Protón de Huevo

Cuento: «Corcho Loco Mata una Vaca»

Ésta es una historia que escribí en 2003 y que anda dando vueltas por ahí.

Se alistaba para escribir. El computador encendido. Una caña con tinto de caja. La tabla con tres tipos de queso y un puñado de tabaco para cuando terminara.

—¿Y sobre qué escribiré esta vez? —dijo Pablo. Le picaba el rostro allí donde crecía la barba. Quería rascarse pero si lo hacía se podía caer un avión en el Caribe y no iba a permitir más muertes por un simple prurito.

—¡Tengo que escribir!

Saltó de la silla y trepó como gibón las lianas que pendían del árbol en medio de su habitación. Entonces recordó que no había ningún árbol allí y se rindió de espaldas sobre su cama. Pero aún se sentía como un mono y ahora le picaba todo el cuerpo.

Cerró los ojos, debía relajarse, las alucinaciones se irían cuando llegara la calma. Caminó por praderas, entre la nieve de la cordillera, bajo las olas y sobre las nubes. Atravesó muros de roca y despertó en medio de su otro cuarto. Con interminables estantes de libros en vez de paredes.

Aún sentía algo de primate, pero la comezón había cesado.

Trepó al estante sur y sacó el libro de cuentos ajenos. Había buen material allí, buenas lágrimas para derramar de pena y de rabia.

—No tengo tema —dijo Pablo—. Tengo mil imágenes para explotar y ninguna huele a cuento. Quizá algo simple resulte. Antes de los mundos yo tenía un duende que escribía en los recreos y sus cuentos tenían buen sabor. Pero ahora no. ¡Tantas brutalidades! Tres carillas para describir el protón de huevo y cómo podía destruir a la humanidad. Más un párrafo al final explicando que bastaba con una buena fritura para terminar con la amenaza… ¿Protón de huevo?

La idea no venía de sus recuerdos, era algo nuevo en su cabeza y al fin tenía algo sobre qué trabajar.

Entró al libro y encontró a Matilda. Siempre la encontraba. Estaba en todos los libros, era la señora de los índices, cómplice del lápiz y la pluma salvaje.

—Buen día Pablov —dijo Matilda. Tenía una coqueta sonrisa que iluminaba las letras danzantes en su aura—. Te noto algo peludo hoy. ¿Estuviste masticando tabaco otra vez?

—No —dijo Pablo—, la culpa es del protón de huevo.

—¿Y qué hace este… como se llame?

—Flota en la atmósfera amenazando la vida en la Tierra.

—¡Oh! Eso es grave. ¿Y qué lo hace tan apocalíptico?

—Causa dolorosas mutaciones al escroto.
Matilda escupió una carcajada y el libro se cerró riendo hasta que se encajó de regreso en su estante.

«¿Mutaciones al escroto?». Pablo abrió los ojos y estaba de regreso en su habitación, sobre su cama, a un lado del computador y la caña de tinto. Pero aún no podía escribir, faltaba la historia.

Salió al pasillo y su madre lo regañó por decir groserías.

—Se me salen sin querer —dijo Pablo y escapó a la calle. No recordaba haber dicho nada indigno, pero probablemente sí lo hizo. No lo regañaban por lavar su plato después de comer.

La vecina de enfrente regaba el pasto y miraba de reojo al hijo de su vieja amiga.

—Señora, soy una bendición —dijo Pablo con una sonrisa de mucho tabaco. La vecina dejó de regar para esconderse en su casa.

Esa mañana había dos soles en el cielo y la estación espacial giraba a medio camino entre las nubes y la luna. Allá estaban los científicos. Las mejores mentes del planeta, intentando descubrir una cura para el escroto mutante.

¡En menos de dos generaciones ya no habría más generaciones si no hacían algo! Los dolores impedían la procreación. Con suerte sobrevivirían algunos tipos de caracoles abisales que no requieren contacto sexual para engendrar.

Pero el protón de huevo no era un simple químico en la atmósfera. Tenía inteligencia y la mentalidad de un niño de cuatro años que sólo quiere jugar. Eso explicaría los extraños episodios de huevos quebrados en las avícolas del mundo. El chicoco era un tanto juguetón.

Pablo cavilaba sobre estas cuestiones y la densidad de la yema cuando una mano suave se posó en su hombro derecho. Ante la idea de otra alucinación, decidió ignorar el gesto.

—No te vas a librar de mí tan fácilmente —dijo una voz junto a su oído.

Sonaba como Matilda. Olía como ella y la mano se sentía como suya. ¿Será Matilda? Pablo dio media vuelta y sí era ella, pero en carne y hueso. Con algunas letras flotando en su aura, lo que hacía su sonrisa aún más cautivadora.

—¿No deberías estar viendo el Pipiripao? —dijo Pablo y encendió un cigarro.

—Yo no había nacido cuando dejaron de dar esa cosa en la tele —dijo Matilda—. Y no hay ningún cigarro en tu mano. ¡Vuelve! ¡Manifiéstate! Estoy llamando al Pablo que vive encerrado en esta cabeza rapada.

Matilda siempre se burlaba de su padecimiento y Pablo la dejaba. Las personas solían ignorarlo o fingir que el mundo estaba igual que siempre cuando él andaba cerca. ¿Y qué otra cosa podían hacer? Estaban lejos de entender lo que ocurría. Pero pronto lo entenderían, cuando el protón de huevo se apoderase de sus escrotos…

—¿Por qué dices esas barbaridades? —dijo Matilda riendo y se sentó en la cuneta a fumar un cigarro de verdad—. Siéntate a mi lado y cuéntame qué que cuece.

«¿Acaso esta mujer puede leer mi mente?», pensó Pablo. Y era un pensamiento alarmante.

Quizá fuera una manifestación física del maléfico protón de huevo, que evolucionó a una etapa más adulta. Había que admitir que se trataba de una muy buena manifestación física…

—¡Pablo! No puedo leer la mente. Estás pensando en voz alta.

—¡Demonios! Entonces no necesito hablar, ya que con mi pensamiento basta.

—Como quieras —dijo Matilda—. Ahora háblame de ese protón de huevo.

Y Pablo habló del Protón de Huevo durante tres horas, de corrido.

—Ya poh, dime algo —dijo Matilda perdiendo la paciencia.

—¡Un bucle en el espacio-tiempo! Este protón de huevo es realmente travieso, voy a tener que contarlo todo de nuevo.

—No dijiste nada —dijo Matilda—. ¿Estás tomando las pastillas que te recetó el loquero?

Nadie quiere que andes por allí llamando a la gente pulpa de bola otra vez. Y ahora con esto del protón de huevo y el escroto mutante. Creo que es hora que tomes conciencia de tu problema y hagas algo al respecto.

—¿Cuándo te hablé de las horribles mutaciones que produce el protón de huevo en los escrotos del mundo? ¿Eres real o te estoy imaginando?

—Hablabas de eso y de una base espacial cuando te encontré. No seas paranoico. Una razón más para tomar las pastillas.

Está bien, pensó él y recibió una tremenda bofetada a cambio.

—¡Eres muy cerdo, Pablo! —dijo Matilda—. Por muy loco que estés, no te aguanto que me digas eso.

Y así se fue Matilda, la de verdad.

Que la gente le dijera loco no era problema, estaba realmente loco. Pero que Matilda lo golpeara por ello era causa de infinito sufrimiento.

Entró de vuelta a su casa y fue directo al cajón donde guardaba las pastillas. En el baño tragó dos y en el patio se sentó a esperar. Su madre lo miraba por una ventana con esa expresión de madre orgullosa que mira a su hijo. Y él ya comenzaba a sentir el sopor y las tinieblas que venían encerradas en las tabletas.

Cerró los ojos y fue a su otra habitación, donde los libros comenzaban a desvanecerse. No habría Matilda por un buen rato.

Al abrir los ojos estaba otra vez frente al computador. Había escrito cinco carillas de un cuento llamado «El protón de huevo». En el último párrafo decía FIN. La caña de tinto estaba por la mitad y el tabaco picaba en su boca.

—Esta hueá no es para masticar —dijo y escupió todo al piso. No recordaba el final del cuento. Ni siquiera recordaba haberlo escrito, pero si estaba archivado quizás lo leyera más tarde.

Ahora sólo tenía pensamientos para Matilda.

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