonces se percat√≥ que el guerrero que la hab√≠a ayudado segu√≠a en el suelo. Y sinti√≥ como si una mano invisible le apretara las entra√Īas. Era Sag√ļ blandiendo su lanza. Incapaz de subir a la liana por un pie herido luego de caer con todo su peso sobre una piedra filosa.

Entonces llegaron los depredadores. No eran los t√≠picos lagartos que rondan el bosque en busca de carro√Īa. Estos eran m√°s altos que un guerrero. Tra√≠an trofeos colgados de sus cuellos, largas hileras de calaveras, algunas todav√≠a con piel y carne pegada al hueso.

Vieron a Sag√ļ. Olieron su sangre. Saltaron sobre su cuerpo y acabaron con su vida entre risotadas fren√©ticas.

Elia estaba petrificada. Lo había visto en su pesadilla y lo había propiciado. Era su culpa.

Los depredadores rondaron los árboles desde entonces. No se los podía ver. Pero el clan sabía que permanecerían cerca hasta que el hambre los empujara a seguir su camino.

Elia fue rescatada por un grupo de guerreros furiosos. La pellizcaron, la mordieron, la escupieron, manosearon sus genitales mientras gru√Ī√≠an amenazas. Pero Elia ya no estaba en su cuerpo. Flotaba boca abajo en el mar de su culpa. Arriba en la terraza el hechicero le palme√≥ el rostro con tal fuerza que de su boca cay√≥ un diente. La sangre manch√≥ su pecho. Las mujeres clamaban por su sacrificio. Elia era una fuente de desgracia.

Entonces Daso rugi√≥, ¬ęno habr√° m√°s sangre¬Ľ y no hubo necesidad de explicar la raz√≥n. A lo lejos a√ļn se o√≠an las carcajadas siniestras de los depredadores.

Las mujeres corrieron a lavar el cuerpo de Elia y ungirlo con aceites. El hechicero revis√≥ su boca y extrajo otro diente suelto. Entonces se dio cuenta, el olor manaba de ella y era una se√Īal inequ√≠voca. Elia entrar√≠a en calor en poco tiempo, antes incluso que otras hembras mayores que ella. Una raz√≥n m√°s para aislarla.

El cuerpo lacio fue arrastrado hasta la choza del hechicero. All√≠ estaba la √ļnica jaula del clan. Nadie, ni siquiera el hechicero, ten√≠a recuerdos de la √ļltima vez que se encerr√≥ a alguien en ella. Nadie comet√≠a delito alguno en contra de su propio clan.

Elia fue encerrada all√≠ sin ceremonia. El hechicero encendi√≥ su brasero, extrajo algo de su saco y lo arroj√≥ a las brasas. Una nube de humo plateado se despleg√≥ ante √©l y el sue√Īo de muerte inund√≥ la habitaci√≥n haciendo picar los ojos.

El hechicero la miró. Sentía remordimiento. Era una dura prueba para todos y la solución no podía ser fácil. El humo ya había penetrado en sus pulmones y sus sentidos se agudizaban con cada respiro.

Se vio a s√≠ mismo haciendo la ceremonia una √ļltima vez, y as√≠ fue. Elia no reaccion√≥. Entonces se vio fornicando con ella, la tom√≥ sin consentimiento y ella tampoco reaccion√≥. Su mente daba vueltas. Vio a Elia que caminaba en un claro del bosque entre plantas rojas como la sangre… y supo que no hab√≠a m√°s remedio.

Abrió su saco. Con una pinza extrajo un manojo de hojas frescas, venenosas, rojas como la sangre, y las molió en el mortero. La pasta roja parecía brillar en la oscuridad de la choza. Sus lágrimas se mezclaron con el preparado mientras abría la jaula. Se sentaba junto a Elia, y recitaba el canto de los muertos.

¬ęLlegar√°s al lugar donde todos iremos. Te reunir√°s con los ancestros. Cruzar√°s el cielo hacia la gran esfera desde donde todos venimos¬Ľ.

Elia trag√≥ la sustancia amarga por simple reflejo. Su boca se adormeci√≥, luego su garganta, su pecho y sus entra√Īas. Fue como quedarse dormida. Y sinti√≥ paz. Sinti√≥ que pod√≠a volver a vivir su vida otra vez, deshaciendo los errores.

El mundo se apag√≥ a su alrededor. Y en la oscuridad vio una flama que pronto se transform√≥ en una fogata. El guerrero oscuro yac√≠a muerto, tendido en una pira f√ļnebre. Su cuerpo ardi√≥ y de √©l y los que recorrieron estas tierras s√≥lo qued√≥ un recuerdo que pronto fue olvidado.

Elia abrió los ojos. Había visto la verdad. Tenía la pregunta y la respuesta. Podía sentir cómo el veneno de la planta actuaba en cada célula de su cuerpo. Y a diferencia de otros que murieron tras el simple roce de sus espinas, Elia lo controlaba y lo hacía suyo. Ya no tenía nada que temer.

La puerta de su jaula estaba abierta. El hechicero yac√≠a junto al brasero. Convulsionaba y escup√≠a espuma. Afuera a√ļn era de d√≠a. Los ni√Īos cantaban no muy lejos de all√≠. Las mujeres re√≠an mientras realizaban sus labores dom√©sticas. Los guerreros compart√≠an sus raciones de carne seca. El jefe del clan dorm√≠a la siesta en su choza privilegiada. Era un d√≠a normal, tranquilo, feliz.

Un día sin Elia.

Y sinti√≥ el odio por primera vez. Sag√ļ hab√≠a muerto apenas esa ma√Īana. A√ļn pod√≠a ver su carne desgarrada, oler su sangre, sentir su tragedia.

Tomó una daga de entre los amuletos del hechicero y le abrió el cuello con un solo corte. Bebió la sangre que manaba a borbotones y salió de la choza cubierta con el color de la desgracia.

Alguien la vio. Oy√≥ gritos de horror y guerra. Oy√≥ a Daso que gritaba ¬ę¬°matadla!¬Ľ.

¬ę¬ŅMorir?¬Ľ Puso la daga entre sus dientes y not√≥ que le faltaban dos incisivos. En sus genitales a√ļn ard√≠a la violaci√≥n del hechicero. En sus manos y piernas pod√≠an verse las marcas de la tortura. ¬ŅEl clan hab√≠a hecho con ella todo lo que estaba en su lista de cosas prohibidas y era ella la que deb√≠a morir?

Saltó de esa terraza maldita. Tomó una liana. Rodeó un tronco. Saltó a un puente. Se dejó caer entre las ramas del árbol madre. Sujetó otra liana y tocó el suelo del bosque con gracia. Echó a correr hacia donde el sol se oculta cada noche. Esquivó rocas y ramas por pasajes jamás transitados. Escaló árboles y balanceándose entre lianas.

Nadie la sigui√≥. Y llegado el momento en que el sol enviaba los √ļltimos destellos del d√≠a, lleg√≥ a ese claro de su sue√Īo, rojo como la sangre.

Las plantas parecieron cobrar vida, movidas por un viento inexistente, y le daban la bienvenida. Elia avanzó, se sumergió en el dolor de sus espinas que pronto se transformó en una caricia. Comió sus hojas y pudo ver. Vio todo. Sintió todo. La vida en este planeta y en los mundos cercanos. Luego los lejanos. Hasta que ya no hubo vida que fuera desconocida a su visión.

Entonces los volvió a ver. Y esta vez ellos la vieron también. Había sorpresa en sus miradas. Eran un macho y una hembra, hermanos. Y en su interior palpitaba un poder que ni Elia había podido imaginar. Un poder que pronto superaría con creces.

¬ę¬ŅQu√© eres?¬Ľ preguntaron en un idioma de sonidos extra√Īos. Elia no respondi√≥, entend√≠a perfectamente a qu√© se refer√≠an. No les interesaba saber su raza, el origen de su clan ni el nombre de la estrella donde orbitaba su mundo. En su pregunta estaba impl√≠cita la respuesta, ¬ęeres aquello a lo que m√°s tememos¬Ľ.

Elia lo sabía. Sabía lo que era, lo que podía llegar a ser. Y ellos no sabían nada de ella, dónde estaba ni por qué no la habían sentido hasta ahora.

¬ęSoy Elia¬Ľ dijo y cerr√≥ su esp√≠ritu a la visi√≥n de ellos. Jam√°s la volver√≠an a sentir. No podr√≠an encontrarla por m√°s que buscaran en todo el universo conocido. Estar√≠a oculta hasta que llegara el momento.

Y fue entonces que sinti√≥ el objeto. Estaba de pie en el lugar indicado, en el centro de este paraje ba√Īado por la luz de las estrellas. Bajo sus pies, entre las cenizas del guerrero oscuro de sus sue√Īos, estaba el objeto que la har√≠a el ser m√°s temible de este extremo de la galaxia. No hubo necesidad de escarbar. El objeto vendr√≠a hasta su mano sin esfuerzo.

La sensación de peligro se apoderó de su pecho, algo se acercaba. Concentró sus ideas, llamó al objeto y éste salió despedido de debajo de la tierra. Elia lo atrajo hacia su mano y apenas llegó a ella, se activó.

Su grito silenció el bosque entero. Un haz de luz rojo proveniente de uno de los extremos del objeto le quemó el rostro sobre su ojo izquierdo. No había tiempo para lamentarse, el peligro estaba sobre ella. Tomó el objeto con sus dos manos y lo blandió con increíble destreza. Danzó entre las plantas y los depredadores que se deleitaron con la carne de su hermano caían partidos en dos.

En apenas una decena de latidos volvió a estar sola. Observó el objeto con detenimiento, estaba claro su propósito. Movió un trozo de metal en la base del arma y el haz de luz se extinguió. Lo volvió a encender y apagar una y otra vez, un deleite para su vista, rodeada de rojo y sangre.

El odio que hervía en su espíritu cobró nueva fuerza. La quemadura en su rostro ardía y aumentaba su furia y frustración. Comió más hojas hasta que su estómago ya no pudo más. Y echó a correr de regreso a los árboles del clan que la había visto nacer, con el arma en su mano. Deseando la muerte para todos.

Cuento de terror 👻 Espantos Cotidianos

El Hogar de Chichi en Espantos Cotidianos

“Bruja” tiene un don, que se convierte en maldici√≥n cuando se acerca demasiado a las zonas m√°s antiguas de la ciudad: los ecos de otras vidas, sus alegr√≠as pero sobre todo sus horrores, se manifiestan ante ella como pesadillas.

Dan Guajars

Es el primer evento p√ļblico de mi √ļnica sobrina y no pude decir que no. Ahora viajamos hacia el centro por avenida Vicu√Īa Mackenna, protegidas del invierno y con la discograf√≠a completa de Bon Jovi a medio volumen.

‚ÄĒ¬°Pero si tiene apenas un a√Īo! ‚ÄĒdigo, tratando de no sonar desesperada‚ÄĒ. ¬ŅQu√© tanto puede hacer la Lily en el escenario si apenas sabe gatear?

‚ÄĒTranquila Bruja ‚ÄĒdice mi hermana‚ÄĒ. No tienes que inventar excusas conmigo. Mientras sigas tomando tus pastillas, todo va salir bien. La enana nos espera en la sala cuna, t√ļ sabes, lleva meses practicando.

No le voy a decir que tambi√©n llevo meses practicando, sin tomar ning√ļn medicamento, porque al fin conozco la naturaleza de mi padecimiento. Solo acepto su imposici√≥n porque adoro a su Lily y aqu√≠ estoy, en el Nissan Pathfinder full equipo con olor a nuevo de mi hermana, tibia y c√≥moda mientras el fr√≠o muerde los rostros de los transe√ļntes, afuera de esta burbuja de bienestar.

‚ÄĒY te saliste con la tuya ‚ÄĒdigo, apreciando el tejido suave del asiento con la punta de mis dedos.

‚ÄĒEs lo que merezco ‚ÄĒdice Carolina, que nunca ha sido modesta a pesar que venimos de una familia de clase media‚ÄĒ. Marco se convenci√≥ cuando le mostr√© las especificaciones de seguridad para el transporte de beb√©s. Dar√≠a cualquier cosa por su hija.

Incluso comprar un vehículo que cuesta la mitad de lo que vale la casa donde viven, pienso. Los despilfarros y la incapacidad de ahorro de mi hermana siempre me sacan de las casillas.

Me muerdo la lengua para no decir lo que pienso, es la primera se√Īal de que algo no anda bien en mi cabeza y Carolina es experta en orates. Fue ella la que convenci√≥ a nuestros padres para que me internaran, cinco a√Īos atr√°s
‚ÄĒ¬ŅCu√°nto falta? ‚ÄĒdigo para cambiar de tema. Estamos a pocas cuadras de Plaza Italia en el centro de Santiago y si hay un lugar en el mundo al que no quiero acercarme nunca m√°s en mi vida, es √©ste.

Carolina solo hace un gesto con los labios extendidos, enciende la luz intermitente para virar y entramos a un pasaje de adoquines y casas antiguas, realmente antiguas, de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. Justo pillamos un hueco para estacionar en la vereda derecha y mi hermana logra ubicar este tanque en precarios treinta y nueve movimientos.

Una seguidilla de escalofríos y espasmos recorren mi espalda mientras Carolina lucha contra el volante y las leyes de la física para estacionar bien su mastodonte. Me miro las manos y evito hacer contacto visual con los rostros que me observan desde las ventanas.

En cada rincón de esta ciudad torturada hay pesadillas y recuerdos horribles, almacenados en los revestimientos y pisos de parqué, latentes, algunos activos, la mayoría en un estado de vigilancia pasiva. Casi todos los edificios del casco antiguo de la ciudad reverberan con los gritos de los torturados, los despellejados y los devorados. Y aquí estoy, fingiendo frío cuando en realidad me siento aterrada y estoy a punto de salir corriendo, como si eso sirviera para algo.

‚ÄĒAqu√≠ estamos ‚ÄĒdice Carolina bajando del auto. Un chorro de aire fr√≠o me abofetea el rostro y las manos descubiertas. Puedo o√≠r los gritos a bajo volumen rebotando entre los muros de hormig√≥n y el suelo de piedra. Por lo general no se entiende lo que dicen, pero estos tienen una voz muy clara y su mensaje me aprieta el coraz√≥n. Tanto dolor, tanta desesperaci√≥n, tanto odio…

Mi puerta se abre de improviso y doy un salto. Es Carolina que a esta altura del día ya no tiene paciencia. Se supone que estamos bien en la hora pero a ella no le gusta llegar atrasada.

‚ÄĒ¬°Voy! ‚ÄĒdigo e intento sonre√≠r‚ÄĒ. Hace tanto fr√≠o…

Carolina no dice nada, solo me sonr√≠e de vuelta y espera a que baje de su auto familiar de lujo. Estudio su rostro, sus gestos, su manera de moverse. Nada de lo que hace demuestra alguna sospecha. Tal vez est√° nerviosa, porque su hija tendr√° su primera presentaci√≥n en p√ļblico. O tal vez tiene m√°s preocupaciones de las que parecen evidentes, como las cuotas del dividendo y las cuotas del auto y las cuotas de sus tarjetas de casas comerciales y qui√©n sabe qu√© otra deuda.

Me cuelgo de su brazo y su mirada sorprendida tiene ese brillo de alegr√≠a que traen los buenos recuerdos, de cuando √©ramos c√≥mplices en contra del reinado de los ni√Īos del barrio y organiz√°bamos estrategias de largo plazo para acabar con los privilegios de los que pod√≠an hacer pip√≠ de pie. Su sonrisa irradia una energ√≠a hermosa y doy gracias porque todav√≠a me ame, a pesar de todo lo que hice en el pasado.

Avanzamos por un pasaje estrecho que se adentra entre dos edificios muy viejos y altos y aguanto la respiración cuando una cara muy pálida imprime su dolor contra el vidrio de la ventana justo cuando paso debajo de ella.

La mayor√≠a de la gente ni se entera de estas cosas. Un peque√Īo grupo de privilegiados puede intuir, atisbar estos infiernos y solo una minor√≠a, uno de cada cien millones, es capaz de ver y sentir los horrores residuales y acumulativos de la ciudad y sus habitantes, en toda su magnitud. Yo soy esa maldita entre cien millones. Aunque debo decir que no todo son espantos y pesadillas. Hay luces tambi√©n, pocas, tenues, y el privilegio de poder presenciar esa peque√Īa llama virtuosa hace que esta maldici√≥n se transforme en un don.

Eso no significa que se acabe el miedo y los sobresaltos. Hay m√°s ventanas en el pasadizo y cada una alberga una cara distinta, gesticulando sus pesadillas con la palidez de sus rostros de danzarines butoh. Apuro el paso y arrastro a Carolina, que trae esos tacos absurdos y es incapaz de apurarse, aunque le fuera en ello la vida.

Al final del pasaje est√° la sala cuna, en el segundo piso de una casona que parece cubierta con una bruma oscura. Entro en p√°nico, pero no es por m√≠. Mi sobrina est√° ah√≠ dentro, al igual que otras ni√Īas y ni√Īos de menos de dos a√Īos. Encerrados en un aura negativa, un escudo miasm√°tico que me hace sentir nauseas.

Carolina toca el timbre y el cerrojo se abre con un chasquido el√©ctrico. Ella sube primero y la sigo de cerca, sin tocar los muros ni el posa manos, mirando a mi alrededor a la espera de cualquier cosa que me vaya a saltar encima. ¬ŅY qu√© voy a hacer si algo ocurre? ¬ŅGritar? Ya s√© lo que va a pasar despu√©s, mi hermana se har√° cargo de la situaci√≥n, nadie me va a creer ni una sola palabra, regresar√© al sanatorio y al dopaje y al electro shock estupidizante, y Carolina no volver√° a dirigirme la palabra en cinco a√Īos, igual que la √ļltima vez.

Llego arriba y lo que veo me deja en shock. Padres y madres conversan, sonr√≠en, nos saludan, con vasos de bebida en las manos y canap√©s entrando en sus bocas. Las parvularias encargadas de la sala cuna, las j√≥venes y las mayores, caminan con paso apurado de un rinc√≥n a otro vestidas con traje t√≠pico de campesinas, con trenzas y zapatitos negros lustrados. No hay nada extra√Īo, nada siniestro, nada que se mueva con su incorporeidad vaporosa entre las personas.

Hay ni√Īos tambi√©n, algunos peque√Īos y otros mayores, corriendo por el sal√≥n. Marco est√° al fondo con su cara de aburrido habitual, y cuando ve a su esposa su amor irradia calor a varios metros. Entonces me ve y esa sensaci√≥n desaparece, dejando un muro de fr√≠o que es casi palpable. Marco me odia, por supuesto.

Miro a mi alrededor, el sonido quejoso de las almas en pena no se escucha, no lo siento, es como si no existiera. Tal vez esta casa dedicada al cuidado de beb√©s tiene un hechizo protector. Quiz√°s el amor y la inocencia repelen al dolor que habita en el exterior. O tal vez este lugar me ha curado, y por escasos segundos vuelvo a sentirme igual que cuando era ni√Īa y los mecanismos hormonales de la adultez a√ļn no desataban la maquinaria perceptiva de lo paranormal.

Solo oigo risas de ni√Īos, risas de verdad, no ecos acumulados en paredes y techumbres. Las oigo y mis ojos se llenan de l√°grimas, no lo puedo evitar.

Carolina me sorprende y toma mi mano, preocupada. Le devuelvo el apretón con una sonrisa tan grande que me duele la cara.

‚ÄĒTodo est√° bien ‚ÄĒdigo y seco mis l√°grimas‚ÄĒ. Todo est√° perfecto.

Le doy unas palmadas en la mejilla y la empujo de vuelta con su marido. Respiro profundo, me acerco a la ventana para mirar hacia afuera y no, claro que no estoy curada. Los rostros en las ventanas siguen allí. Y hay cosas que se mueven por las paredes, medio sumergidas en el concreto, reptando y sumergiéndose hasta que las veo aparecer justo a mi lado.

No voy a gritar. Quiero, pero no lo haré. Esa cosa vaporosa de pie a mi lado intenta avanzar, pero algo la empuja, un viento que la diluye y la repele de regreso al exterior. Oigo su grito furioso, un crujido de piedras bajo el agua, y desaparece. Ya no está. Miro hacia afuera y veo una mancha pálida en el aire que desciende como una mota de semillas de diente de león, hasta desaparecer a poca distancia.

Nadie m√°s vio lo que acabo de presenciar. Tengo unas ganas tremendas de saltar de alegr√≠a, porque acabo de descubrir un lugar seguro, un lugar donde yo misma podr√≠a hacer mi vida normal sin temor. Muero de ganas de hablar con Carolina y contarle lo que acabo de descubrir… cont√°ndolo de tal manera que piense que efectivamente descubr√≠ lo que quiero hacer con mi vida.

‚ÄĒBruja ‚ÄĒdice Carolina de pie a mi lado‚ÄĒ, ya va comenzar.

La miro y veo la sospecha, ahora s√≠. Pero estoy tan feliz que no me importa. Me cuelgo otra vez de su brazo y caminamos hasta el fondo del sal√≥n, donde hay un peque√Īo escenario con moais de cart√≥n y palmeras dibujadas con t√©mpera. Los padres y madres se apretujan y casi no puedo ver el escenario, pero no importa. Las t√≠as del jard√≠n traen a los ni√Īos en brazos y son una delicia, con sus trajes de Rapa nui sobre pantis y camiseta blanca.

Ahora sí que estoy llorando. Carolina no me quita los ojos de encima, ni siquiera cuando entra Lily con su vestido de plumas y un tocado adornado con conchitas de mar.

‚ÄĒEs preciosa ‚ÄĒdigo‚ÄĒ. Gracias por traerme.

Marco, contra todo pron√≥stico, me ofrece un pa√Īuelo desechable. Por Dios que lo necesito.

‚ÄĒEstaba pensando ‚ÄĒdigo, mientras las t√≠as terminan los preparativos para el evento‚ÄĒ, que me gustar√≠a retomar los estudios, volver a la universidad. Tal vez…

Detengo mi discurso en seco. Algo se mueve junto al escenario, algo con una energía enorme, denso y oscuro, como una nube de tormenta. Es una figura humanoide, con brazos largos, dedos puntiagudos, espalda encorvada y lo que parece ser un sombrero de copa sobre una cabeza esférica.

‚ÄĒYa va a comenzar ‚ÄĒdice Carolina y desv√≠a su atenci√≥n al escenario. Lily y otros siete ni√Īos est√°n sentados en el suelo, peque√Īos y de pancitas redondas, observando a sus padres con m√°s curiosidad que anhelo. La m√ļsica inicia, una pieza Rapa nui que conozco, Uru te hami, y de inmediato los beb√©s golpean el suelo al ritmo de los c√°nticos.

Mientras todos babean al ver a sus hijos ponerse de pie apenas cambia el ritmo de la canci√≥n, a trav√©s del lente de alguna c√°mara o tel√©fono inteligente, y los ven bailar dando saltitos en el escenario, yo observo a la criatura que se mueve y baila con los ni√Īos, imitando sus movimientos. Si no supiera lo que es, podr√≠a jurar que est√° disfrutando del espect√°culo al igual que el resto de los presentes.

El horror en mi pecho no se diluye, en cambio aumenta cuando le veo girar su cuerpo repentinamente y se queda mir√°ndome con ojos peque√Īos, dos luces tenues en el centro de esa esfera negra que es su cabeza. Doy media vuelta para salir corriendo, pero me detengo en seco cuando veo a otra entidad que trata de ingresar al santuario infructuosamente. Es repelido igual que el anterior.

El baile de los peque√Īos termina y los padres y madres corren a abrazar a sus hijos. Mientras todos celebran de gozo, la cosa oscura da v√≠tores y aplausos silentes, saltando en su lugar y realizando un curioso paso de baile. No muy lejos de √©l Carolina y Marco parecen bobos haciendo fiesta a la ni√Īa y yo no les puedo reprochar nada, porque hay amor genuino aqu√≠.

‚ÄĒ¬ŅEso era todo? ‚ÄĒdigo cuando Carolina regresa con su princesa Rapa nui en brazos. A pesar del espanto que siento y que probablemente nunca m√°s me abandonar√°, no creo que la criatura sea un peligro para los beb√©s, sino al contrario.

‚ÄĒS√≠, para eso recorrimos medio Santiago en pleno invierno ‚ÄĒdice Carolina‚ÄĒ, para presenciar el nacimiento de una estrella.

En el fondo s√© que su orgullo es real y que no est√° exagerando. Me muerdo la lengua para no burlarme de su instinto maternal y le hago un peque√Īo cari√Īo a Lily. Pr√°cticamente no me conoce, la he visto por fotos y v√≠deos en Facebook, me mantengo al tanto de todos sus resfr√≠os y vacunas, que no se diga que soy una t√≠a despreocupada. Pero eso no significa nada para ella.

Carolina la extiende hacia mí y recibo un rechazo inmediato y categórico. Me río de lo obvio, porque merezco su desprecio.

De reojo veo a la criatura, que va de ni√Īo en ni√Īo y aplaude, se mueve como har√≠a un clown feliz, y se despide con lo que parece un beso en la frente de los beb√©s. Me recorren los escalofr√≠os pero no me muevo cuando llega a nosotros. Carolina est√° hablando de la confecci√≥n del traje y yo no entiendo nada de lo que dice. Tener a la criatura a menos de un metro de m√≠ es aterrador, es espeluznante. Mis reacciones fisiol√≥gicas ante la presencia de criaturas incorp√≥reas no mienten y en este caso, se trata de un ser de pesadilla.

Un ser de pesadilla que protege a los bebés de una sala cuna. No sé qué pensar.

‚ÄĒChichi ‚ÄĒdice Lily con su voz de pajarito y extiende los bracitos hacia el ser oscuro. √Čste aplaude y salta y por un segundo, solo un segundo, veo algo que se ilumina en su interior, una fuerza a√ļn m√°s poderosa que toda su oscuridad.

‚ÄĒChichi ‚ÄĒdigo y la criatura me mira de sopet√≥n. Estoy aterrada y al mismo tiempo creo que no tengo nada que temer, como si la conociera de antes, una vieja amiga que regresa de un largo viaje.

Miro a Carolina y la veo tensa, con los ojos abiertos al máximo mientras observa a su hija saludar a algo que no está allí. Mientras tanto la criatura se ilumina nuevamente con esa calidez interior y extiende una mano para tocarme, pero se detiene a medio camino. Retrocede un paso y me lanza un beso figurado con su mano negra, retrocede otro paso, da media vuelta y se hunde en el muro detrás del escenario, dejando una leve estela de vapor negro que demora en disiparse.

‚ÄĒChichi ‚ÄĒrepite Lily con sus brazos peque√Īos extendidos hacia donde estaba la criatura. Miro a mi hermana y est√° p√°lida.

‚ÄĒ¬°V√°monos! ‚ÄĒdice Carolina y sale del sal√≥n casi corriendo escaleras abajo, en tacos.

‚ÄĒEh… ‚ÄĒdice Marco que no entiende lo que acaba de ocurrir‚ÄĒ. Voy a buscar las cosas de la Lily, nos vemos en el auto.

La potencia sombría no se ve por ninguna parte. Sigo los pasos de mi hermana y la encuentro de pie a un lado del Nissan, llorando con la bebé en brazos.

‚ÄĒ¬ŅQu√© pas√≥? ‚ÄĒpregunto y ella no me mira, solo solloza‚ÄĒ. ¬°H√°blame!

‚ÄĒChichi ‚ÄĒdice ella y su rostro se contrae, pero no irrumpe en llanto‚ÄĒ. Dijo Chichi…

‚ÄĒY eso qu√©…

‚ÄĒ¬ŅCu√°ndo dejaste de tomar tus pastillas? ‚ÄĒpregunta y siento que el fr√≠o a nuestro alrededor se instala en todos mis huesos‚ÄĒ. Parpadeas como alguien que no est√° medicada.

‚ÄĒLlevo tres meses limpia ‚ÄĒdigo‚ÄĒ. Yo s√© que te promet√≠…

‚ÄĒCuando eras peque√Īa ‚ÄĒdice Carolina‚ÄĒ, una brujita igual de enana que mi Lily, la Mam√° te tra√≠a a esta misma sala cuna. Por eso traigo ac√° a la Lily, la mejor sala cuna de Santiago.

¬ĽT√ļ no te acuerdas, porque alcanzaste a estar apenas tres meses. A la Mam√° la echaron de su trabajo y consigui√≥ otro cerca de la casa. Yo estudiaba en el Liceo Uno y me ven√≠a caminando todas las tardes a buscarte y despu√©s part√≠amos en micro a Puente Alto.

Carolina sufre un ataque de llanto y Lily solo la mira muy seria, sin entender qué ocurre.

‚ÄĒSiempre que ven√≠a a buscarte ‚ÄĒcontin√ļa Carolina‚ÄĒ, t√ļ le extend√≠as los bracitos a la t√≠a y dec√≠as Chichi. Siempre. Pero a veces la t√≠a ya hab√≠a cerrado la puerta y yo me quedaba en las escaleras abroch√°ndote un chaleco o los cordones, y t√ļ le dec√≠as Chichi a la nada. Chichi, Chichi. Cuando le pregunt√© a las t√≠as, ellas dec√≠an que no ten√≠an ni idea, que lo hac√≠as todo el tiempo y no era con ninguna de ellas.

Lily comienza a llorar y Carolina se da cuenta que hace fr√≠o y su hija trae puesto un disfraz y ning√ļn abrigo. Se apresura en abrir el veh√≠culo y coloca a la ni√Īa en su asiento. Me subo atr√°s y me siento junto a Lily, para que Marco viaje al lado de su mujer. Carolina se sienta en el copiloto.

‚ÄĒLo viste, ¬Ņcierto? ‚ÄĒdice Carolina cuando cierra su puerta‚ÄĒ. Viste a Chichi. Lo estabas mirando igual que Lily. Ella tambi√©n ve cosas, ¬ŅCierto? Y ven las mismas cosas, las mismas…

No digo que sí. No digo nada. Solo la miro a los ojos, sin miedo a que piense que estoy loca. Y sé que no importa lo que ocurra de ahora en adelante, mi hermana al fin comprende.

‚ÄĒ¬ŅC√≥mo es esta Chichi? ‚ÄĒpregunta Carolina.

‚ÄĒNo quieres saberlo ‚ÄĒdigo, con el recuerdo de esa presencia patente ante mis ojos‚ÄĒ. Es quien protege a los ni√Īos de otras criaturas malignas. Debes estar tranquila.

Un escalofr√≠o me saca espasmos de epilepsia y Carolina reacciona de la misma manera, como la menci√≥n de cucarachas sobre la piel. Nos re√≠mos con esa risa secreta que es necesario ocultar con una mano, justo cuando sube Marco tras el volante. √Čl nos observa, echa a andar el veh√≠culo y comienza a relatar su fabuloso d√≠a de trabajo mientras marchamos de regreso a Puente Alto, escuchando un discurso de nunca acabar acerca de los pedidos atrasados, el contratista que no hace lo que debe, aduana que insiste en cobrar una tasa especial por qu√© s√© yo qu√© burrada con franquicia…

Carolina me mira a ratos por el espejo del copiloto y yo me hago la interesante, cuchicheo en idioma de bebé con Lily o me hago la dormida. Ya tendremos tiempo para hablar con calma. Vendrán días difíciles, lo lamento por Lily porque no será fácil, pero tiene a su tía loca para guiarla.

Vamos a estar bien.

Cuento de terror 👻 gusano de Londres

Este cuento forma parte de la colección En la Sangre.

Ilustración: Estefani Bravo.

El par√°sito que habita en mi boca se remueve intranquilo, restregando su cuerpo de babosa contra mi paladar seco. Mordisqueo sus tent√°culos con las muelas para obligarlo a que se quede quieto.

Soy el que atiende la séptima caja de diez. La fila de clientes es larga, cada persona atesora un envase con frutas o verduras o fideos o ravioles, comida preparada y lista para calentar o servir, jugos, smoothies y frutos secos o deshidratados. Todos miran al reloj del muro cada diez segundos, también yo; o al reloj en sus teléfonos. O al universo de posibilidades que se esconden en la nuca de la persona que tienen en frente. Avanzan arrastrando pasos cortos de presidiario encadenado y no esperan más de cinco eternidades para llegar a alguna de las cajas.

El reloj del muro muestra que ya son las 3 PM. Es mi hora de salida. Llamo al √ļltimo cliente antes de cerrar mi turno y tengo un sobresalto cuando la veo, es Claire con el cabello rubio casi albino cortado en flecos, sus ojos azules enormes mir√°ndome inmisericordes, vestida con minifalda de mezclilla y blusa rosada llena de flecos, zapatillas con plataforma, alta y delgada y fabulosa con varios piercing estrat√©gicosem el rostro, y los dientes tan blancos que me encandilan cuando dice ‚Äúgoodevening‚ÄĚ.

Claire deposita sobre el mostrador un pastry de carne con papas y zanahoria, y un smoothie de ar√°ndanos con pl√°tano. Demoro unos segundos en salir de mi estupor. No es Claire, pero se parece mucho, demasiado.

Cada día la veo en una u otra chiquilla, en el tren subterráneo, en el bus, en las veredas de Londres bajo un paraguas transparente o con una anaconda de lana enrollada en su cuello de porcelana, a veces trae puestos los anteojos hípster que usaba cuando la conocí, otras veces calza unas panty medias de fosforescente naranja o verde manzana.

La chica que no es Claire paga con las libras justas y se va sin mirarme siquiera. Es lo que no me gusta de esta ciudad, todas se parecen a Claire y ninguna se mete conmigo. Porque soy invisible, siempre lo fui. Cada día que pasa, cada día silencioso y solitario, me convenzo que ella fue un delirio o un invento del parásito. Claire sonriéndome en la caja, los anteojos de marco grueso enmarcando su rostro impecable, preguntándome a qué hora termino mi turno. Ella, hermosa e imposible invitándome a una cerveza. Ella cabalgándome como una desaforada esa misma tarde. No puede ser que me lo inventara.

Son las 3:04 PM y el lenguado baboso llama mi atención una vez más, ahora tironea los lazos simbióticos que descienden por mi garganta hacia el esófago. Entiendo el mensaje, además que aquí no pagan horas extra. Cuento rápidamente el dinero en la caja, ingreso mi código en el equipo y el software da visto bueno a la cuadratura. El encargado de cambio de turnos confirma mis ventas y que no falta dinero. Estoy listo para partir.

Me retiro de mi puesto y una persona del turno de la tarde ocupa mi lugar, un somal√≠ enorme que no me mira, no me saluda, nada. Llevo trabajando aqu√≠ siete meses todos los d√≠as de lunes a viernes, y al menos dos de cada tres cambios de turno es √©l quien toma mi lugar en la caja. Pero jam√°s me mira. Dudo que hable otro idioma aparte del suyo. En este trabajo lo √ļnico que hay que saber son n√ļmeros, contar bien el dinero que te pagan y dar el cambio correcto. Nada m√°s.

En la habitaci√≥n detr√°s del minimercado, en la caseta de seguridad junto a la puerta de salida, una mujer de cuarenta y tantos hace el tr√°mite de ingreso igual que todos los d√≠as. La conozco, aunque no recuerdo su nombre ahora. Renata, o Camile. Trae gotitas de roc√≠o en el cabello desgre√Īado y parece que estuvo llorando. En realidad siempre se ve triste, y hoy est√° particularmente espantosa.

La reci√©n llegada firma en el libro de entradas y coloca todo lo que trae en los bolsillos dentro de un cofre de metal. Detr√°s de la ventanilla angosta una mujer india de ojos grandes y expresi√≥n hastiada pone llave al cofre sin siquiera mirar el contenido y se la lleva, entregando a cambio una ficha con un n√ļmero pintado en ella.

‚ÄĒHi ‚ÄĒdice la reci√©n llegada cuando me ve‚ÄĒ. ¬ŅHow are you? It‚Äôs a cold day, isn‚Äôt it.

Hago un gesto de tener frío y le sonrío sin separar los labios. La poca gente con la que comparto algo, y de verdad es muy poca gente, cree que soy un mudo de Sudamérica que entiende algo de inglés. Y ella como otros, me saluda por simple cortesía, aunque a veces imagino que desea algo más de mí. Como Claire.

‚ÄĒTake care ‚ÄĒdice ella enfilando hacia las cajas y nuevamente le sonr√≠o con la boca cerrada. Creo que se llama Sophie.

Saco mi ficha de un bolsillo y la pongo sobre el mostrador. La mujer india me mira de frente y evito su mirada, no porque me preocupe o me d√© miedo, sino porque tiene bigotes. Siempre que la miro mis ojos se van directamente a su bigote de abuela y ella no debe tener m√°s de treinta a√Īos. Adem√°s que es hermosa, ese tipo de belleza ex√≥tica de iris claros e intensos sobre piel morena que quita el aliento, la bailarina principal en una de esas pel√≠culas absurdas de Bollywood. Pero tiene bigotes y es viuda desde los catorce a√Īos, lleg√≥ a vivir con sus primos de Inglaterra para escapar de la verg√ľenza.

Me quito los zapatos y hago gesto de vaciarlos sobre el mostrador, nada cae de ellos. También doy vuelta los bolsillos de mi pantalón. Es solo precaución, nada más, así hago más fácil el trabajo de la bigotona.

El lenguado tironea una vez más de mi garganta y en esta oportunidad duele. Evito hacer un gesto, ni siquiera muevo los labios, y sé que los ojos se me llenan de lágrimas. Si la mujer bigotes me pide abrir la boca, todo se va a la mierda.

Ella me da la espalda y recoge el cofre de metal con mis cosas. Muerdo los tentáculos del parásito con fuerza y siento su sangre que me llena la boca. Mi sangre. El lenguado se remueve otro poco y deja de insistir, temblando de ira o dolor o las dos cosas. El cofre se abre sobre el mostrador y recupero mi billetera y el monedero. Firmo mi salida en el libro y eso es todo. No es día de pago así que simplemente me encamino a la salida.

La puerta se abre con un clank electrónico. Salgo a un pasillo mal iluminado que da al patio de comidas del Mall en la estación de Euston. Rodeo las mesas, hay poca gente en la estación a esta hora, y vuelvo a entrar al mini mercado donde trabajo, ahora como cliente. Elijo una ensalada de frutas y un pastry similar al que compró la clon de Claire. Se me antojó de pura hambre, o bien podría haberme llenado la panza con cualquier cosa, aserrín o caca de gato.

Los sabores son un recuerdo raro, de esos que parecen reales cuando se los recuerda pero la sensaci√≥n dura apenas un pellizco y se diluyen en una ilusi√≥n. Creo que me acuerdo del sabor del pan reci√©n horneado, el pan amasado que hac√≠a mi vieja, es un recuerdo potente y soy incapaz de revivirlo con toda su complejidad, el sabor de la mantequilla que se derrite y pasea por mi paladar… no logro retenerlo por mucho m√°s que un suspiro.

Todos mis órganos para sentir sabores y olores se perdieron para siempre, junto con mi lengua. Me contengo de morder al lenguado maricón porque a este paso voy a acabar con anemia.

Pago en la caja siete y el somalí me atiende sin hacer contacto visual. No le interesa reconocerme. Solo quiere hacer su trabajo y recibir su paga cada viernes. igual que todos los que atienden el minimercado, todos inmigrantes, como yo.

Salgo a la calle y una sensación de horror me inunda, un frío intenso en la columna. Sé lo que significa, mierda, nunca habían llegado hasta acá, nunca se alejan tanto de su zona segura. Esto significa que saben que existo, saben dónde estoy, me están buscando.

El par√°sito en mi boca se mantiene quieto. Sab√≠a que alg√ļn d√≠a me iba traicionar. Me escabullo entre los pasajes del centro comercial, pero esta sensaci√≥n de fr√≠o es cada vez m√°s intensa. Doy vuelta en una esquina y salgo a la calle, un grupo de perros olisquean la basura en un callej√≥n y se ponen en alerta cuando me ven aparecer. Los rodeo ignorando sus gru√Īidos, me lanzo a correr y ahora soy yo el que asusto a los transe√ļntes, que se apartan con verdadero horror en sus ojos. Una ni√Īa grita espantada y reci√©n me doy cuenta que estoy jadeando.

Tengo la boca abierta y el lenguado est√° asomado, con tent√°culos y todo, respirando conmigo.

Lo muerdo fuerte, lo mastico hasta que se contrae derrotado de regreso a donde antes habitaba mi lengua. Sigo corriendo ahora m√°s lento, la gente que me ve pasar solo ve a un hombre apurado, como muchos en la estaci√≥n. Ya me imagino la cara de p√°nico que ten√≠a antes y me averg√ľenzo de mi reacci√≥n.

La sensaci√≥n de fr√≠o se mantiene en forma de una pulsaci√≥n constante que me baja desde la nuca hasta el culo. Me siento en una banca como un saco de papas que se desparrama, mirando a la estaci√≥n de trenes de Euston. La gente va y viene, cientos de seres humanos que no tienen ni idea de las criaturas que habitan en los cuerpos de otros a su alrededor. Hace fr√≠o. Tengo hambre y quiero llorar porque no podr√≠a comer lo que compr√©, lo que tengo en esta bolsa, no frente a esta gente, nunca en p√ļblico.

Es mi culpa. Yo caus√© esto, podr√≠a estar muerto pero no, sigo con vida y fingiendo que nada ocurri√≥. C√≥mo puedo ser tan hue√≥n, es mi culpa, es mi culpa…

***

Volaba con Claire por London road hacia Hastings, para ver el festival de Jack in the Green y el carnaval de bailes y cantos medievales en el castillo de ese pueblo junto al mar. Seg√ļn ella, era lo m√°s parecido al carnaval de R√≠o que ten√≠an en Inglaterra, y su comparaci√≥n me pareci√≥ linda e infantil. Su √ļnico referente del carnaval de R√≠o era alg√ļn reportaje de la BBC.

Claire ten√≠a diecisiete a√Īos, unos ojos azules impactantes y piel de porcelana, con la sonrisa m√°s exquisita del universo. En Londres est√° lleno de chicas como ella, hermosas, con peinados extra√Īos de mechones naranja o azul y minifalda incluso en las noches m√°s heladas del invierno, cuando salen a beber cerveza con sus amigos o a ligar con alg√ļn chico guapo. Ni idea qu√© fue lo que vio en m√≠, yo era un simple cajero inmigrante en el mall de la estaci√≥n Euston. Su sonrisa me cautiv√≥ desde el primer d√≠a, y su cuerpo de s√ļper modelo adolescente. Su cuerpo desnudo, sus pechos de pezones rosados balance√°ndose cuando me cabalgaba, me excitan a√ļn ahora.

El London road estaba desocupado a esa hora de la ma√Īana y yo manejaba a 80 millas por hora en la camioneta de Claire, o de su padre, ni idea. Manejar en contra del tr√°nsito era la norma y no me cost√≥ acostumbrarme, pero tampoco ten√≠a licencia de conducir. Supongo que a ella le gustaba tener un esclavo sexual ex√≥tico y arriesgado que no oliera a curry. O tal vez me amaba con esa ternura de caricias adolescentes y excitaci√≥n permanente, y yo era un hue√≥n afortunado. Llev√°bamos un mes vi√©ndonos en mi cuchitril de Camden Town, teniendo sexo todos los d√≠as y conversando de libros y pel√≠culas. Y ese 2 de mayo √≠bamos a Hastings a ver un carnaval en un castillo medieval, nuestra primera salida en p√ļblico.

80 millas por hora son 129 kil√≥metros √≠dem. Vol√°bamos por la avenida vac√≠a, mirando la campi√Īa y contando las vacas en ese d√≠a espectacular y soleado. Claire se re√≠a de mis chistes absurdos, y yo solo quer√≠a detenerme y cogerla una vez m√°s, ah√≠ a un lado de la carretera. Se ve√≠a exquisita, igual que todos los d√≠as, y sus ojos me fulminaban con esa capacidad de lograr todo lo que se le antojaba. Met√≠ mi mano en su minifalda y ella le dio la bienvenida entre sus labios h√ļmedos y c√°lidos. Su mirada con gesto placentero me ten√≠an hipnotizado, y ni me enter√© cuando chocamos de frente con otro autom√≥vil.

Abrí los ojos en ese escenario de espanto y agonía. Fierros retorcidos daban una forma nueva a mi cuerpo y lo primero que vi fue un globo ocular de iris azul intenso colgando de un amasijo de pellejos y cabello, mirándome. Claire llevaba un buen rato muerta.

Fuera del veh√≠culo era de noche, lo que significaba que nadie sab√≠a que est√°bamos all√≠. La mixtura de fierros y carne estaba sumergida en una zanja h√ļmeda a un lado del camino, fuera de la vista. Para quienes pasaron por all√≠ despu√©s del accidente, solo quedaba la evidencia de un choque, algunos vidrios y piezas de auto junto al camino, pero ning√ļn veh√≠culo.

No podía gritar, mis pulmones apenas tenían fuerzas para hacer llegar algo de oxígeno al montón de carne que era mi cuerpo molido. El frío era intenso y después supe que eso me mantuvo con vida tanto tiempo. Aunque en verdad hubiera preferido morir.

Desperté al amanecer del día siguiente mirando una nueva categoría de horror. De entre los fierros retorcidos del otro vehículo, un sedán negro que se fundía con la camioneta de Claire, el cuerpo del conductor se retorcía con espasmos recurrentes. Estaba vivo, el pobre hijo de puta, con el cráneo abierto y vacío y las caderas a dos metros de su torso, vivo y luchando contra algo que emergía de su garganta, con tentáculos negros y patas de bicho. Era el parásito que ahora habita en mí, tan mal herido como su hospedero.

No pude gritar, no pod√≠a escapar. La cosa se desprendi√≥ al fin del otro cuerpo y se arrastr√≥ hacia m√≠ con peque√Īos movimientos de cuncuna. Los tent√°culos no le serv√≠an para nada, tal vez porque ya no le quedaban fuerzas. El cuerpo del hospedero le era inservible y necesitaba uno nuevo. Y yo estaba all√≠, disponible.

Veía su masa frontal acercándose, con dientes que se movían en círculos, trepando los fierros, lamiendo mi sangre seca y la de Claire en su camino. Hasta que llegó a mí, a mi boca fracturada que estaba entreabierta, y se comió mi lengua para hacerse espacio.

Durante las horas que siguieron, mi cuerpo se recuperó milagrosamente, los huesos se soldaron, las vértebras se reunieron y los nervios se reconectaron. El dolor desapareció. Tuve fuerza suficiente para mover un brazo y hacer palanca con el fierro que tenía insertado en el pulmón derecho, hasta sacarlo. Lo mismo con mi pierna izquierda que parecía tener ocho rodillas flectadas. Logré moverla y en el proceso mi cadera volvió a encajarse en su lugar. Perdí un testículo, pero el otro seguía conectado y regresó dócilmente al escroto. Gracias a Dios lo demás seguía intacto.

Cuando al fin sal√≠ de mi tumba entre los fierros, estaba tan agradecido por seguir con vida que no me import√≥ tener un par√°sito ocupando mi boca. Se sent√≠a igual que si fuera mi lengua, aunque se mov√≠a por voluntad propia. Y creo que algo no iba bien con √©l. Extra√Īos flash llenaban mis pensamientos, mensajes incompletos en forma de ideas y ocurrencias. Era su intento por controlarme, como controlaba al difunto atrapado en el sed√°n.

Su anterior hospedero ten√≠a partes del lenguado a√ļn movi√©ndose en su tr√°quea. La criatura anidada en mi garganta estaba incompleta. Sent√≠ p√°nico, trat√© de vomitar pero el par√°sito obstru√≠a mi es√≥fago. Lo atrap√© con los dedos, me mordi√≥, pele√≥, y cuando al fin lo agarr√© el dolor que me atac√≥ por tratar de quitarlo me hizo perder el conocimiento. Est√°bamos unidos.

Me quedé allí hasta que anocheció. La lluvia lavó el lodo y la sangre y las pestilencias que cubrían mis ropas. Me arreglé como pude, empapado y sucio, y prendí fuego a los vehículos usando una batería para hacer chispas. El fuego era débil y se apagó pronto.

No tenía caso que siguiera allí esperando a que ocurriera algo. Estaba vivo. Me marché caminando por la London road de regreso a Londres, haciendo dedo por tramos cortos hasta que llegué a mi habitación en Camden Town. Nadie me preguntó dónde estuve.

Al d√≠a siguiente fui a trabajar y nadie pregunt√≥ por qu√© me ausent√©. Por supuesto no me pagaron los d√≠as que falt√©. Pas√≥ el tiempo, las semanas y los meses. Nadie vino a mi puerta a preguntar por Claire. La mir√© en Google y en Facebook, tal vez alguien la estuviera buscando. Pero no. Solo encontr√© su perfil desactualizado, sus fotos, su bella sonrisa acompa√Īada de familiares y amigos y nada m√°s. Yo no aparec√≠a por ninguna parte, ning√ļn comentario ni alusi√≥n.

Yo no existía en su vida.

Yo no existo en la vida de nadie y nunca podré hacerlo, no con esto que traigo en la boca.

***

Pasan los minutos y ninguno de Ellos aparece para encararme. Fue una falsa alarma o una estrategia del lenguado para hacerse notar. No me quedo para averiguarlo.

Me marcho a Camden Town, caminando bajo una gar√ļa tenue y con un viento fr√≠o que atraviesa las costuras de mi chaqueta. Demoro dos horas, tengo hambre y fr√≠o y a ratos regresa la sensaci√≥n de horror en mi columna vertebral. Al principio me entra el p√°nico, la angustia, la paranoia.

Miro a mi alrededor en busca de alguno de Ellos y no los veo. Creo que no sería capaz de reconocerlos aunque los tuviera a mi lado, seres de otro mundo que habitan en cuerpos sin voluntad. Lo sé, lo intuyo, sé que es así. Habitan en zonas seguras, cerca de hospitales donde pueden encontrar cuerpos de calidad. Fingen un accidente y cambian de cuerpo, así de simple. Lo vienen haciendo desde hace siglos, eligiendo a las personas adecuadas. Se anidan en el esófago y nadie jamás los descubre.

Yo estoy vivo y mi par√°sito est√° incompleto.

Recorro los pasajes intrincados junto al Regent‚Äôs Canal, repletos de turistas y londinenses h√≠pster que se mueven en una marea feliz e impresionable. Entro a un edificio h√ļmedo y fr√≠o que parece a punto de caer sobre el canal, de interior oscuro y t√©trico. Me gusta. Ac√° no llegan ni los desesperados. Tampoco llegan los parasitados, que prefieren habitar en zonas secas y menos concurridas.

En el tercer piso abro la puerta con la llave que guardo en el monedero. Adentro hay un sill√≥n cama y un televisor, y en la peque√Īa cocina tengo mi √ļnico electrodom√©stico, una minipimer.

Muero de hambre. El par√°sito se remueve inquieto como una babosa que acaba de caer al mar y s√© que tambi√©n est√° hambriento. Meto el pastry y la ensalada de frutas en el vaso regulado, vierto un poco de agua directamente de la llave y lic√ļo todo hasta convertirlo en una pasta homog√©nea. Ni idea si tiene olor o sabor a algo. Le pongo una pajilla y abro la boca.

Ahí sale el lenguado a comer, succionando con lentitud paciente hasta que se acaba todo el contenido del vaso.
A Claire le gustaba venir ac√°, tenderse desnuda en mi sill√≥n y hacer poses para que yo la admirara. Me ten√≠a hipnotizado. Igual que en un sue√Īo. Como en el delirio de un hombre que lleva horas muriendo a un lado de la carretera. Quiero convencerme que no existen los par√°sitos, que no tengo a este bicho. Si me concentro con fuerza, puedo imaginar que tengo una enfermedad rara, elefantiasis lingual o verrugas de las enc√≠as. Ma√Īana me van a operar y me quedar√© sin lengua, y ser√© libre al fin.

Siento el cuello apretado, como si me hubiera tragado una pelota de tenis. Seguir√° as√≠ algunos minutos, mientras el par√°sito hace su digesti√≥n. Y dado que no tengo nada m√°s que hacer hasta ma√Īana, extiendo el sill√≥n cama y me cubro con una manta de p√≥lar. El sue√Īo me atrapa de inmediato.

Claire desnuda junto a la camioneta destruida. Claire desnuda junto a mis padres muertos. Claire desnuda haci√©ndome el amor. Claire descuartizada y su ojo mir√°ndome. Claire abriendo su boca y mostrando un lenguado sexy. Claire vi√©ndome por primera vez, en la caja n√ļmero siete del minimarket y pregunt√°ndome a qu√© hora salgo. Claire desnuda, arrastr√°ndose igual que una cuncuna por el barro….

Despierto con el fr√≠o de la madrugada, imaginando que ella est√° en el ba√Īo y que pronto vendr√° a despertarme para hacer el amor antes de desayunar. Una silueta se perfila contra la ventana que da al canal y pienso que es ella, de verdad lo creo y mi coraz√≥n se paraliza por un segundo, aunque la silueta es muy peque√Īa. Da un salto y se mueve hasta quedar a un palmo de mi rostro.

Es un perro negro, grande como un rottweiler y en su hocico se asoma un parásito idéntico al mío, aunque se nota que está en mejor estado de salud.

Entonces comprendo el plan de mi bicho. En Londres no hay perros vagos.

Ahora caigo en la cuenta que estoy aterrado, y no tengo miedo, no estoy preocupado y al mismo tiempo quiero salir corriendo. Es m√°s, me siento aliviado, liberado del peso de una culpa enorme. O debe ser mi lenguado el que siente eso, porque mi culpa no tiene remedio. Soy culpable, Claire est√° muerta. Yo iba al volante…

Abro mi boca y dejo que los lenguados se toquen. El m√≠o parece de lo m√°s entusiasmado, pero el otro tiembla y extiende su dentadura a ratos. A√ļn en el mundo de los usurpadores de cuerpos hay orden y estructura. Un lenguado adicto a la aventura escap√≥ en un sed√°n negro robado, alej√°ndose de toda convenci√≥n y regla inquebrantable. Choc√≥ el 2 de mayo pasado contra una camioneta. No hab√≠a rastro del lenguado ni de su nuevo hospedero. Dos mil a√Īos de anonimato pod√≠an desmoronarse por un error absurdo.

La conversaci√≥n se extiende por extensos minutos. Atisbo algunas ideas y la mayor√≠a son demasiado extra√Īas para encontrar alg√ļn asidero en mi cerebro humano.

El perro est√° sentado delante de m√≠, es un chico obediente y el par√°sito en su hocico al fin llega a un veredicto. Mi lenguado ser√° reubicado en un animal del zool√≥gico por el equivalente a veinte a√Īos terrestres, y el humano vivo ser√° reutilizado. Un rayo de sol entra por la ventana y me encandila t√≠midamente, igual a la sonrisa de Claire, y decido que se pueden ir todos a la mierda. Este humano se manda solo.

Aprieto el hocico del perro con ambas manos y me pongo en pie, forcejeando contra la fuerza del animal que se orina y defeca en el acto. Es una criatura poderosa, en su mandíbula tiene suficiente fuerza para desgarrarme un brazo si logra morderme. No se lo permito. El parásito que le controla pierde gran parte de ese control mientras los dientes del animal cercenan su carne negra.

Mi lenguado, prófugo de la justicia de los ladrones de cadáveres, hace algo que me produce arcadas, pero no puedo vomitar. Se extiende fuera de mi boca y en varias dentelladas se come al otro.

El perro ya no pelea, solo sufre espasmos espor√°dicos. Lo dejo caer. Y el par√°sito en mi boca tiene la idea m√°s descabellada de todas. Pienso que no, que no quiero hacerlo. Mis manos suben lentamente hacia mi cara. Peleo con ellas, es mi voluntad la que se impone, soy el √ļnico amo y se√Īor de este cuerpo. Y ahora no puedo detener el poder recuperado de mi par√°sito. Aprieto al lenguado que se asoma desde mi boca con ambas manos y lo extirpo de un tir√≥n.

Caigo. Estoy muerto. Sue√Īo que me torturan, que me hacen comer aj√≠, que me conectan a la corriente y soy un fusible que no se quema jam√°s. Claire no aparece ni por si acaso, juro que prefiero los sue√Īos culposos, verla muerta una y mil veces, a esta agon√≠a interminable.

Y despierto, tendido en el piso junto a un perro que me observa con atención. No sé cuánto tiempo ha pasado, el hambre es espantosa. Y el frío. Tengo la ropa sucia porque caí sobre la porquería del perro, y parece que también aporté algo a la mezcla.

Intento ponerme en pie, pero no puedo. Mil formas distintas de dolor caminan entre mis costillas. Veo mis manos y la piel est√° adherida a los huesos. ¬ŅCu√°nto tiempo llevo aqu√≠, consumi√©ndome?

El par√°sito en el hocico del perro emerge, majestuoso. No es como el otro, ni siquiera se parece al baboso que viv√≠a en m√≠ y a√ļn as√≠ s√© que es √©l, mi viejo amigo. Sus dientes circulares giran y chasquean en reconocimiento.

Nuevos dolores en mis entra√Īas. Algo se rompe dentro de m√≠. El par√°sito tiembla de excitaci√≥n, lo veo y por un segundo lo entiendo. √Čste era su plan desde el principio. Baboso maric√≥n.

Sus hijos salen por mi boca y nariz, peque√Īos lenguados tentaculares ba√Īados en sangre que avanzan igual que las cuncunas, peque√Īas y espantosas. Suben por las patas del perro y se esconden dentro de sus orejas.

Los dolores aumentan ahora, una nueva camada de criaturas emerge por cada orificio y sé que quedan muchas más por nacer.

Me concentro en Claire, en su cuerpo perfecto sobre el m√≠o. En su cuerpo molido despu√©s del choque. En su sonrisa que me encandilaba siempre y el sabor exquisito de sus besos. Le hago el amor mientras la luz se apaga. Quiero sentirla entre mis brazos una √ļltima vez…

Cuento de zombies 💀 “La primera muerte”

Forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: niphree.

Est√°bamos hambrientos. Por entre las ventanas tapiadas del segundo piso mir√°bamos a los zombis deambulando, depredadores lentos y raqu√≠ticos en la √ļltima etapa de la infecci√≥n, capaces de mutilarse a s√≠ mismos con tal de tener algo que masticar. Los ve√≠amos persiguiendo perros fam√©licos. Tuvimos un zombi vestido con terno sentado en nuestro antejard√≠n toda una noche, meci√©ndose y canturreando una canci√≥n de moda de cuando yo ten√≠a diez a√Īos. Eran personas como nosotros, incluso en ese estado patol√≥gico eran capaces de conectarse con alguna parte sobreviviente de sus recuerdos.

Habl√°bamos en susurros mientras plane√°bamos un asalto al supermercado. Pap√° no pod√≠a moverse con una pierna enyesada. Mam√° era una in√ļtil al borde de la catatonia. Las gemelas estaban fuera de la ecuaci√≥n. S√≥lo quedaba yo, joven, sano y apetecible, el √ļnico capacitado para hacer la tarea.

Trazamos muchos planes y nos decidimos por el m√°s simple. A primera hora de la ma√Īana me prepar√© para salir, con mi traje de ciclista reforzado para evitar fracturas y mascadas, guantes y botas de milico que compr√© en la ropa usada, m√°s el casco de motociclista que mi padre guardaba como √ļnico tesoro de su juventud, porque el m√≠o se quebr√≥ la √ļltima vez que baj√© de cabeza por unas escaleras cuando intentaba lucirme frente a unas minas del colegio. Me arm√© con un fierro pesado, la mochila a la espalda y desclavamos las tablas de la puerta de atr√°s. Mi bicicleta segu√≠a tirada all√≠ donde la dej√© bajo el sol de la primavera el d√≠a que nos acuartelamos.

Me moví por un costado de la casa y eché a correr por la calle en mi bicicleta, esquivando vehículos atravesados y cuerpos mordisqueados. El olor a cadáver era nauseabundo y el sol arrojaba un primer rayo tímido por sobre la cordillera entre las nubes de moscas.

Encontré decenas de zombis moribundos en el camino, la mayoría apenas podían moverse, los dientes expuestos luego de comerse sus propios labios, rugiendo un alarido que les moría en la garganta seca cuando me veían y no podían alcanzar su desayuno. La enfermedad estaba matando sus cerebros lentamente y en el corto plazo se quedarían quietos, comatosos, y dejarían de respirar.

Pero tambi√©n hab√≠a zombis nuevos, incautos que durante la √ļltima semana salieron a buscar comida o que se dejaron enga√Īar por un infectado que ped√≠a auxilio. Esos reci√©n zombificados todav√≠a pod√≠an razonar, pero lentamente se dejaban llevar por el hambre. Algunos simplemente dejaban de luchar contra el deseo, sabi√©ndose muertos. Y esos eran los peores, r√°pidos, fuertes, despiadados. Aguardaban como animales de caza y sal√≠an de alg√ļn escondite para atraparme, corriendo detr√°s de mi bicicleta y rugiendo su frustraci√≥n. Yo me perd√≠a detr√°s de alguna curva, mir√°ndolos sobre mi hombro mientras sus ojos desorbitados me rogaban por un trozo de carne fresca.

En diez minutos llegu√© a un supermercado grande que no alcanz√≥ a ser totalmente saqueado, tal vez por la presencia de un zombi en su interior durante los primeros d√≠as de p√°nico. Las puertas estaban abiertas y hab√≠a mercader√≠as esparcidas por todas partes. En alg√ļn rinc√≥n del local en penumbras sonaba una radio a pilas a toda potencia, sintonizada en una de las tantas radioemisoras que se conectaban en cadena para mantenernos informados. Todas emit√≠an la misma grabaci√≥n desde hace ocho d√≠as: los pa√≠ses en Europa y Asia estaban desolados, tal vez quedaran personas en localidades aisladas. El eco de esas noticias resonaba en mi cabeza como una pesadilla, en la casa dejamos de escucharla hace d√≠as.

Recorr√≠ en bicicleta los pasillos desordenados, sab√≠a d√≥nde ten√≠a que ir pero la mayor√≠a de los pasadizos estaban obstruidos con estanter√≠as o mercader√≠a apilada o alg√ļn zombi caminando por la zona, incluso vi una anciana que empujaba un carro lleno de detergentes. Demasiado lentos para reaccionar ante mi presencia. Quiz√° el casco les impidiera reconocerme como comida. Llegu√© a la zona de las conservas que era un desastre, tal vez no lograra pasar en bicicleta entre las monta√Īas de latas desperdigadas y un zombi que intentaba salir de debajo de ellas sin mucho entusiasmo.

Armado con el fierro me lanc√© y recog√≠ tantas latas de at√ļn como pude, mirando sobre mi hombro en todas direcciones cada cinco latidos de mi coraz√≥n desbocado. No me import√≥ la marca ni el precio, aunque mam√° esboz√≥ que prefer√≠a las de Robinson Crusoe. Inclu√≠ algunas conservas de pi√Īa y frutillas para las gemelas, palmitos y varias latas con ravioles listos para mi cumplea√Īos, que ser√≠a la semana siguiente. No cab√≠a nada m√°s en la mochila y aunque hubiese podido meter m√°s, mi cuerpo no habr√≠a aguantado el peso.

No hab√≠a ning√ļn zombi persigui√©ndome, as√≠ que respir√© tranquilo por un rato y recorr√≠ con calma el resto del supermercado, no s√© qu√© buscaba y hubiese querido llevarme todo para no tener que salir nunca m√°s a buscar comida. Encontr√© un cart√≥n de cigarrillos, mam√° estar√≠a muy contenta. Recog√≠ dos mu√Īecas nuevas para las gemelas y me alist√© para partir, cuando lo o√≠.

Debajo del eco de la radio y su mensaje en loop, m√°s bajo que los balbuceos de algunos zombis terminales, not√© el llanto de un beb√©. Fue un peque√Īo berreo, habr√≠a pasado inadvertido si no fuera por mi experiencia cuidando a las repetidas. La radio a todo volumen pod√≠a ser un distractor, los zombis llegar√≠an hasta ella y se ir√≠an al no encontrar comida parlante. O pod√≠a ser una trampa. El beb√© deb√≠a estar en otra parte. Segu√≠ recorriendo el supermercado, ah√≠ lo escuch√© otra vez y reconoc√≠ la direcci√≥n, hacia la panader√≠a del local. Me acerqu√© sigiloso, el fierro en alto, y trat√© de abrir la puerta, pero estaba trancada.

‚ÄĒ¬ŅAlguien en casa? ‚ÄĒpregunt√© en un susurro, lo suficiente fuerte para que me oyeran del otro lado. O√≠ al beb√© que estaba all√≠ dentro, gru√Īendo su descontento. Un beb√© vivo y seguramente uno o m√°s adultos con √©l. Pap√° me dar√≠a una paliza por lo que iba a decir, ay Dios‚ÄĒ… Si no est√°n infectados, tengo un refugio seguro y comida…

O√≠ movimiento. Me alej√© de la puerta y esper√©, mientras un zombi lento me miraba desde el final del pasillo de los cereales. La puerta se abri√≥ y del otro lado se asom√≥ una mujer sin labios y ojos desorbitados, cargando a un beb√© peque√Īo de bracitos rosados, bien arropado y para nada desnutrido. Me puse en guardia, pero la mujer no hizo nada para atacarme. Dej√≥ al beb√© en el suelo y lo observ√≥ una vez m√°s, acarici√≥ su carita con manos enguantadas en goma, me mir√≥ con los ojos que parec√≠an furiosos y regres√≥ a su escondite en la panader√≠a, sin despegar la mirada del beb√©.

El zombi de los cereales avanzaba por el pasillo mirando el tentempi√© en el suelo. Recog√≠ al beb√© y me alej√© pedaleando, oyendo los sollozos ahogados de la mujer y la protesta del zombi. Pod√≠a viajar en la bicicleta con el peque√Īo en un brazo y sostener el manubrio y el fierro protector en la otra, ser√≠a lento pero no imposible. Recog√≠ un gran pu√Īado de bolsas y las met√≠ en otra bolsa grande junto con un tarro de leche en polvo. Ya no pod√≠a perder m√°s el tiempo.

El camino de regreso fue terrible. Seguí la misma ruta por la que venía y eso fue un tremendo error. Los zombis depredadores me esperaban, uno alcanzó la rueda trasera con su pierna y me botó de la bicicleta. Caí de espaldas sobre la mochila, el bebé comenzó a llorar y eso llamó la atención del zombi más que cualquier otra cosa. Se lanzó sobre mí y lo recibí con las piernas flectadas, mordió mi pantorrilla por un lado de la canillera y lo empujé a un costado. Con el fierro en mi mano libre le di en el cuello antes que se levantara, su cuerpo saltaba del suelo con espasmos de epiléptico, pero ya no intentó atacarme. A lo lejos vi otros depredadores que corrían a todo pulmón.

La pantorrilla me dol√≠a demasiado, pero no pod√≠a quedarme all√≠. Sub√≠ a mi bicicleta y termin√© la ruta llorando por el dolor muscular. No hab√≠a zombis cerca de mi casa, sino vecinos que intentaban robarme lo que tra√≠a en la mochila. Los reconoc√≠, alguna vez tom√© onces en sus casas, jugu√© con sus hijos, pololi√© con sus hijas, asist√≠ a fiestas y cumplea√Īos. Pero en una situaci√≥n como √©sta no hab√≠a espacio para la caridad, que Dios me perdone.

Dejé la bicicleta en el antejardín y entré a mi casa, perseguido por una horda de personas hambrientas. Papá trancó la puerta y a pesar de su fractura, se las ingenió para clavarla rápidamente antes que los vecinos lograran entrar. Hasta los amenazó con pincharles los ojos con el mismo cuchillo que pinchaba a los zombis.

Saber que personas sanas pod√≠an hacer m√°s da√Īo que un zombi me ten√≠a con pesadillas desde el principio, lo vimos cuando mi padre regreso fracturado. Ahora los vecinos gritaban que les ayud√°ramos, pero en sus miradas ve√≠amos el instinto criminal de alguien que no quiere morir. Al poco rato se dieron por vencidos, cuando varios zombis depredadores aparecieron por la calle alertados con el alboroto.

Mamá estaba boquiabierta por la sorpresa que traía en mis brazos.

‚ÄĒ¬ŅNo que quer√≠as un nieto? ‚ÄĒpregunt√©. Las gemelas estaban fascinadas, ni les import√≥ que les trajera mu√Īecas nuevas o pi√Īas en conserva. Pap√° gru√Ī√≠a con el ce√Īo fruncido, tal vez pensando en la boca extra que alimentar, pero no parec√≠a del todo descontento. Un beb√© en el hogar, un sobreviviente. Un ni√Īo var√≥n de sexo masculino. Cont√© la historia con lujo de detalles, de la madre zombi que no se comi√≥ a su hijo, y dej√© para el final lo peor.

‚ÄĒTengo una mordida.

La alharaca que hicieron… Sab√≠amos que de estar infectado, no se manifestar√≠a de inmediato. A√ļn as√≠ la noticia era un golpe para la familia y mam√° r√°pidamente se llev√≥ a las ni√Īas al segundo piso. Revisamos mi herida, la marca de los dientes era impresionante, amoratada, pero no hab√≠a sangre. En teor√≠a no estaba infectado, pero eso no se pod√≠a saber todav√≠a. As√≠ que establecimos una cuarentena para m√≠, prepar√°ndonos para lo peor. Pap√° no quer√≠a, mam√° casi ni me miraba, las gemelas ten√≠an los ojos llorosos y se escabull√≠an para abrazarme pero yo no las dejaba.

Nos dimos un banquete, ravioles con at√ļn. Mam√° sazon√≥ el de las ni√Īas con pan rallado. En silencio me dije que era mi fiesta de cumplea√Īos adelantada y me aguant√© de llorar. Quer√≠a decir alg√ļn chiste, una t√≠pica broma de zombis en la mesa, pero no se me ocurri√≥ ninguno. Mam√° intentaba no mirarme con sospecha, pero cada vez que me mov√≠a ella saltaba espantada. Era mi funeral. Y sent√≠a la boca rara, en pocas horas ya ten√≠a la saliva espesa y sabor met√°lico en la lengua. Era indiscutible, estaba infectado.

Pensé en salir de la casa y esperar mi suerte en la calle. Sería lo mejor para la familia y para mí. Pero Papá intuyó mis intenciones y me lo prohibió blandiendo un cuchillo, como si sirviera de algo. No estaba dispuesto a perder otro miembro de la familia, me recordó a mis tíos que vivían a diez cuadras, cuando los vimos pasar por fuera con las dentaduras expuestas y los antebrazos masticados. No teníamos más noticia de otros parientes y bien podían estar todos muertos. Si tenía que amarrarme a la cama, lo haría. Accidentado como estaba seguía siendo más grande y más fuerte que yo.

Le hice caso, pero sin ninguna esperanza. √Čl insist√≠a en que en alguna parte alguien estaba trabajando en una cura. Yo intu√≠a lo contrario.

Esa noche la pas√© en mi habitaci√≥n sin dormir. En alg√ļn momento de la madrugada tuve que orinar por una rendija de la ventana, porque la puerta permanec√≠a trancada. Tom√© un cuaderno y mi linterna con d√≠namo y escrib√≠ la experiencia, con la esperanza que las gemelas me recordaran como el hermano que las am√≥ y no como el monstruo que quiz√° se las habr√≠a comido si pudiera. La expresi√≥n de la madre del beb√© rescatado me dec√≠a que s√≠ era posible luchar contra la enfermedad, por lo menos en las primeras etapas.

El d√≠a que sigui√≥ fue soleado y fresco, pero nadie pod√≠a sacarse la cara de culo. Ni siquiera la risa del beb√© nos quitaba de la cabeza que hab√≠a un muerto caminando dentro de la casa, una bomba de tiempo. Hicimos los preparativos, la logia era un lugar bastante seguro, con muros s√≥lidos y puerta de metal. Con el colch√≥n inflable del camping ocupando todo el espacio disponible. Pap√° pod√≠a pasarme agua y comida por una ventana peque√Īa que daba a la cocina. Yo hac√≠a mis necesidades l√≠quidas en un lavamanos y depositaba la caca en bolsas de supermercado.

Me llev√© todos los libros de la casa, las lecturas infantiles de las ni√Īas y los tratados sociol√≥gicos sesudos de mi madre. Pap√° no ten√≠a libros, con suerte le√≠a los textos en la pantalla del televisor. Seg√ļn yo √©stas ser√≠an unas t√≠picas vacaciones de adinerado que dice que va a mochilear a Europa pero en realidad se interna en una cl√≠nica para adictos e intoxicados. Y los libros ser√≠an mi conexi√≥n con el mundo real. Cuando ya no pudiera razonar con las p√°ginas, ser√≠a momento de usar el cuchillo que escond√≠ debajo de la secadora de ropa.

Intent√© relajarme. Las gemelas se sentaban a jugar junto a la puerta y me hac√≠an preguntas, yo no les contestaba o les gru√Ī√≠a que me dejaran tranquilo, no quer√≠a que sufrieran, pero ellas me ignoraban y segu√≠an hablando cosas de ni√Īas, mezclando realidad con ficci√≥n en la aventuras de sus nuevas mu√Īecas, Barbie Zombi Buena y Barbie Angelical sin Aureola.

El primer d√≠a fue aburrido. Por m√°s que intent√© leer, no lograba atender a lo que le√≠a. Durante un periodo muy corto imagin√© que en realidad ten√≠a una gripe mal cuidada, pero luego imaginaba que estaba a punto de convertirme en antrop√≥fago y que faltaba poco para que me comiera mis propios labios. No ten√≠a hambre, s√≥lo sequedad extrema y picaz√≥n en las palmas de las manos. Mi piel palideci√≥ y para la hora de la cena, ten√≠a las u√Īas moradas y los ojos hundidos.

Esa noche tuve pesadillas. La comida se revolvía en mi estómago, vomité cada bocado, un vómito espeso y sanguinolento. Dormí a saltos, despertaba ansioso, tenía unas ganas tremendas de salir, de gritar, pero me contuve dando de cabezazos contra el suelo.

A la ma√Īana siguiente comenz√≥ la ansiedad extrema. Mis pupilas se dilataron al m√°ximo, los colores se ve√≠an irreales, como te√Īidos por un arcoiris constante. Pap√° ven√≠a a hablarme, a contar sus historias de milico con fusil y corvo, o a relatar otra vez el d√≠a que nac√≠. Quer√≠a que se callara pero no pod√≠a hacerle eso, no a √©l. As√≠ que lo dej√© que recapitulara toda su vida, hasta que lleg√≥ la hora de los zombis.

La primera noticia del inicio de la epidemia fue una nota en un peri√≥dico sensacionalista. ‚ÄúLos zombis atacan‚ÄĚ, dec√≠a el peque√Īo titular acerca de una anciana que se alimentaba de murci√©lagos en la selva amaz√≥nica y que mordi√≥ a un turista que luego tuvo un extra√Īo caso de rabia. Una semana despu√©s el mundo entero estaba en cuarentena, en un estado de conmoci√≥n que s√≥lo crec√≠a. Nadie pod√≠a salir de sus hogares, si ten√≠a hambre o sed y no quedaban alimentos ni agua potable, ten√≠a que salir a saquear un supermercado o la casa del vecino. O√≠amos disparos en todo momento.

Los zombis merodeaban en cada rinc√≥n de la ciudad, millones de ellos deambulando por las zonas pobladas, los patios y las habitaciones de las casas abandonadas, buscando alg√ļn hueso que roer. Tragaban todo lo que pod√≠an sin saciar jam√°s su hambre, la mayor√≠a mor√≠an intoxicados o con un hueso atravesado en la garganta. Los zombis representaban eran un peligro para s√≠ mismos, pero a nadie le importaba.

Mi padre con su entrenamiento del servicio militar durante los a√Īos en que estuvimos a punto de ir a guerra con Argentina, y su panza de camionero bueno para la parrillada que seg√ļn √©l era una reserva para tiempos como √©ste, se fractur√≥ la pierna derecha durante los saqueos al supermercado del barrio antes que lo incendiaran sus propios due√Īos. Alcanz√≥ a que lo atendieran en una ambulancia precaria antes que se decretara el estado de sitio. Desde entonces tra√≠a un yeso lleno de dibujos e historias de princesas y descansaba su robustez en el sill√≥n del living, con varios cuchillos a mano y algunos palos y fierros en caso que alg√ļn zombi intentara colarse.

Mamá parecía un cadáver ambulante y si alguien la hubiera visto por la calle habrían escapado en el acto o le habrían dado un tiro en la cabeza. No le quedaban fuerzas para gritar y tenía ojeras hinchadas y la piel pálida. Teníamos que obligarla a comer, mis hermanas hacían el juego del avión y a veces funcionaba, otras veces rompía en llanto o simplemente nos gritaba sin decir nada.

Mis hermanas eran unas princesas gemelas de cabellera larga casta√Īa y ojos inquisidores, que se peinaban y maquillaban frente a un trozo de espejo y jugaban a que sus mu√Īecas eran hero√≠nas aniquiladoras de muertos vivientes, ahora Barbie Slayer y Barbie Motosierra.

Yo me la pasaba mirando el techo de mi habitación, o recordando canciones y escribiéndolas en mis cuadernos del colegio, o jugando con las gemelas, o ayudando a Mamá en lo que pidiera, que no era mucho, o encargándome de la mierda que dejábamos el bolsas de supermercado que ya comenzaban a acabarse.

En la casa s√≥lo quedaba arroz. Las latas de at√ļn y jurel se acabaron. Nos tomamos el aceite a sorbos. Mam√° encontr√≥ una bolsa sellada con pan rallado, para las ni√Īas cuando ya no quedara nada. Y el arroz se termin√≥ a la tercera semana de acuartelamiento. Las gemelas ya no preguntaban qu√© hab√≠a para comer, porque conoc√≠an la respuesta. Sin luz ni agua potable, est√°bamos perdidos. As√≠ se nos ocurri√≥ que alguien ten√≠a que salir a asaltar un supermercado. Encontr√© una guagua y me mordi√≥ un zombi. Y aqu√≠ estoy, encerrado, escuchando historias a√Īejas de combates que no fueron tan fascinantes como las relatan.

Al caer la noche me sentía espeso. No sé cómo describirlo, era similar a la sensación que queda después de haber pasado todo el día en la piscina, pero sin frío. Lentamente perdí la sensación de tacto en las manos y luego en casi todo el cuerpo, era como estar anestesiado, algo se siente pero no está claro qué.

No pod√≠a cerrar los ojos por m√°s de cinco segundos. Ni hablar de dormir. Mi cabeza corr√≠a a mil kil√≥metros por hora, no pod√≠a concentrarme en nada pero s√≠ pod√≠a pensar varios temas al mismo tiempo, las ecuaciones en los libros de matem√°tica se resolv√≠an solas, los recuerdos de mi vida entera ten√≠an calidad de DVD. Creo que eso fue lo √ļnico positivo, la sensaci√≥n cierta de ser m√°s inteligente, aunque durara apenas un d√≠a. No serv√≠a de nada ser inteligente si en poco tiempo ser√≠a un troll.

Ya no escuchaba a Pap√° ni a las chicas. Me dediqu√© a gemir. Creo que me sent√≠a mal, pero no sent√≠a nada, no lo recuerdo. Todo se volvi√≥ difuso. Ya no recib√≠a la comida que me ofrec√≠an por la ventana, no ten√≠a ning√ļn inter√©s, no sent√≠a olores ni sabores. No sab√≠a si era de d√≠a o de noche.

Comenc√© a mordisquearme los labios, levemente al principio, como en la √©poca de ex√°menes cuando terminaba con heridas nerviosas. Y en cosa de pocas horas me los estaba mordiendo de verdad, con fuerza, sin sentir dolor. Miraba mis manos ensangrentadas, las lam√≠a, un extra√Īo sabor impregnaba mis papilas gustativas. No era delicioso, ni siquiera s√© c√≥mo describirlo, pero me ten√≠a desesperado. Era el sabor de mi propia carne. Y lo disfrut√©.

Y as√≠ acab√© como cuaquier zombi, sin labios, gimiendo mi verg√ľenza. No sangr√© demasiado, las heridas de mi boca cicatrizaron casi de inmediato. Entonces record√© el cuchillo. Lo busqu√© y no estaba. Enloquec√≠, di vuelta todo, mis fuerzas me abandonaban pero a√ļn as√≠ me las ingeni√© para hacer pedazos el colch√≥n inflable.

Papá me observaba desde la ventana, sus ojos llenos de lágrimas, pero firme. Alguien le hablaba y él respondía. Yo entendía perfectamente, pero es como si los significados hubiesen dejado de ser importantes. Sabía que en pocos días sería un imbécil. Y en algunas semanas estaría muerto. No me quedaba orgullo, no sin mis labios.

Me comí la lengua hasta donde era posible. Ya pensaba en comerme la carne de la palma de mis manos, debajo de mis pulgares, cuando Papá abrió la puerta.

‚ÄĒDe pie ‚ÄĒme dijo y sent√≠ un p√°nico asfixiante. No por miedo a que me hiciera algo, sino por terror a que yo intentara hacerle algo a √©l, a mi padre, a mis hermanas… Las gemelas estaban detr√°s de √©l y fue como si me ofrecieran agua en el desierto. Me vi masticando sus rostros peque√Īos. Viv√≠ la experiencia incluso sin hacerlo, una y otra vez, y dese√© morir de inmediato, que me mataran o tendr√≠a que matarlos yo. En qu√© estar√≠an pensando al entrar as√≠ a la celda de un zombi hambriento.

‚ÄĒExtiende tu mano ‚ÄĒdijo Papa con su voz marcial. Cuando ni√Īo le tem√≠a. Ya de grande me importaba una raja, pero sab√≠a que si le desobedec√≠a recibir√≠a una palmada de su mano pesada como un ladrillo. Algo de eso me hizo obedecer, porque mucha raz√≥n no me quedaba a esa altura, no con las gemelas all√≠. Las mir√© una vez m√°s… y sonre√≠an. Extend√≠ mi mano y recib√≠ mi obsequio de cumplea√Īos.

Ara√Īas. Ara√Īas vivas, pero les hab√≠an cortado las patas.

‚ÄĒHaz que te piquen ‚ÄĒdijo Pap√°. Creo que me pas√© demasiados segundos mir√°ndolo, perplejo. Si de verdad quer√≠a que muriera, √©sa iba a ser una muerte lenta‚ÄĒ. ¬°Hazlo! Por favor, conf√≠a en nosotros.

Las gemelas sonre√≠an. Pap√° no ten√≠a ni una pizca de miedo, confiaba plenamente en m√≠. En su hijo zombi. Apret√© las ara√Īas contra mi antebrazo, supongo que me picaron porque inmediatamente sent√≠ un cosquilleo. Nos quedamos as√≠, observ√°ndonos mutuamente por no s√© cu√°nto tiempo. Tal vez esperaban que dijera algo, pero no pod√≠a, no sin labios ni lengua. Pas√≥ un minuto, luego otro, y segu√≠amos mir√°ndonos.

‚ÄĒ¬ŅYa no nos quieres comer? ‚ÄĒpregunt√≥ Pap√° y fue como si me echaran un balde de agua helada encima. En mi antebrazo se dibujaba una roncha ennegrecida y a su alrededor la sensibilidad regresaba con un cosquilleo agradable. Mir√© las ara√Īas machucadas y me las ech√© a la boca. Creo que re√≠, mi cerebro comenzaba a reaccionar como si despertara despu√©s de una noche de juerga descomunal. Volv√≠a a ser yo, minuto tras minuto dejaba de ser un zombi.

Abrac√© a Pap√° y de verdad no quise morderlo. Estaba tan feliz… me agach√© para abrazar a las repetidas y vi sus sonrisas, sin labios. Mis princesas, convertidas en zombis. Todav√≠a se ve√≠a en sus bracitos las marcas que dejaron las cuerdas con las que las amarraron a sus camas. Me abrazaron, me mostraron sus lenguas, al menos algo no se hab√≠a perdido, y rieron. Sus risas eran como campanas de Navidad.

Papá y las gemelas me condujeron a la sala. Allí Mamá, sin labios la pobre, ni siquiera para fumar, mecía al bebé, una criatura delgada, casi cadavérica, que tomaba leche de su mamadera.

‚ÄĒ√Čl nos contagi√≥ ‚ÄĒdijo Pap√° sin una pizca de rencor. Lo mir√©, alto y fornido como siempre, ahora sin su panza de camionero y apenas cojeaba. Ten√≠a las pupilas dilatadas del infectado pero manten√≠a sus labios intactos. De hecho estaba m√°s delgado y se ve√≠a como el Rambo que recuerdo de ni√Īo.

Quise preguntar c√≥mo se dieron cuenta. Hice la m√≠mica, una ara√Īa caminando sobre la cabeza de las gemelas. Y Pap√° s√≥lo apunt√≥ a la radio a pilas, destartalada pero a√ļn funcionando, ahora con el volumen bajo para no despertar al beb√©.

‚ÄĒ…ara√Īas de rinc√≥n, la toxina de su picadura ha demostrado tener una eficacia casi inmediata contra los efectos del virus. Puede encontrarlas en lugares oscuros, entre medio de cachureos en el patio, debajo de la cama y detr√°s del armario, donde sea que guarde cosas que no ha movido durante a√Īos, all√≠ est√°n. Basta con la picada de una sola… ¬°La cura existe! Y es algo tan simple como las ara√Īas de rinc√≥n, la toxina de su picadura…

Nos pusimos a saltar en la sala y despertamos al bebé. Pobre criatura afortunada.

Pasar√≠an varias semanas antes que pudi√©ramos salir a la calle. La picada de una ara√Īa nos daba suficiente toxina para una semana y √©ramos una familia grande. La piel al rededor de la picadura se ca√≠a como cera y ten√≠amos que hacer curaciones diarias, pero san√°bamos pronto, demasiado r√°pido. Pap√° comenz√≥ a hablar del uso militar del virus zombi, que ahora todo ten√≠a sentido.

Salimos a cazar ara√Īas al patio y las casas deshabitadas de los alrededores, hasta nos vimos obligados a pelear con algunos zombis, de los pocos que quedaban. La situaci√≥n nos parec√≠a casi rid√≠cula, nos sent√≠amos poderosos, invencibles. No pod√≠an contagiarnos porque ya est√°bamos contagiados. √Čramos m√°s r√°pidos y m√°s inteligentes. Despu√©s de un mes encerrados, rodeados de muerte y miseria, era natural que nos sinti√©ramos euf√≥ricos.

Nuestros vecinos nos tem√≠an. C√≥mo no. Nosotros hac√≠amos un gesto de pulgares en alto y rog√°bamos a Dios por que no hubiera ning√ļn chiflado con una escopeta. Con Pap√° sal√≠amos en bicicleta, su pierna ya estaba curada y el ejercicio le hac√≠a bien. Recorr√≠amos el barrio en busca de v√≠veres y ara√Īas. De paso aniquil√°bamos a los zombis terminales, ya intentamos una vez recuperar a uno con picadas de ara√Īa, pero el resultado fue penoso, el pobre estaba mejor muerto. Un fuerte golpe en la nuca o en la tr√°quea era suficiente, era lo m√°s piadoso que pod√≠amos hacer por ellos. Y cuando nos persegu√≠a alg√ļn zombi vigoroso, le lanz√°bamos encima una red de tenis y lo inmoviliz√°bamos en el piso para darle una dosis de ara√Īas. Apenas ve√≠amos una mejora lo dej√°bamos con su estupefacci√≥n e instrucciones para que buscara sus propios bichos.

√Čse fue el comienzo de los mejores a√Īos de mi vida.

Cuento de fantas√≠a ‚ôē el precio

Esta historia se publicó originalmente en Fantasía Austral

Ilustración: fan-art de Guild Wars.

El príncipe Rem despierta en su lecho iluminado por el sol del amanecer y ve con un sobresalto que un monstruo le aguarda, enorme, metálico y reluciente. Una armadura recién pulida erguida a los pies de su cama.

‚ÄĒ¬°S√≥rem! ‚ÄĒclama el pr√≠ncipe enfurecido, sentado en el borde del camastro a la espera que su sirviente aparezca al trote. Pero √©ste s√≥lo asoma el rostro desde la lejana puerta de la habitaci√≥n.

El monstruo plateado cobra vida, da un paso hacia la entrada y el sirviente desaparece de inmediato.

‚ÄĒNo podemos entrar, pr√≠ncipe Rem ‚ÄĒdice S√≥rem desde el exterior‚ÄĒ. El aut√≥mata no lo permite…

‚ÄĒ¬ŅY qui√©n me ayudar√° a vestir entonces? ‚ÄĒgrita Rem. El monstruo regresa a su posici√≥n original, alto como todo aut√≥mata guerrero, cubierto de p√ļas afiladas a√ļn lustrosas sobre sus hombros y casco.

‚ÄĒEl Rey orden√≥ que nadie se acerque a usted mientras el aut√≥mata est√© a su lado, su majestad.

¬°Absurdo!, piensa Rem y dedica algunos segundos extra para contemplar al monstruo, que parece mirarle desde detr√°s de la m√°scara inexpresiva. Si son √≥rdenes del Rey, entonces se trata de otra prueba de √©tica o de coraje. Completamente absurdo…

Pasan los minutos y nadie entra para atenderle. Rem se traga el orgullo y suspira resignado, recordando las anteriores pruebas impuestas por su padre. Algunas tan rid√≠culas como √©sta, otras intrincadas aunque obvias, como el cuidado de un cachorro imperial…

Mira en todas direcciones con un nudo form√°ndose en su garganta.

‚ÄĒ¬ŅD√≥nde est√° Fifo? ‚ÄĒpregunta y no recibe respuesta‚ÄĒ. ¬°D√≥nde est√° mi perro!

Sólo obtiene silencio y la sospecha se asienta en la base de su estómago, produciéndole un dolor intenso.

Rem desciende de la cama y recorre la habitaci√≥n hasta el amplio armario. Se coloca un traje liviano de verano y calza las sandalias de hilo que teji√≥ su madre para su √ļltimo cumplea√Īos. Y en todo momento el aut√≥mata le sigue de cerca con pisadas silenciosas, manteniendo una distancia prudente.

‚ÄĒVamos ‚ÄĒdice el pr√≠ncipe Rem cuando acaba de vestirse. El ser de metal llega a la puerta en dos zancadas, la abre sin delicadeza y sale de la habitaci√≥n, provocando los gritos desesperados de los sirvientes que aguardan afuera.

El largo pasillo está vacío y silencioso. Sólo el monstruo espera erguido a un lado de la puerta, una máquina de guerra capaz de convertir un cuerpo humano en jirones sólo con sus manos.

‚ÄĒLl√©vame con mi padre ‚ÄĒdice Rem mirando hacia arriba a la m√°scara del monstruo, tan alta que no podr√≠a alcanzarla con sus brazos extendidos‚ÄĒ. Ll√©vame con el Rey.

El aut√≥mata ahora avanza con paso firme y Rem le sigue de cerca. A ratos la criatura de metal se detiene a esperarle. Avanzan por el castillo fr√≠o, vac√≠o y silencioso, que a esta hora de la ma√Īana deber√≠a bullir de sirvientes prepar√°ndose para un nuevo d√≠a. Descienden por la escalera circular que accede a los calabozos y siguen descendiendo hacia territorios inexplorados, prohibidos para el pr√≠ncipe y para casi todos los s√ļbditos del Rey, hasta una puerta custodiada por dos aut√≥matas oxidados que se apartan apenas les ven llegar.

La puerta está abierta y desde su interior en tinieblas emergen olores y sonidos que ponen la piel de gallina, sangre y gemidos mezclados como un mismo horror. Rem está aterrado, siente que el frío se apodera de sus piernas y manos y ya no quiere entrar, pero el monstruo parece invitarle con un movimiento de sus brazos metálicos, que se balancean levemente a los lados de su cuerpo.

‚ÄĒAdelante ‚ÄĒdice una voz en el interior. Rem la reconoce de inmediato, es el Rey.

El príncipe avanza y el monstruo no le sigue, permanece de pie custodiando la entrada con los brazos abiertos y las piernas separadas.

La habitaci√≥n lentamente se ilumina con l√°mparas de gas y Rem ahoga un grito, repirando vapor en este ambiente g√©lido. En los muros aguardan decenas de perros encerrados en jaulas, gimiendo y debati√©ndose sin esperanza, apilados unos sobre otros. Y en una gran piscina en el centro de la habitaci√≥n, con aguas que relucen en tonos de verde p√°lido, flotan las cabezas de otras criaturas decapitadas. Rem se acerca a mirarlas y descubre con horror que √©stas a√ļn se mueven.

‚ÄĒAs√≠ es, hijo ‚ÄĒdice el Rey desde el fondo de la habitaci√≥n, de pie junto a otro hombre encorvado, el brujo imperial cubierto con harapos hasta la cabeza, que da machetazos a un animal sobre una gran mesa y luego arroja la cabeza a la piscina. Rem sab√≠a de su existencia, pero hoy es primera vez que lo ve‚ÄĒ. Al principio us√°bamos a nuestros hombres ca√≠dos en batalla y nos serv√≠an bien, pero con el paso de los a√Īos se volv√≠an rebeldes, regresaban a sus hogares y algunos, al descubrir que sus familias los daban por muertos y a√ļn as√≠ viv√≠an felices, comet√≠an horribles cr√≠menes.

‚ÄĒ¬ŅPor qu√© Fifo? ‚ÄĒdice Rem y el llanto asoma a su rostro. Avanza hacia el Rey y se queda a un paso de distancia, mir√°ndolo hacia arriba con sus ojos llenos de l√°grimas.

‚ÄĒ¬°No soy tu madre! No esperes un abrazo de compasi√≥n ‚ÄĒdice el Rey con la frialdad propia de un monarca. Pero Rem nota en su rostro algo distinto, un dolor antiguo filtr√°ndose en su gesto de piedra.

Rem retrocede y se queda mirando al brujo, que carga el cuerpo tembloroso de otro animal a la mesa, un cachorro apenas, con las orejas pegadas al cr√°neo y moviendo la cola, sumiso y tal vez con algo de esperanza, confiando fielmente en su amo.

‚ÄĒ¬°Detente, esto es cruel! ‚ÄĒgrita Rem y se arroja contra el brujo, sintiendo el metal debajo de los harapos. Retrocede y grita fuerte, expulsando toda su rabia y pena en forma de una nube de vapor condensado.

El monstruo que esperaba en la puerta se acerca corriendo hasta su lado. El brujo contin√ļa con su trabajo y corta la cabeza del animal, que no alcanza a gemir. Un golpe firme y certero. La cabeza es lanzada a la piscina y el cuerpo con espasmos cae fuera de la mesa, sobre un lote de animales inertes, a√ļn tibios.

‚ÄĒEllos nos aman ‚ÄĒdice el Rey, acerc√°ndose al monstruo de pie junto al pr√≠ncipe, sin temor‚ÄĒ. Ellos jam√°s nos traicionar√°n. Ellos dar√°n todo por obedecernos. Los criamos con este prop√≥sito y no existe otra raz√≥n para su existencia…

‚ÄĒJura que no sienten dolor ‚ÄĒdice Rem en un susurro enfurecido, dirigi√©ndose al Rey como si se dirigiera a un desconocido‚ÄĒ. J√ļralo padre, y no objetar√© nada m√°s.

El Rey no responde de inmediato. Mira a su hijo y la misma expresión de antes, tensa y culposa, asoma en sus ojos negros.

‚ÄĒEl dolor es lo que les da energ√≠a ‚ÄĒdice el monarca desviando la mirada‚ÄĒ. En sus vidas todo lo que queda es dolor y obediencia. Y al cabo de un a√Īo les damos paz… No soy insensible a su dolor, hijo. Siento m√°s compasi√≥n por ellos que por nuestros s√ļbditos y sus familias… ¬ŅQu√© clase de Rey puede desear la felicidad de su perro por sobre la seguridad del reino y su gente?

Rem oculta el rostro entre sus manos entumecidas. Un nuevo animal es depositado sobre la mesa, su cabeza separada del cuerpo. El Rey camina fuera de la habitación y se detiene en la puerta.

‚ÄĒUn d√≠a t√ļ reinar√°s, Rem. Un d√≠a tomar√°s decisiones espantosas, como √©sta que deb√≠ tomar muchos a√Īos antes de conocer el amor de tu difunta madre. Un d√≠a despertar√°s en tu lecho sabiendo que tu alma y tu culpa se han fundido en una sola, y sentir√°s que no mereces ser feliz. √Čse soy yo, hijo. √Čse ser√°s t√ļ. √Čse… es el precio de ser Rey.

Rem se queda solo en la habitaci√≥n mirando al brujo imperial, otro aut√≥mata cuyo √ļnico objetivo es decapitar perros y reunir suficientes cabezas para los nuevos monstruos que mantendr√°n la paz en el reino, movido por la conciencia de una cabeza humana, la cabeza del que alguna vez fuera un sabio y poderoso Rey.

A√ļn llorando, acerca una caja al aut√≥mata reluciente que le hace compa√Ī√≠a y queda a la altura de su m√°scara inexpresiva. La desprende sin esfuerzo, pues las piezas que deben mantenerla en su lugar a√ļn no han sido instaladas. Y dentro encuentra la cabeza mutilada de Fifo, su perro guardi√°n, el que ahuyentaba a sus sirvientes cada ma√Īana, el que dorm√≠a a los pies de su cama. Ahora sin mand√≠bula ni nariz, sujetado por una estaca que penetra el cr√°neo hasta su cerebro, sus ojos con el mismo brillo verde de la piscina a√ļn expresan el cari√Īo que le profesaba todos los d√≠as.

Rem acaricia las orejas del animal con sus dos manos y el monstruo de metal mueve sus brazos en un balanceo involuntario, cerrando los ojos vidriosos.

‚ÄĒMi Fifo, mi pobre Fifo…

Arranca la cabeza de su soporte con un fuerte tirón. El monstruo de metal ahora inerte, cae de espaldas con un estruendo mientras la cabeza de Fifo en sus manos parpadea y mira en todas direcciones. Rem se sienta en la caja y aguarda hasta que esos ojos dejan de brillar, acariciándolo y canturreando una melodía infantil. Sigue allí por largos minutos sin que nadie vaya a buscarle, seguro de que su mascota está realmente muerta.

Deja la cabeza inerte de Fifo junto con el resto de los cad√°veres detr√°s de la mesa y se marcha, secando sus l√°grimas por √ļltima vez. En todo el tiempo que estuvo all√≠, cayeron veinte nuevas cabezas en la piscina.

Cuento de zombies 💀 el caf√© de media tarde

Este cuento fue publicado en la colecci√≥n En la Sangre y forma parte del ciclo “Los Zombies prefieren el Sushi“.

Ilustración: J. Antonio Marchán

Bajamos al Starbucks que está en la esquina de en frente, anhelando los placeres que promueve el olor del café a esa hora de la tarde en que la modorra se instala sobre nuestras cejas. Es un rito diario que no queremos eludir. Y aprovechamos de escapar del horno abrumador al que nos someten los ancianos friolentos del piso, que se la pasan con el aire acondicionado a 28 grados Celsius mientras los jóvenes nos freímos en nuestra propia manteca.

Cruzamos la calle y Armando ríe de un chiste que todavía no logra contar completo, Magnolia empolva su nariz y yo acomodo la mascarilla bajo mi nariz para ocultar esta sonrisa permanente. Es más un gesto de buena educación que una obligación sanitaria, todavía hay gente que se espanta.

Fuera del local un indigente nos observa pasar con sus ojos desorbitados y la boca sin labios, abierta y jadeante. El hombre huele mal, a meados y pelo quemado, y parece que no se cambia esa ropa desde hace meses. Hago que mis compa√Īeros de oficina entren primero al Starbucks, sin perder de vista al sujeto y cierro la puerta de vidrio a mis espaldas.

El pordiosero nos persigue con su mirada ansiosa hasta que una ejecutiva de minifalda y tacón pasa frente al local y le hace perder su interés en nosotros.

‚ÄĒHay un hambriento ah√≠ afuera ‚ÄĒdigo y veo de reojo a varios tipos de piel gris en el interior del local con sus mascarillas abajo, bebiendo despreocupados sus caf√©s con ayuda de bombillas. Me miran un segundo, se encogen de hombros y siguen en sus conversaciones llenas de chasquidos y gorjeos.

‚ÄĒYa llamamos al escuadr√≥n hace cinco minutos ‚ÄĒdice una chica regordeta y sonriente detr√°s del mostrador‚ÄĒ. ¬ŅQu√© desea beber hoy, don Samuel?

¬ŅElla sabe mi nombre? Por m√°s que lo intento no puedo recordar el suyo… Lo tiene anotado en una chapita sobre su coraz√≥n. Amanda.

‚ÄĒHola Amanda, quiero un cortado grande y agrega chips de chicharr√≥n, por favor.

La joven asiente y completa mi pedido en su terminal. Armando, que sigue riendo de su chiste inconcluso, pide un mocaccino y Magnolia un chocolate con crema, mirando cada cinco segundos sobre su hombro al indigente que ahora nos observa desde el ventanal, con su boca horrenda pegada contra el vidrio que le hace parecer una lamprea con mal aseo.

‚ÄĒSu cara me es conocida ‚ÄĒdice ella entornando los ojos‚ÄĒ. Si lo imagino con labios y sin barba, se parece a Mario Sparrow.

‚ÄĒ¬ŅEl que descubri√≥ la cura? ‚ÄĒdice Armando acerc√°ndose al ventanal, indiferente al peligro‚ÄĒ. El pobre ya se hab√≠a comido a su esposa cuando descubri√≥ la soluci√≥n al problema. Por suerte no alcanz√≥ a comerse al ni√Īo…

‚ÄĒLe comi√≥ un brazo ‚ÄĒdice Magnolia, contrariada‚ÄĒ. Y as√≠ y todo le dieron el Nobel, no digo que no lo mereciera, pero el tipo atend√≠a una ferreter√≠a. El hijo lo demand√≥ y eso qued√≥ en nada despu√©s de la amnist√≠a.

‚ÄĒHay un rumor que dice que fue √©l quien invent√≥ el virus ‚ÄĒdigo y todos en el local me miran‚ÄĒ, aunque es s√≥lo un rumor. Tambi√©n dicen que alguien tuvo sexo con un cad√°ver… cosas que inventa la gente.

Armando regresa al mesón cuando llega su café. Magnolia recibe el suyo y yo me quito la mascarilla para saborear el mío. Pido una bombilla y un babero, porque no importa cuánto cuidado ponga en tragar, siempre se cae algo.

‚ÄĒEste tipo parece que est√° en la etapa cuatro ‚ÄĒcomenta alguien a nuestra espalda, refiri√©ndose al indigente que camina hacia la puerta del local‚ÄĒ. ¬ŅLo dejamos entrar?

Es obvio lo que va a ocurrir. Si realmente está en la etapa cuatro de la infección, ya perdió su capacidad de controlar el hambre y pronto saltará sobre cualquiera. La toxina liberada por el virus en su cerebro excede el límite y si no se le trata pronto, sus células gliares morirán, en algunas semanas todo su sistema nervioso correrá la misma suerte y en el intertanto atacará cualquier cosa viva para saciar un hambre que no puede ser saciada.

Voy hacia la puerta y en vez de trancar el pestillo, la abro y le entrego mi café. Los trozos de cadáver humano fritos, importados desde China o quizá de la India, esparcidos sobre la crema igual que los chips de chocolate, inmediatamente llaman su atención. Me mira, recibe el café y comienza a engullir, perdiendo más de la mitad del brebaje que se escurre por su pecho.

‚ÄĒBien pensado ‚ÄĒdice la misma persona que nos alertara antes. Le miro y veo a nuestro jefe, M√°ximo Za√Īartu, tan alto como yo, de ojos hundidos en un rostro gris marcado por cicatrices de rasgu√Īos.

A diferencia de muchos de los que sucumbimos a la infecci√≥n, √©l mantiene sus labios intactos. En la desesperaci√≥n de la primera hambre durante la epidemia, prefiri√≥ comerse el exceso de pellejo y grasa que le colgaba del est√≥mago antes que perder la capacidad de besar a su mujer, un rom√°ntico incluso en el atardecer del Apocalipsis. Su familia le acompa√Ī√≥ a pesar de todo, incluso su esposa estuvo dispuesta a donarle los me√Īiques cuando se acabara el pellejo, pero no fue necesario. Sparrow hab√≠a encontrado la soluci√≥n luego que intentara suicidarse con picadas de ara√Īas que deambulaban en su ferreter√≠a. La neurotoxina, en vez de matarle, actu√≥ sobre su sistema nervioso contrarrestando la propia toxina del virus, le devolvi√≥ la cordura y disminuy√≥ su hambre. La noticia se difundi√≥ en menos de un d√≠a, aunque la cura no lleg√≥ a tiempo a algunos rincones del planeta donde no tienen el mismo tipo de ara√Īas ponzo√Īosas.

‚ÄĒHola jefecito ‚ÄĒdigo y estrecho su mano. Me coloco la mascarilla y hago un gesto a Magnolia y Armando para que se acerquen.

‚ÄĒD√©jame que te invite una crema de m√©dula, debes estar hambriento ‚ÄĒbromea M√°ximo y todos re√≠mos. Es el jefe‚ÄĒ. Escuch√© lo que dec√≠an antes. No se parece en nada a Sparrow, √©l se suicid√≥ hace a√Īos. M√≠ralo, recogiendo lo que cay√≥ al suelo. Pasar hambre es una sensaci√≥n tremenda, seas un hambriento o no. Y √©l parece que no recibe su vacuna desde hace un buen rato.

En ese momento llega un furgón blindado frente al Starbucks. Se abren sus compuertas a un costado y descienden dos grises corpulentos, cubiertos con armaduras y portando varas electrificadas.

El ingente los ve y el pánico se plasma en su rostro sin labios. Levanta las manos y se acerca al vehículo voluntariamente, sube y se sienta. Un enfermero, también vestido con armadura, le toma una muestra de sangre con un pinchazo de un dedo y la analiza en la computadora. En menos de un minuto se quita el casco y le da una palmada al indigente en el brazo, sonriendo. Lo despide con una barra de carne seca y manteca.

‚ÄĒMe siento culpable ‚ÄĒdigo y es la verdad‚ÄĒ. Pens√© que nos quer√≠a comer.

Armando se ríe de mí, estoy seguro que reirá por horas. Y Magnolia ajusta su escote, sonriendo siempre con ese gesto somnoliento que usa para conquistar. Máximo le sonríe de vuelta y desde mi lugar privilegiado veo que hace girar la argolla de matrimonio en su dedo.

Salimos los cuatro del local. El pordiosero me mira con sus ojos de huevo duro y hace un gesto con la mano mientras mastica lentamente su premio. Le devuelvo el gesto y me marcho cabizbajo, paladeando la crema de médula que me invitó el jefe.
Es el producto m√°s caro.